Me intoxicó el silencio.

El ejemplo que siempre tuve de la figura materna fue el de una mujer que habla, que se da su lugar, que sabe poner límites, que no les teme a los hombres y eso que, en su generación, teniendo en cuenta que tiene 75 años, quizá no era tan común. Según me ha contado mi mamá, fue mi abuelo  quien siempre la incentivó a hablar y hacer valer su palabra a pesar de que esto muchas veces le traía problemas con mi abuela. Pero a pesar de eso, mi abuelo siempre la incentivó a hablar, a manifestar lo que sentía y lo que pensaba, a no tener miedo de defender sus posturas, cosa que, desde muy niña, mi mamá hizo conmigo. En cuanto a mi vida privada, personal, me enseñó a guardar silencio como una manera de respetarme y de hacer respetar mi vida, mis relaciones, mi intimidad. Simultáneamente me enseñó a ser capaz de hablar y de poner límites, de no hacer algo que fuera contra mi voluntad. Y durante muchos años de mi vida sentí que eso era una cualidad.  De igual forma, desde hace muchos años empecé a conectar con lo que me pasaba para poder poner mis límites, tomar decisiones y en últimas, desarrollar un criterio propio. De lo que no me di cuenta es que hace varios años ya, en la interacción con una persona en particular, empecé a cambiar esa creencia y empecé a sentirme mal, avergonzada y hasta ‘mala persona’ por decir lo que pensaba, por decir abiertamente mis preferencias con respecto por ejemplo a qué restaurante quería ir o qué plan quería hacer el fin de semana. Y sin darme cuenta, eso que pensaba que era una gran cualidad, empezó a ser tomado como un defecto; como sinónimo de ser una persona consentida, malcriada. “Your way or the high way”, me repetía esta persona con bastante frecuencia. Traducido: todo tiene que ser a tú manera porque si no, es un problema. Así fue como quedé tildada bajo la creencia de ser una persona egoísta, consentida y malcriada. Y lo más grave no fue sólo que me lo dijeran, sino que me lo creí. Y desde esa nueva creencia, me fui silenciando al punto que hoy, años después, se empezó a manifestar en mi salud física.

Para nadie es un secreto que el nacimiento de mi hija Lucía fue realmente un punto de quiebre muy importante en mi vida. Entre muchas de las cosas que me trajo y me sigue trayendo aun hoy, casi cuatro años después, fue haberme podido dar cuenta de qué tanto me desconecté de mí misma, de lo que soy, de lo que para mí es importante.  Lucía, o su presencia, me ha obligado a mirarme a unos niveles que jamás pensé llegar. Me llevó a finalmente entregarme a mi camino espiritual y desde ahí, empezar a hacer un trabajo de sacar todas mis sombras para comenzar a resolverlas y a disolverlas. En ese trabajo he estado desde hace cuatro años, con muchas victorias alcanzadas, así como con otras aun por trabajar porque sigo “patinando” en patrones y situaciones que aún no logro resolver. Entre esos, un patrón de falta de amor propio que ha sido aún más evidente en el último año.

Creo que uno de los períodos más exigentes de mi vida empezó en 2019 cuando gracias a mi hija, fui capaz de empezar a ponerme a mí por encima del “qué dirán”, de las expectativas que se tienen frente una mujer de X estrato en una sociedad como esta, a X edad, con X oportunidades, bajo X parámetros de educación, etc. Me di cuenta que, pasé muchos años construyendo mi vida basada en satisfacer, cumplir y “chulear” lo que se esperaba de mi dejando de lado a la persona más importante: yo misma. Tomé decisiones grandes desde una profunda inconsciencia y fui construyendo una felicidad efímera. De alguna manera intuía que ese no era el camino. Pero fue más grande la presión externa y la desconexión con mi Ser, que la capacidad de reconectar con mi mundo interior para empezar a tomar decisiones sobre mi vida basadas en mí. Desde ahí entiendo hoy la depresión post parto pues tuve que atravesar un período muy oscuro para llegar a ver que Lucía, entre muchas otras cosas, me trajo el esfero para que pudiera, finalmente, firmar mi libertad.

Ahora, como me dijo un terapeuta hace unos meses, “firmar la libertad es una cosa, vivirla y ejercerla es otra muy distinta. Y se requiere de mucha valentía para sostenerse en ella”. Pocas cosas más ciertas me han dicho en la vida. Pues en este proceso de descubrir cómo se empieza a vivir en libertad y de empezar a construir un amor propio, descubrir también la falta de amor que he sentido por mí misma, ha sido doloroso e incluso me ha generado miedo, no sólo porque no sabía que vivía así, sino también porque no tenía ni idea cómo empezar a amarme de nuevo. Gracias a que mi cuerpo empezó a hablar, a darme no sé cuántas señales, que claramente no vi hasta que me sentí tan mal en tantos niveles, que finalmente empecé a escucharlo. Hoy, tres años después de presentar distintos síntomas, estoy entendiendo que mi cuerpo expresaba lo que mis emociones y sentimientos no habían podido manifestar: me intoxiqué con el silencio.

Hoy tengo claro que existen dos tipos de silencio: el primero es un silencio que libera, que genera tranquilidad porque es el que asumimos cuando preferimos callar que hacer un comentario antipático sobre otra persona; el que llega como una victoria sobre el ego para que en vez de hablar sobre todo lo que hemos logrado, prefiere callar y escuchar lo que dice el otro. Es un silencio que respeta opiniones, que evita engancharse en peleas sin sentido, que da tranquilidad a la conciencia porque guardarlo implica que después no hay arrepentimientos o culpas por haber dicho algo que puede hacerle daño a otra persona. Este es un silencio muy distinto al segundo porque detrás del segundo silencio lo que hay es miedo: miedo a mostrar lo que somos, lo que pensamos, lo que sentimos. Miedo a ser nosotros mismos como consecuencia del daño o del maltrato que nos han hecho otros. Es un silencio que adoptamos para no sentir más dolor, para evitar otra recriminación, otra agresión, otra descalificación. Y ese silencio hace daño, porque va llevando a que perdamos la seguridad en nosotros mismos, en nuestra capacidad de decidir y más aún, de poder poner límites cuando sentimos que estamos siendo violentados o agredidos. Este es el silencio que nos va intoxicando hasta que por algún lado -físico, emocional o mental- tiene que buscar una voz que le permita salir y volver a manifestar lo que alguna vez la llevó a callar.

Si el silencio no es una decisión, sino la consecuencia del miedo a manifestar lo que somos, sentimos y pensamos, es momento de empezar a enfrentar ese miedo. Y no hay otra manera de hacerlo que, hablando, manifestando lo que por miedo hemos callado: pensamientos, emociones, sentimientos, puntos de vista, decisiones, etc. Es la única manera de empezar a reconectar con lo que somos y que por miedo, se quedó en silencio. A veces tenemos que llegar a que sea el cuerpo el que hable para manifestar la intoxicación que generamos por el silencio. Ojalá cada vez tengamos una mayor conexión con nuestro interior para no tener que llegar a enfermarnos físicamente para darnos cuenta que si bien no somos perfectos, ningún defecto y ninguna cualidad, amerita o justifica que otros pasen por encima de nosotros al punto de hacernos sentir vergüenza de lo que somos. El miedo evitado se convierte en pánico, enfrentado, se convierte en coraje, dice Giorgio Nardone. Aquí estoy dando un paso más en la construcción del coraje que alguna vez me dejé quitar y que ahora estoy diariamente trabajando en recuperar.

Ximena Sanz de Santamaria Cárdenas.

IG: @breveterapia

¿Qué significa sanar y cómo hacerlo?

Hace 10 años comencé a escribir en Semana.com para compartir los testimonios de mis pacientes -con la debida modificación para proteger su identidad- e ilustrar así distintas formas de sufrimiento por el que pasamos todos los seres humanos, independientemente de género, raza, nacionalidad o estrato social. Porque compartir experiencias de vulnerabilidad es algo poco frecuente en esta sociedad que las condena como si fueran una falla personal. Hoy, en agradecimiento a todas esas personas que han confiado en mi como terapeuta, quiero compartir mi propio desarrollo a través del sufrimiento vivido en los últimos años. Creo que es una forma de sanar heridas que puede ser útil para mis lectores.

 

El nacimiento de mi hija Lucía fue para mi un punto de quiebre en muchos campos de mi vida. No sólo por lo que significa ser madre y sentir una vulnerabilidad absoluta 24/7: una mezcla de amor jamás imaginado con una angustia profunda (en mi caso) durante varios meses, sino también por lo que implica para la vida de pareja y de familia la llegada de un hijo. Lucía me mostró que yo concebía y entendía la maternidad desde las historias de Hollywood y en la práctica no tenía idea lo que implicaba ser mamá. Su nacimiento destapó en mi una cantidad de miedos y me confrontó con muchas creencias, respecto a la maternidad, a la familia y a lo que para mi era una relación de pareja. Por todo esto, el primer año de vida de ella fue de una enorme exigencia para mi en todos los sentidos: emocional, mental, físico y relacional, llevándome a vivir una depresión post parto que me hizo aun más difícil poder disfrutar la experiencia de ser madre. Sin embargo, al año, gracias a ella, a su existencia, a mi camino espiritual y a mi proceso terapéutico, pude empezar a hacer cambios y a descubrir lo que no me hacía feliz para comenzar a construir una vida basada en lo que yo quiero y no en lo que socialmente se esperaba de mí.

 

Habiendo pasado la depresión, empecé a gozar y a disfrutar de ser mamá. Me dediqué con tranquilidad y alegría a construir una relación con Lucía que me exige diariamente muchísimo en términos de generosidad, paciencia, saber poner límites con dulzura y firmeza. Igualmente tuve que aprender a ser capaz de reconstruir espacios por y para mí porque como ese primer año de su vida tuve tantos problemas de salud, además de la depresión post parto, perdí mi centro. De manera que estos dos últimos años he podido empezar a encontrar un balance entre ser su mamá y dedicarle todo el tiempo que puedo -porque hoy en día lo que más adoro es ser su mamá- sin que esto implique dejarme de lado a mí misma. Y al empezar a encontrar esos espacios para mi, comencé a identificar una herida abierta, enorme y profunda: mis relaciones de pareja.

 

Darme cuenta que muchas veces había escogido estar con alguien y he permanecido en una relación de pareja por falta de amor propio, es de las heridas que más me ha dolido reconocerme. A lo largo de mi vida he aceptado estar con personas con las que no me he sentido tranquila, plena, con las que no he construido una relación de pareja sino que me he adaptado a lo que cada hombre esperaba que yo fuera; incluso llegué a permitir gritos y agresiones verbales en repetidas ocasiones y a pesar de que me sentía miserable y quería salirme de ahí, pasé por encima de mi y mantuve esa relación durante bastante tiempo.

 

Empezar a hacer conciencia de todo esto despertó en mi una culpa y una ira profunda contra mi. Vino luego un cuestionamiento y un ‘castigarme’ mentalmente por las decisiones que había tomado, por haber aceptado acuerdos tácitos e implícitos con algunas de las parejas que tuve a pesar de que no era lo que yo quería. Mentalmente comencé a ‘darme palo’, a repasar mi historia, a identificar en qué momentos habría podido hacer las cosas de otra manera y esto me generaba aun más dolor y más rabia. Y con este dolor y esta rabia vino una desesperanza y una sensación de fracaso que poco a poco me fue haciendo sentir insegura en otros campos de mi vida: en mi maternidad, en mi trabajo, en mi relación con otras personas. Llegué a sentir que estaba en un hueco del que no iba a salir jamás. Y fue justamente en ese punto, en el punto en el que me sentí más derrotada, cuando empecé a entender una frase que repetimos con mucha frecuencia sin entender realmente lo que significa en la práctica significa: la vida no es lo que nos ocurre sino lo que hacemos con eso que nos ocurre.

 

A partir de ese punto, de la mano de mi Gurú, de mi práctica espiritual y del acompañamiento de mi terapeuta, decidí que las heridas con las que viví muchos años, las iba a empezar a sanar. Y para lograrlo, tenía que salirme de la posición de víctima (que no es otra cosa que una manifestación del ego), para pasar a asumir mis decisiones (desde la responsabilidad y no desde la culpa) y poder construir un presente en el que el pasado esté cicatrizado, sano.

 

El primer paso fue definir mi sankalpa o intención cada vez que iba a hacer mi práctica espiritual: disolver, sanar y transformar. Me sentaba diariamente a hacer mis kriyas, mis meditaciones y un fuego sagrado ofrendando esa intención y pidiendo asistencia para tener la fortaleza de atravesar el dolor y poderlo sanar. Esto de la mano de una sesión semanal con mi terapeuta, un hombre maravilloso, confrontador, que no tenía problemas en ponerme límites y confrontarme cuando lo necesité, así como también ser empático y mostrarme en qué situaciones fui maltratada por un hombre narciso que por su misma característica, tenía que ‘acabar conmigo’ para sentirse seguro. Finalmente, todo esto estuvo acompañado de una escritura constante, casi diaria, en la que me permitía sacar sin filtro, sin ningún “deber ser” todo lo que se me pasaba por la cabeza y lo que sentía cada vez que recordaba lo que había vivido. Salía de las sesiones con mi terapeuta como sale una persona que tiene que asistir a la curación de una herida física: agotada, triste, a veces incluso, derrotada. Pero poco a poco ese agotamiento, esa tristeza y ese dolor se fueron transformando, como si empezara a salir la piel sana para formar una costra. Claro, como en cualquier herida, la costra no se construye en un minuto y tampoco aparece en toda la herida al tiempo, sobre todo cuando la herida es grande y profunda. Pero empezar a sentir que al menos en ciertas partes de la herida no sólo no duele, sino que se ve una piel sana, es una sensación de gratificación, seguridad y capacidad que poco a poco van reemplazando las sensaciones de dolor, rabia y culpa que sentí durante mucho tiempo.

 

Hoy, la mayor parte de la herida cicatrizó y está sana. Esto ha significado que puedo acordarme de lo que viví sin que me duela, sin sentir rabia, ni dolor, ni tristeza; sin culparme por las situaciones por las que pasé, por las decisiones que tomé, por los ‘acuerdos’ que acepté, por haberme quedado en lugares y relaciones en las que no sólo no me sentía tranquila, sino que me sentía infeliz, triste, insegura y peor aun, me dejé de lado a mí misma. Ahora puedo reconocerlo así, nombrarlo así, aceptarlo y sentirme completamente tranquila en mi presente con mi pasado. Puedo estar en silencio, sentarme a meditar y no sentir miedo de mi mente, de mis recuerdos, del dolor. Porque el dolor, ya pasó. Y aunque soy consciente que hay una parte de la herida que aun falta por sanar porque todavía siento algo de rabia contra mi y contra una persona en particular que siento me hizo mucho daño, son un dolor y una rabia cada vez de menor intensidad, menos frecuente, menos fuerte. Sé que estoy en proceso de sanar.

 

Los psicólogos somos tan humanos como el resto del mundo porque antes de una profesión, somos seres humanos con historias, con un pasado, con emociones y recuerdos que al igual que cualquier otra persona, no siempre son fáciles ni agradables. Sin embargo, creo que los que trabajamos y ejercemos esta profesión, más aun como terapeutas, tenemos la obligación con nosotros mismos y con nuestros pacientes de estar en un constante trabajo de auto conocimiento, de reconocer nuestras zonas oscuras y trabajarlas para que como dice la Madre Shaktiananda, seamos luz y fabriquemos luz.

 

Por último, y no menos importante, quiero agradecer profundamente a mi hija, a mis papás, a mi terapeuta y a mis amigas y amigos del alma por acompañarme y apoyarme en este proceso de sanación interno. Gracias por estar, por acompañarme en silencio, por no juzgarme, por entenderme, por darme el espacio para sentir la tristeza, la rabia, el dolor y la culpa. Gracias a una persona que apareció en un momento en el que yo estaba en una absoluta vulnerabilidad por la que iba a empezar a construir nuevamente una relación de pareja basada en las películas de Hollywood y no en mi. Aunque me costó pasar por días de ansiedad, a diferencia de situaciones pasadas, en este caso decidí oírla, enfrentarla y así pude hablar de mis sentimientos, de lo que quería y de lo que estaba esperando de esa relación . Y aunque fue doloroso encontrar que su respuesta era la que yo intuía (era una persona que no quería construir una relación de pareja conmigo), haber podido seguir mi intuición fue el primer paso para empezar a sanar un patrón que finalmente rompí y que me está permitiendo construir en mi presente una relación de pareja basada en ser pareja y no en tener pareja. Y más importante aun, que se basa en lo que quiero y no en lo que se espera de mi.

 

“You should feel loved without feeling like you’re begging for it”. @drakesdiary1. – “Deberías sentirte amado sin tener que sentir que estás rogando por amor”.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

IG: @breveterapia.com

 

 

 

 

“Me aburrí de no quererme”

“Sólo si Shiva es unido con Shakti,

Él tendrá el poder para actuar.

De otra manera, el Dios no podría

Ni siquiera producir un leve temblor”.

 

Después de dos años de estar batallando con la vida y de sentir que levantarse en la mañana le implicaba un esfuerzo sobre humano, finalmente Manuela[1] decidió buscar ayuda profesional. Llegó a consulta la primera vez en un estado de ‘anestesia emocional’ que le permitía levantarse, hacer deporte y trabajar, pero en absoluta ausencia de placer, de gozo y sobre todo, de motivación frente a la vida. Después de conversar con ella en la primera cita, Manuela se pudo reconocer a si misma que estaba deprimida por lo que aceptó ser remitida donde un psiquiatra que se encargaría de asumir y liderar la medicación simultáneo al proceso de psicoterapia que estaba por empezar.

 

La vida de Manuela en términos generales había sido siempre ‘fácil’, en el sentido de no haber tenido que atravesar ninguna tragedia más allá de las dificultades y problemas que se presentan en la cotidianidad de cualquier persona. Era muy unida a sus padres y hermanas con quienes siempre había tenido una muy buena relación a pesar de la diferencia de edades entre ellas. Manuela era la menor y había llegado a su familia como una sorpresa porque sus padres no tenían planeado tener más hijos. Por lo mismo, no sólo fue hija de ellos sino también de sus hermanas, quienes en muchos sentidos se encargaron de educar y criar a su hermana menor; y bajo ese ‘modelo de crianza’, Manuela creció pensando que una mujer sólo puede sentirse feliz, tranquila, ‘completa’, si tiene un hombre a su lado. “Mis hermanas nunca me lo dijeron tal cual, pero para ellas no tener una pareja era como lo peor. Me acuerdo que no salían si no era con un tipo, les parecía fatal que las mujeres salieran solas y para ellas siempre fue súper importante tener novio. Yo me burlé muchas veces porque me parecía absurdo! Pero no me di cuenta que al final, crecí creyendo lo mismo y me he querido muy poco”.

 

La adolescencia de Manuela fue como la de muchas de sus amigos y amigas: salir a fiestas, paseos, pasar tiempo con los amigos y amigas del colegio, salir de Bogotá los fines de semana, entre otras cosas. La universidad fue una época bastante similar en términos de su vida social, pero a diferencia del colegio, en la universidad Manuela empezó a interesarse por tener novio. Empezó a sentir con más fuerza la presión de no tener una relación de pareja, no sólo por parte de sus hermanas y de su familia en general, sino también por parte de sus amigas pues al entrar a la universidad muchas entablaron relaciones de pareja por lo que la sensación de soledad de Manuela iba aumentando. Y fue en ese momento en el que ‘apareció Luis Felipe[2]. “Lo conocí por casualidad, salí con unas amigas a un plan de última hora, yo ni siquiera iba a salir ese día pero a última hora me animé. Él era amigo de unas de las que estaban ahí y la verdad, la atracción fue inmediata. Terminamos bailando toda la noche, hablando, todo el mundo se fue a dormir y nosotros seguimos el plan y desde ese día hasta los siguientes tres años, nunca dejamos de estar juntos”.

Manuela define la relación como una relación sana, por cuanto siempre fueron respetuosos el uno con el otro, fieles, compartían tiempo juntos, salían con los amigos y sobre todo, se querían mucho. Pero a pesar de todo esto, Manuela siempre sintió que ella no era la prioridad en la vida de Luis Felipe; si bien pasaban tiempo juntos y él estaba pendiente de ella, siempre había algo o alguien antes que ella, antes que la relación. “Tomar cerveza con los amigos, ir donde su familia solo, porque me incluía muy poco en sus planes familiares, hacer deporte. Incluso a veces no teníamos plan con los amigos entonces yo le decía que fuera a mi casa, que cocináramos y viéramos una película, cosas así. Pero él prefería quedarse en su casa porque estaba cansado (…) Ese tipo de cosas en el fondo me hacían sentir insegura, sentía que al final él no me quería tanto pero me daba pena insistirle, me sentía intensa entonces me acostaba súper triste porque sentía que al final, él no me quería tanto como yo a él”. Eso fue lo que tres años después, llevó a Manuela a tomar la decisión de terminarle a Luis Felipe pues aunque lo adoraba y quería construir una relación a futuro con él, se sentía muy sola estando en compañía de él por lo que prefirió terminar.

 

Terminar la relación con Luis Felipe fue una de las decisiones más difíciles para Manuela; no sólo porque lo seguía queriendo, sino también porque la relación era “buena”, como ella misma la definía. ‘Buena’ en el sentido que nunca se había presentado una infidelidad entre ellos, había confianza, respeto mutuo y para Manuela Luis Felipe era una muy buena persona. Sin embargo, sentir que ella no era una prioridad para él, que siempre había una cantidad de situaciones, personas, actividades, deportes, trabajo o cualquier otra cosa antes que ella y que la relación de pareja, generaba en Manuela una ansiedad que poco a poco se fue reflejando en una inseguridad en ella. Y esa inseguridad la fue llevando a dudar sobre cómo comportarse con él porque se sentía invadiéndolo si lo invitaba a sus planes o si le sugería que lo acompañaba a los planes que él hacía con sus amigos y familiares. Temía ‘aburrirlo’ por lo que poco a poco dejó de invitarlo e incluirlo en sus planes lo cual aumentaba su ansiedad e inseguridad, además de que fue afectando la relación hasta que finalmente fue Manuela la que tuvo la fortaleza para decirle a Luis Felipe que si bien lo quería mucho, no podía seguir en una relación en la que ella no era una prioridad para él.

 

“Me aburrí de no quererme”. Así empezó el proceso de Manuela, un proceso duro porque descubrir tantas creencias, muchas de ellas inconscientes y heredadas, ha implicado una confrontación con ella misma. Darse cuenta que sus relaciones de pareja, incluso la más importante que fue con Luis Felipe, se han basado en su propia inseguridad y falta de amor, la ha llevado a tener que perdonarse por las decisiones que tomó en su pasado aceptando que las decisiones se toman con el conocimiento y elementos que se tienen en el momento. Por lo mismo, juzgar el pasado desde le presente muchas veces puede ser un error. Aceptar, perdonar y soltar es un proceso difícil para cualquier persona y Manuela no ha sido la excepción. Pero como cualquier proceso emocional de autoconocimiento y crecimiento interno, una vez que se atraviesa y se pasa, se ha construido una sensación de tranquilidad y seguridad en los propios recursos y capacidades aun más fuerte que antes de atravesar dicho proceso.

 

Procesos como el de Manuela reflejan la cultura machista que reina en nuestro medio. Esos supuestos sobre las relaciones de pareja que llevan a la mujer a aguantarse lo que sea para contar con una pareja es algo que cuesta identificar como machismo. Pero claramente es la consecuencia de la definición de roles de hombre y mujer en la cual la mujer depende del hombre en muchas dimensiones, empezando por la dimensión emocional y social porque aunque no se dice de manera explícita y abierta, la creencia de que las mujeres no están completas y no son suficientes e incluso sanas por no tener una pareja, es una creencia que atraviesa la sociedad colombiana y por la que muchas mujeres, como Manuela, buscan y peor aun, se quedan en relaciones de pareja que les hacen daño pero que optan por mantener por el miedo y la ansiedad que genera lo que socialmente significa ser mujer y no tener pareja.

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad de la consultante

[2] Nombre ficticio para proteger la identidad de la consultante

¿Cuál es el sentido de la vida?

Julia[1] ha logrado todo desde el punto de vista del éxito como se entiende hoy en día. Profesionalmente tiene una carrera brillante, lo cual le ha permitido ahorrar y tener una solvencia económica para viajar, comprar ropa, tener un carro de lujo, incluso, para no tener que trabajar y cumplir con horarios tan extensos porque tiene suficiente dinero. En lo personal, ‘cumplió con casarse’ y tener una hija y aunque se divorció, su estado civil ya no es soltera sino divorciada, estatus que da más prestigio y evita el rótulo de solterona o fracasada. Físicamente es una mujer muy activa, hace deporte a diario por lo que  se ve y se siente muy bien con su cuerpo. Y a pesar de la pandemia, pudo comprar un apartamento en el que actualmente vive con su hija, quien además va a al colegio que tanto ella como su ex esposo querían y habían escogido para ella. Por todo lo anterior, se asumiría que Julia tiene todo para ser feliz. Sin embargo, lo que vive y lo que siente es todo lo contrario y esto fue lo que la llevó a buscar ayuda.

 

“No quiero sonar desagradecida con la Vida porque sé que lo tengo todo, todo y más! Pero me siento vacía, siento que hago y hago cosas, que he cumplido con todo lo que desde el colegio me decían que me iba a hacer feliz y si bien soy consciente de todo lo que he logrado, no me siento feliz. No le encuentro un sentido a la vida”.

 

Julia no es la única persona que en medio de la pandemia y de todos los cambios que esta ha conllevado, ha comenzado a cuestionarse por cuál es realmente el sentido de la vida. Como ella, hay muchas personas que después de haber vivido durante años cumpliendo con todo lo que socialmente dicen que no sólo le da sentido a la vida sino que además es lo que conlleva la felicidad, carga consigo una sensación de insatisfacción y desasosiego constante que a pesar de todos sus esfuerzos por llenar ese vacío, no sólo no se llena sino que pareciera que cada vez es más grande. “El día que compré el carro de mis sueños, me monté y me puse a llorar. Es un carrazo, si, pero siempre pensé que el día que lo pudiera comprar iba a sentir una felicidad absoluta y no sólo no fue así sino que además me sentí aun más vacía que antes”.

 

Muchas personas creen que la pandemia nos cambió como seres humanos, que ahora vamos a ser más conscientes y a empezar a cuestionarnos sobre lo que realmente es importante en la vida, sobre el sentido de una encarnación. Sin embargo, viendo en retrospectiva lo que ha ocurrido en el mundo a partir del momento en el que los diferentes países volvieron a ‘abrir’ tanto sus comercios como los almacenes, bares, restaurantes, discotecas, etc., personalmente no he visto mayores cambios en la humanidad. Al contrario, seguimos viviendo en la misma inconciencia, buscando satisfacer a toda costa el placer de los sentidos a través de cosas como el consumo de sustancias, la comida sin conciencia, la matanza de animales por el placer de cazarlos, la falta de conciencia frente a la cantidad de basura que generamos para el planeta, el consumo y el gasto desmedido de dinero en viajes, ropa de marca, zapatos, carros de alta gama, aviones, viajes al espacio y otra cantidad de cosas innecesarias que lo único que hacen es distraernos de la pregunta tan profunda que se planteó Julia y que varios pacientes han llegado a compartirme en los últimos meses: ¿Cuál es realmente el sentido de la vida? ¿Por qué si he cumplido con todo lo que en teoría iba a hacerme feliz, no sólo no siento esa felicidad sino que siento un vacío cada vez mayor?

 

Julia empezó a hacerse estas preguntas después de un fin de semana que pasó sola encerrada en su apartamento. Su hija estaba con el padre y a raíz de la pandemia, no podía salir a distraerse y a evadirse de si misma como normalmente hace cualquier persona que siente miedo de quedarse a solas consigo misma justamente porque es un ‘ejercicio’ que nunca hace. De manera que empezó el viernes a planear todo el fin de semana para evitar quedarse sola: levantarse temprano, salir a hacer deporte, ir al mercado, llegar a bañarse, almorzar, irse de compras en la tarde, llegar a ver una película y dormirse. Domingo, salir a trotar con unas amigas, desayunar después del ejercicio, permanecer la mayor cantidad de tiempo posible en el restaurante, devolverse caminando a la casa para “quemar tiempo” –como ella misma lo definió-, bañarse, dormir y así llegar al lunes sin haberse tenido que dar cuenta de lo sola y ansiosa que se sentía. “Uno hace planes y Dios se ríe”, me dijo Julia. El sábado no se levantó temprano porque se desveló el viernes en la noche por lo que no hizo deporte. Como consecuencia, se quedó en la casa en pijama hasta casi las 4pm sintiéndose “miserable, sola, fracasada”. En medio de una ansiedad y un llanto inconsolable, se paró a bañarse y logró salir a comprar algo de comer. Pero a las 6pm estaba de regreso en su casa, sola, viendo Instagram y comparándose con todas las fotos de las personas que estaban publicando los mil planes en los que estaban, mientras ella, a sus 36 años, estaba sola y sintiéndose miserable en su casa viendo pasar las horas y sin saber qué hacer con ella misma.

 

Fue en medio de esa crisis en la que finalmente empezaron a surgir las preguntas: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Para qué todo esto que tengo si no soy feliz? Hoy, varios meses después de esa crisis y de esas preguntas que aun no ha podido responder del todo, lo que sí ha podido responderse es que si bien no está mal trabajar y tener metas de alcanzar más cosas a nivel material o laboral, el problema está en que eso se convierta en el único propósito o sentido de vida de una persona. Ve con claridad que por dejarse llevar por lo que socialmente se ha definido como el éxito y la felicidad, se pierda de vista lo que realmente es importante en la vida de cualquier persona: descubrir y encontrar para qué estamos en el planeta, para qué encarnamos en el cuerpo que tenemos, en la familia y en las circunstancias que cada persona nace. Y para poder llegar siquiera a esbozarse esa pregunta, a pensarla, el primer paso es ser capaces de desconectarnos del mundo externo material que constantemente nos hala a que lo sigamos consumiendo a través de las redes sociales, el uso excesivo de cualquier pantalla, de las constantes salidas, del consumo de sustancias, de comida, en resumen, del consumo material que abre un vacío interno cada vez más grande generando la ilusión de que con lo siguiente que compremos, que veamos, que podamos adquirir, lo vamos a llenar. Es así como todos caemos en la trampa por la que pensamos que el sentido de la vida lo encontraremos afuera y no adentro siendo esa creencia la que constantemente estamos alimentando, aun después de atravesar por una pandemia tan severa como el COVID.

 

El sentido de la vida no lo da nada de lo que vemos hacia fuera, sino todo lo que podamos empezar a construir, indagar y conocer en nuestro propio interior. En palabras de mi Maestra, la Madre Mataji Shaktiananda, “no hay nada más misterioso que aquello que desconocemos de nosotros mismos”. Y me atrevo a agregar que sólo podremos descubrir todo eso que mora en nuestro interior en la mediad que empecemos a generar espacios para conocer lo que contenemos en cada uno de nosotros.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

@breveterapia

 

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

Yo fui papá para que tu no te frustraras

“El maltrato va configurando cambios en la personalidad de quien lo sufre, tales como inseguridad y baja o nula autoestima, percepción de impotencia para manejar el entorno, culpabilidad, sensación de fracaso vital, sentimientos ambivalentes, se subestima la gravedad del maltrato incluso justificándolo, se adopta la visión de la realidad de quien agrede, no se es consciente en muchos casos de ser víctima de maltrato psicológico. Esto es más frecuente de lo que se cree: hay grandes dosis de violencia normalizada en las relaciones, y especialmente en las de pareja” (Carmona, O. 2017. Tomado de https://elpais.com/elpais/2017/03/30/mamas_papas/1490879725_914376.html)”.

 

Manuela conoció a Andrés[1] por amigos en común. Fueron novios durante varios años después de los cuales, tomaron la decisión de casarse. Inicialmente, Manuela pensó que era la mejor decisión porque Andrés cumplía con todas las ‘cualidades’ que ella buscaba en una pareja: era un hombre trabajador, fiel, amoroso, inteligente, sensible, cariñoso, entre otras. Además, Manuela sentía que era una persona con la que podía dialogar, compartir, expresarse sin temor a ser juzgada o descalificada por lo que creía tener una relación de pareja sólida, honesta. Y eso, entre otras razones, la llevó a tomar la decisión de casarse con la persona con quien pensó que iba a pasar el resto de su vida y que iban a formar una familia juntos.

 

Sin embargo, pocos meses después de casarse, estas cualidades que Manuela había visto en Andrés, empezaron a cambiar. “Yo quería salir, ver gente, ver a mis amigos, a mis amigas, salir de paseo los fines de semana, en resumen, tener la vida de personas de 26 años. Y así se lo manifesté varias veces porque quería que construyéramos una vida juntos. Pero la respuesta de Andrés siempre era negativa: me decía que tenía que madurar, que tenía que aceptar que la vida nos había cambiado, pero yo no entendía por qué. Hasta que un día, me acuerdo que era sábado por la mañana y le propuse algún plan; le dije que quería que saliéramos. Nunca se me va a olvidar su reacción: empezó a gritarme, literalmente a gritarme que yo era una inmadura, una niñita malcriada por mis papás y que tenía que dejar de pensar que la vida era como antes. Me repetía mil veces que yo era una malcriada y consentida y finalmente se fue a encerrar a ver televisión. Ese fin de semana pasó los dos días sin hablarme, sin ni siquiera mirarme. De lo que más me acuerdo es de la ansiedad que yo  sentía, no pude dormir en dos días, trataba de hablarle pero el rechazo era brutal. Desde ahí comencé a sentir miedo”.

 

Manuela empezó a renunciar a muchas de las cosas que para ella eran importantes: dejó de asistir a reuniones sociales, de ver a sus amigas, no volvió a salir los fines de semana ni tampoco a invitar amigos a su casa porque a Andrés le aburría tener que ‘atender’ a otras personas y además cada vez que organizaban alguna cosa en la casa, siendo Manuela la que se encargaba de comprar la comida, organizar la casa, etc., al final de la reunión él siempre tenía un comentario descalificador porque consideraba que ella gastaba demasiado dinero en cosas que no valían la pena. Una vez más, la tildaba de ‘malcriada y consentida’ argumentando que ella no tenía una proporción del dinero y que ellos no eran millonarios para estar gastando plata en invitaciones a otras personas. Por todo lo anterior, Manuela no sólo se fue alejando y retrayendo de sus amigos y familiares, sino que además lo hizo también de Andrés. Dejó de compartir con él lo que le ocurría en el trabajo, dejó de hablar de su cotidianidad, de sus amigas y en general no volvió a comentarle nada de lo que pensaba o sentía frente a las diferentes situaciones que se le presentaban en su vida ya que en varias oportunidades después de hacerlo, él acababa por decirle que era culpa suya lo que le ocurría tanto en su trabajo, como en sus relaciones como en cualquier otra situación difícil que estuviera enfrentando. Como consecuencia, ella empezó a dudar de su criterio, de sus capacidades, de su inteligencia y también empezó a sentir una profunda vergüenza de la persona que era y hasta de su familia. “No volvimos a salir de vacaciones con mi familia a pesar de que era una tradición desde antes de casarnos. Mis papás siempre nos invitaban a mis hermanos y a mi con nuestros respectivos a algún lugar especial para estar en familia. Pero eran tales las peleas, los enfrentamientos que tenía con Andrés cada vez que salíamos, que llegué a inventarme mil excusas para no volver a las vacaciones con mi familia. Andrés me decía que todos éramos unos malcriados, que mi mamá era una metida y mi papá un idiota útil y que ni se me ocurriera pensar que yo iba a tener la vida que había tenido con mis papás porque él jamás me iba a dar gusto en todo, como lo hacía mi papá con mi mamá. Y así, así era todas las veces que salíamos de vacaciones con mi familia. Por eso decidí no volver”.

 

Las personas víctimas de maltrato psicológico y emocional se van acostumbrando a vivir bajo el miedo, la culpa y la vergüenza: miedo a hablar, a dar su opinión, a manifestar lo que piensan y sienten; vergüenza de ser quienes son y culpa porque todo lo ‘malo’ que ocurre a su alrededor, es  causado por ellas, por su manera de ser, de actuar y de pensar. En pocas palabras, por lo que la persona es. Por todo esto, la víctima de maltrato se aísla casi por completo de su círculo de amigos y de su familia lo que lleva a que el maltratador tenga cada vez más poder sobre ella hasta llegar a construir un vínculo relacional enfermo del que la víctima, sin importar cuántos intentos haga, queda atrapada en esa cárcel que en este caso, Andrés construyó para Manuela.

 

Dentro de este contexto, Manuela tuvo un hijo.

“No me arrepiento de ser mamá y trato de pensar que hoy en día tengo lo más hermoso y lo más importante de mi vida: mi hijo. Pero tengo momentos en que no me perdono no haberme ido, en que no puedo entender cómo fue que no me di cuenta y permití que este hombre pasara por encima de mi y hasta de mi hijo como lo hizo. Desde que mi hijo nació, Andrés nunca volvió a llegar temprano a la casa para pasar tiempo con el bebé y conmigo. Llegaba tarde y muchas veces quería llegar a tener relaciones sexuales después de que llevábamos días sin hablar, de ni siquiera preguntarme cómo estaba yo viviendo y sintiendo mi maternidad. Me acuerdo que a la primera cita al pediatra me mandó con el chofer porque se quedó viendo un partido en televisión pero peor aun, me acuerdo una noche en un paseo que yo había organizado para que los tres pasáramos tiempo juntos, mi hijo se enfermó y a las 4 am no habíamos dormido nada, este hombre empezó a gritarnos y a maldecir el tener que estar ahí y repetía una y mil veces a gritos que todo era una mierda y que no quería estar ahí, así como el hecho de haber tenido que acostarme con él el día que tomamos la decisión de divorciarnos, después de lo cual me sentí abusada y violada, terminó por decirme una frase que nunca se me va a olvidar: ‘Yo fui papá para que tu no te frustraras’.

 

El trabajo con Manuela ha sido largo y aun falta camino por recorrer. Enfrentar y superar un miedo de tantos años no es fácil sobre todo porque al tener un hijo en común, el contacto con Andrés es frecuente. Cuando conocí a Manuela, era tal el miedo que sentía hacia su ex esposo que cada vez que recibía un mensaje o que debía hablar con él por su hijo o por algún tema relacionado con el divorcio, la reacción física y emocional era inmediata: aumento de las palpitaciones cardiacas, sudoración, sensación de ahogo, tensión muscular -al punto de perder la movilidad en el cuello-, angustia, ansiedad, pérdida del apetito y llanto. “Por qué si ya me separé, si sé que no voy a tener que vivir con él nunca más, por qué sigo sintiendo este pánico que me paraliza?”

 

Poco a poco Manuela ha podido ponerle límites a su ex-esposo: ha vuelto a manifestar su voluntad, a decir ‘no’ sin sentirse culpable, mala persona, ‘consentida y malcriada’. Ha ido recuperando su criterio, su sensación de capacidad, de fortaleza interna, así como la seguridad y la tranquilidad de poder tomar sus propias decisiones sin el miedo a recibir una descalificación o algún comentario hiriente. Todo esto se ha visto reflejado en su manera de vestir, de hablar porque a diferencia de las primeras sesiones, ahora Manuela llega al consultorio caminando con más seguridad, hace contacto visual y dentro de lo que la pandemia lo permite, ha vuelto a verse con sus amigas, decidió empezar a salir a comer o a almorzar para compartir con otras personas, volvió a visitar a sus padres y finalmente pudo asistir en compañía de su hijo, a un viaje con toda su familia.

 

Las peleas, los conflictos y las diferencias en una relación de pareja, así como en  cualquier relación humana, son inevitables. Incluso pueden ser sanas si se dan dentro de un contexto de mutuo respeto y si se permite la diferencia de opinión sin descalificar o calificar lo que el otro piensa, siente o dice. Pero cuando una de las partes es constante o frecuentemente descalificada, incluso agredida verbalmente a través de insultos, ironías, burlas, cuestionamientos y críticas llevando a que esta persona sienta miedo de hablar y manifestarse frente a su pareja, se empieza a construir una relación patológica de maltrato emocional. El miedo es la sensación de base que nos salva la vida porque nos permite huir de aquello que percibimos como peligroso, amenazante. Sin duda existen contextos en los que su exceso puede convertirse en un problema, como es el caso de una fobia. Pero cuando dentro de una relación humana, cualquiera que esta sea y más aun si es una relación de pareja, la sensación de base constante es miedo, miedo al otro, a lo que piense, a lo que diga, a lo que haga, puede ser un miedo que lleva a buscar la supervivencia porque es una señal muy importante para salir de esa relación, para romper con ese vínculo y evitar las difíciles consecuencias que genera un cuadro de maltrato.

 

Finalmente y no menos importante, adjunto un testimonio escrito por una de estas mujeres que fue víctima de maltrato emocional por parte de quien es hoy en día, su ex pareja.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

IG – @breveterapia

www.breveterapia.com

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

 


Testimonio

“Hueles a mierda”

 

Espero ansiosa a que el taxista me entregue las vueltas. Siento mis senos duros, llenos de leche. Me duelen un poco, pero ese dolor es lo de menos. Tan solo quiero que el taxista me entregue las vueltas, para salir corriendo al apartamento. Por fin, ¡Dios!, qué eternidad.  Salgo corriendo, no puedo caminar. Mis piernas quieren correr. Mis entrañas me llevan a recorrer el camino al apartamento lo más pronto y es más pronto si corro.

 

Lo logro. Abro la puerta. Mi ex pareja sostiene a mi hijo. Lo saludo de lejos, porque lo primero es lavarme las manos y cambiarme la ropa. Cuando ya estoy “limpia” para acercarme a ellos, le doy un pico al papá de mi hijo. “Hueles a mierda”, me dice, mientras agarro a mi hijo en brazos. No entiendo lo que dice. Pero esas palabras suenan a ruido, mientras me enfoco en mi hijo. Nuevamente, escucho ese ruido, “hueles a mierda”. Ya tengo a mi hijo en brazos, le estoy dando teta. Entonces, me pongo a pensar si será que pisé mierda o tengo chucha y esa es la razón por la cual el padre de mi hijo insiste en que “huelo a mierda”.

 

Lo miro, para saber si en su cara puedo encontrar más información sobre mi “olor a mierda”. Con mi mirada, se abre la puerta para que continúe, entonces dice:  “seguro estuviste tirando con alguien en el baño del trabajo”. Sigo sin comprender lo que dice. Y acá no voy a defender ni a probar la fidelidad que le guardé a ese hombre, el que me destruyó sin un solo golpe. Fui fiel por principios, porque así soy, casi como un perro fiel.

 

El amor a mi hijo y mis ganas de estar cerca de esa criatura gestada en mi cuerpo me ayudaron en ese momento a volver a ese “nosotros”. Le sonreí a mi expareja y procuré dejar el asunto. Eso fue en marzo de 2019, entre el 5 y 8 de marzo. Lo recuerdo, porque era la primera semana de trabajo, después de haber estado en licencia de maternidad.

 

Lo más duro del maltrato psicológico que viví es que pensaba que esos episodios cotidianos podían ser ignorados. Creí que podía dejarlos pasar y con eso bastaba. Y no. Acá estoy un año después de separarme de él. Todavía hay momentos en los que se me vienen a la cabeza esas frases, las que seguramente se guardaron en mi subconsciente como una forma de sobrevivir y que han ido saliendo poco a poco, como la única manera de continuar con mi vida.

Despertar en Conciencia

“No hay nada más misterioso

que aquello que desconocemos

de nosotros mismos”.

Mataji Shaktiananda.

 

 

Daniel[1] llegó a consulta por una crisis de ansiedad y pánico que, como él mismo la definió, “se me salió de las manos”. Desde antes de presentar la crisis, reconoce que tenía momentos de ansiedad, de una profunda incomodidad consigo mismo que buscaba evitar a toda costa a través del consumo de alcohol y marihuana, teniendo relaciones sexuales sin responsabilidad y siéndole infiel a su pareja, saliendo con los amigos a fiestas de viernes a lunes sin recordar qué hacía ni dónde estaba cada día: “Ahora que lo pienso, era tan fuerte la ansiedad que empataba una fiesta con otra para no tener que pensar. Para vivir en la absoluta inconsciencia”. Y como ocurre con cualquier cosa que evitamos por miedo, no sólo no se resuelve, sino que además aumenta y empeora hasta que llegamos a construir una crisis, que en el caso de Daniel, llegó al punto de pensar en el suicidio.

 

Hasta hoy, el proceso de Daniel ha sido difícil, duro, porque la ansiedad aun aparece. Y aparece sin avisar, simplemente llega de un momento a otro sin que él pueda identificar alguna señal que le ayude a prepararse para saber cómo enfrentarla. De manera que su primera sensación nuevamente es ‘salir corriendo’ a refugiarse en alguna Sustancia Psico Activa, en el sexo desenfrenado o simplemente en salir de su casa buscando distraerse y que desaparezca ese hueco en la boca del estómago que en ocasiones le dificulta respirar. Y es en ese momento que no sólo siente que le podría dar un ataque de pánico, sino que su sensación más honda es que quiere morirse.

 

La diferencia entre lo que le ocurre ahora y lo que le ocurría hace unos meses es que, aunque aun le cuesta un enorme trabajo “aguantarse” la ansiedad y no huir de ella, ha empezado a enfrentarla y con esto, a enfrentarse a si mismo. Y como nos pasa a todos, des-cubrir y destapar la oscuridad que tenemos dentro es un trabajo que asusta porque duele. Por lo mismo, la tendencia es a huir de nosotros mismos. Además, el mundo externo no es el que fomenta ni nos lleva a mirar hacia adentro y a escarbar, sino todo lo contrario porque a quien se admira y venera es justamente a ese “primer Daniel”, como él mismo se llama a si mismo. A esa persona que sale, que siempre tiene fotos e historias para montar en todas las redes sociales, ese de quien hablan las mujeres porque “es un buen polvo” y de quien hablan los hombres porque con todas se acuesta; ese que tiene el ‘aguante’ para irse de fiesta fines de semana e incluso semanas enteras logrando llegar a trabajar todos los lunes para producir enormes cantidades de dinero y poderse dar la vida “que todo el mundo sueña”. Entonces cómo esa persona va a ‘atreverse’ a DES-cubrir toda la oscuridad que contiene para enfrentarla y finalmente empezar a sanarla?

 

A continuación transcribo lo que llevó Daniel a la última consulta. Lo escribió mientras atravesaba una crisis de ansiedad que si bien recuerda como uno de los momentos más difíciles de su vida, no deja de ver que fue gracias a esta crisis que finalmente empezó a entender lo que él mismo denominó, ‘despertar en conciencia’. Es decir, ser capaz de enfrentar su propia oscuridad hasta poder sacarla a la luz y así, irla disipando.

 

Entiendo el alcohol y las borracheras.

Entiendo la infidelidad.

Entiendo el suicidio.

Entiendo lo duro del camino espiritual profundo y por lo mismo, entiendo que tan poca gente lo asuma de manera consciente porque sin duda es más fácil, sobre todo cuando se está como estoy en este momento, correr a consumir algo, a perder la conciencia justamente para no tener nunca que despertar en ella.

Siento que no voy a ser capaz de salir de aquí y quisiera detenerme, dejar este sufrimiento y este infierno para ir a meterme alguna cosa. Pero quiero ser capaz de aguantar porque tantas veces he hecho lo mismo y tantas veces he fracasado que tal vez esta es la oportunidad que estaba esperando para conocerme y finalmente reconocer lo que verdaderamente tengo adentro.

Llevo horas combatiendo esta ansiedad, tratando de seguir con mi vida como si no la sintiera, pero no se va. Aquí está, pegada a mi y por más de que intento quitarla, ella persiste. Así que empiezo a entender que soy yo el que tiene que persistir con más fuerza para vencerla y salir de este abismo. Aun mientras escribo, siento esta sensación insoportable de querer arrancarme la piel; me está costando trabajo respirar, empiezo a sentir que el corazón se acelera y que puedo llegar al pánico. Y no quiero, pero tengo que aguantar. Lo hemos hablado con Ximena: la única manera de salir del miedo es enfrentarlo, pero nunca pensé que fuera a ser tan difícil. Esto no se quita, no pasa, escribo y escribo y no sólo sigue sino que además siento que es aun peor.

Entiendo el pensamiento que lleva a una persona a, en un determinado momento, tomar la decisión de quitarse la vida. Y lo entiendo porque ese pensamiento se me ha atravesado varias veces, porque al no lograr quitarme esta sensación que no me deja vivir en paz, quisiera poder desconectar mi cabeza para siempre. Pero una vez más, recuerdo que esto tampoco me estaría solucionando nada así que intento aguantar. Me agoto, me agoto.

Es en este instante podría llamar a alguna de las niñitas de turno, invitarla con algún cuento y llevármela para un hotel o incluso que llegue a mi casa para comérmela y listo. Eso me calmaría la ansiedad del momento, pero de fondo no resolvería nada.

Ahora entiendo lo difícil que es despertar en Conciencia, dejar de estar dormido en este mundo capitalista materialista para entrar en lo más profundo de mi y así empezar a tener una Conciencia que muy poca gente tiene. Despertar en conciencia tiene unas consecuencias y unas implicaciones de responsabilidad que a veces dan miedo porque es más fácil culpar a un Dios externo de todo lo que nos ocurre en vez de comprender y aceptar que nosotros somos los que creamos todo lo que tarde o temprano, vamos viviendo. Es justamente lo que ahora tengo que enfrentar: que esto que vivo, esta ansiedad que siento, este desasosiego que no me deja descansar, es producto de mis acciones, de mis decisiones y por lo mismo, soy el único responsable. Luego si hasta este momento el único responsable de lo que estoy viviendo soy yo, también soy yo el único que puedo salir de este hueco.

Empiezo a sentir algo de alivio, por fin. La ansiedad en algo va cediendo, va pasando, voy siendo capaz de vencerla para no ahogarme en ella. Algo está funcionando, creo que algo de fondo realmente va cambiando…y finalmente el alivio que voy sintiendo es producto de mi esfuerzo consciente y no de una evación inconsciente. Algo empieza, aunque muy en el fondo, a sentirse bien.

 

“Iluminarse es fácil…cuando eres capaz de aclarar toda tu oscuridad”, dice Mataji Shaktiananda, un gurú iluminado que logró despertar en Conciencia a fuerza de hacer el único trabajo realmente importante: el trabajo en uno mismo. Y eso lo hemos empezado a hablar y a explorar con Daniel a raíz del episodio que tuvo que atravesar y que por primera vez decidió hacerlo desde la conciencia y no desde la inconsciencia.

 

Gracias a ese primer paso consciente, Daniel ha ido perdiendo el miedo a estar solo y poco a poco ha construido espacios para quedarse en su casa sin compañía: sin celular ni televisión ni radio, sin amigos, ni novias, amantes o sustancias que le llenen el vacío que él mismo ha creado a fuerza de evadirse.  La ansiedad vuelve, de hecho, siempre está latente. Pero en la medida que él ha ido enfrentándola y usando la escritura como ‘arma’ para su propio auto conocimiento, también ha ido logrando liberarse de la creencia que durante tantos años construyó según la cual la única manera de sentirse tranquilo y en paz consigo mismo era estando distraído.

 

El proceso ha sido y sigue siendo duro, como lo es para cualquier persona que en algún momento decide alejarse por momentos del “ruido del mundo” para encontrarse en un silencio desconocido, en una incertidumbre de no saber qué va a salir de nuestra más profunda oscuridad. Pero como bien dice este Gurú, “no hay nada más misterioso que aquello que desconocemos de nosotros mismos” y la única manera de empezar a DES-cubrirlo es a través de un conocimiento profundo que sólo se da en el contacto de cada persona consigo misma. De una desconexión con lo externo para finalmente empezar a conectar con el lugar donde están todas las respuestas: la conexión propia e interna.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

Instagram: @breveterapia

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

“Al fin me cansé”

“Es sorprendente cómo un estereotipo funciona como una trampa”
Michelle Obama.

 

“El día que monte a mi tercer hijo en el bus del colegio para su último día de clases, me di cuenta que me quería separar”.Así empezó la primera cita de Elena[1]quien después de haber pasado por un proceso de terapia de pareja en el que el esposo había intentado por todos los medios de luchar por la relación, ella no había logrado “montarse al bus” nuevamente. Era consciente de los esfuerzos de Germán[2], los podía ver, reconocer y agradecer. Pero para ella, era muy tarde: muy tarde para reconocer que si bien él siempre había trabajado para mantener a su familia, siempre había sido fiel y nunca había agredido a Elena físicamente, había sido ella la que durante muchísimos años se había hecho cargo de sus hijos en todo sentido. Tanto a nivel práctico (p.ej. las idas al pediatra, las levantadas temprano para atenderlos desde que nacieron, el cambio de pañales, el acostarlos a dormir desde que nacieron), como a nivel emocional. Siempre fue ella la que estuvo ahí cuando necesitaron hablar con alguien, cuando estaban tristes, cuando se caían y se golpeaban, cuando se desilusionaban de los amigos, de las novias o novios, etc.

“Y lo más grave de todo esto es que siento que soy tanto o más responsable que él porque este bendito machismo colombiano que es tan sutil en la forma, pero tan arraigado y profundo de fondo, es lo que me llevó a asumir todo sin pedirle ayuda. Él estaba trabajando, entonces ¿cómo iba a pedirle que después de llegar de la oficina o antes de salir a trabajar me ayudara? Como si ser madre no fuera el trabajo más exigente y demandante del planeta. Pero claro, como no es pago, no cuenta”.

Los dos habían decidido ser padres años atrás aunque no sabían cuantos hijos querían tener. El primero, como siempre decía Elena, fue muy duro. Pero eventualmente a ella se le olvidó todo lo que había vivido y decidió tener el segundo hijo. El tercero no fue planeado, Elena quedó embarazada tomando anticonceptivos cosa que Germán resintió mucho durante los primeros años de vida de ese hijo. Quizá por esta misma razón, se alejó de su esposa y de sus tres hijos y aunque nunca lo dijo explícitamente, para Elena eso fue muy evidente:

“Se iba temprano en la mañana porque tenía reuniones de trabajo y yo me quedaba sola a cargo de mis tres hijos. Llegaba cuando ya se habían dormido, los fines de semana se iba al club a hacer deporte porque estaba muy estresado y después se tenía que quedar en el turco porque le dolía el cuerpo. Así pasó el primer año de vida de mí tercer hijo y aunque al comienzo para mí fue un infierno, poco a poco aprendí a vivir y a hacerme cargo de mis hijos sin necesitar a Germán, sin necesitarlo para nada. Volví a trabajar freelance y aun con trabajo formal, seguí estando presente para mis hijos, inventándome planes los fines de semana, llevándolos a hacer deporte, a planes con sus amigos, en resumen, hice mi vida sin mi esposo porque algún día me di cuenta que si quería volver a sonreír y a sentirme plena, tenía que hacer la vida con mis tres hijos. Y así lo asumí”.

En la naturaleza no hay espacios vacíos, le dije a Elena. Por lo mismo, si quitas algo de un espacio, tarde o temprano ese espacio se vuelve a llenar con otra cosa. Eso fue lo que le pasó a ella cuando el espacio que había ocupado Germán como un padre involucrado y presente en la vida de sus dos primeros hijos, quedo vacío al nacer su tercer hijo. Como consecuencia de eso, poco a poco Elena fue asumiendo casi todas las responsabilidades que implica tener un hijo y empezó a distanciarse de su esposo. Y sin tener una mala relación, dejaron de compartir la cotidianidad: ella dejó de contarle sus cosas y a su vez, dejó de interesarse por las de él. Por lo mismo, cada vez tenían menos cosas en común hasta el punto que cuando Germán “volvió” a estar presente, Elena se sentía fuerte, independiente e incluso más tranquila de estar sin él porque ya sabía como manejar a sus hijos sola. Tal vez por eso, como ella misma decía:“El día que monté al tercero de mis hijos al bus para irse a su último día de clases”, se dio cuenta que Germán era una maravillosa persona, un buen padre, pero ella ya no quería seguir con él.

Elena ha estado trabajando la rabia que siente contra él y contra ella misma por no haberle pedido más ayuda, por haber asumido todo como la “mujer maravilla” en vez de confrontar a su esposo en ese momento para pedirle que estuviera más presente. Con el paso de algunas sesiones, ha empezado a darse cuenta que sin haber sido consciente de su propio machismo años atrás, desde que quedó embarazada de su tercer hijo, además de cargar a ese bebé, empezó a cargar una culpa que sintió durante muchos años. Y fue en parte, por esa culpa, que empezó a asumir todas las responsabilidades de sus hijos sin pedirle ayuda a su esposo porque además, era él el que “traía el pan a la casa”, con lo cual ella sentía que lo mínimo que debía hacer era asumir la crianza de sus tres hijos sin “molestar” a su marido.

Esto la ha llevado a estar muy atenta a la manera como educa tanto a sus hijos hombres como a su hija pues no quiere que ninguno repita ni cargue con el machismo con el que según ella, cargamos en esta sociedad. Les ha mostrado a los tres cómo el trabajo pago, “formal”, es igualmente importante que el trabajo de ser madre o padre porque dependiendo de qué tan bien educamos a nuestros hijos, contribuimos a que en un futuro tengamos profesionales íntegros o no. Porque según ella, el hecho de que los hombres (y las mujeres) tengan la creencia de que tienen derecho a descansar y a no madrugar ni a levantarse en la noche cuando los hijos no duermen porque ellos “si están trabajando” mientras que las mujeres están haciendo “lo que tienen que hacer” -cuidar a los hijos-, es responsabilidad tanto de los hombres como de las mujeres, de las madres, que educan a sus hijos así.

Cambiar la creencia que todos hemos construido y bajo la cual seguimos viviendo aun después de tantos años por la que se asume que  el trabajo pago o “formal” es el que vale y es el importante mientras que la labor y el trabajo de ser madre y padre se ve como algo que ‘deben hacer ‘sobre todo las mujeres y que los hombres hacen como ayuda, sin duda tomará tiempo. Y probablemente no va a cambiar como resultado de una política publica o de una ley. Cambiará como resultado de los cambios sencillos que tanto hombres como mujeres hagan en la cotidianidad. Y uno de ellos, paradójicamente, le corresponde más a las mujeres que a los hombres: dejar de lado el tener que ser la “mujer maravilla” que todo lo puede asumir, que todo lo hace bien, que es perfecta tanto en el trabajo como en el hogar. Como en el caso de Elena, veo muchos casos en consulta y entre mis amistades en los que aún nos falta integrar a los hombres en la labor de la maternidad y paternidad, pedirles de manera cotidiana y CONCRETA que asuman ciertas responsabilidades, que sepan cambiar un pañal, alzar a su hijo y saber calmarlo cuando llora porque algo le duele; que si bien no tienen que hacer las cosas igual a nosotras, la única entretención para un niño no es la televisión, el celular o cualquier otra pantalla. Y que una manera de ser padres es compartiendo tiempo en la cotidianidad de los hijos. Y aun más importante que todo lo anterior, que ninguna de esas cosas sea vista ni por los hombres ni por las mujeres como “una ayuda” de ellos hacia nosotras, sino como el 50% de una responsabilidad que es compartida.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicologa-Psicoterapeuta Estrategica.

www.breveterapia.com

 

[1]Nombre ficticio para proteger la identidad y el proceso de la consultante

[2]Nombre ficticio para proteger la identidad y el proceso de la consultante

Una oportunidad disfrazada de tumor

Sufro más cuando quiero ser perfecta
y no quiero equivocarme en nada, que
cuando acepto que puedo tener un mal día.

 

El primer año de maternidad lo viví en una dualidad constante: por un lado, estaba feliz de ser mamá, de tener a mi hija, agradecida porque era una chiquita sana, porque lo había soñado y estaba cumpliendo ese sueño. Pero al mismo tiempo, sentía una frustración enorme porque la vida me había cambiado y cada día que pasaba, me daba cuenta que el cambio era para siempre. Por primera vez en la vida sentí que tenía una responsabilidad perpetua. Aunque me duele decirlo, sentía un peso y eso me daba rabia con mi hija, conmigo, con la vida, con todo. Por ende, pasaba de un estado de ánimo de alegría y agradecimiento, a otro de ira profunda e inconformidad con la vida y honestamente, eso me amargó bastante el primer año de vida de conLucía.

Lucía cumplió un año mientras estábamos de viaje. Así lo planeamos con mi esposo pues queríamos que ella estuviera cerca del mar para celebrar su primer año de vida. Ese día puntualmente lo celebramos con amigos y familiares al lado de la playa, tal como lo habíamos pensado. Lucía pasó contenta, aunque no es muy amiga del calor, pero fue un día especial. Sin embargo, durante todas las vacaciones yo seguía oscilando entre la felicidad de tenerla y poderla llevar a un lugar paradisíaco donde pasé una gran parte de mis vacaciones desde que nací, pero al mismo tiempo la rabia y la frustración de no poder hacer mi vida como lo había hecho durante 36 años. Pasé muchos momentos de rabia, de sentirme cansada, agobiada con tantas responsabilidades, una vez más, con la sensación de ‘cargar’ con una responsabilidad perpetua que ya en la práctica, no sabía si quería tener. Tuvimos momentos difíciles con mi esposo porque él veía mi malestar y de manera amable intentaba hacérmelo ver. Pero era tal mi rabia –y mi posterior sensación de culpa-, que muchos de esos momentos fueron amargos y difíciles para mi.

Se acabaron las vacaciones y con ellas, mi mal genio. Regresé a trabajar y a terminar de hacerme unos exámenes que tenía pendientes desde que me había ido porque un quiste que tenía en el ovario desde hacía varios años había crecido. Así que estaba pendiente de hacerme una resonancia magnética con medio de contraste y unos exámenes más para definir qué debía hacer con ese quiste. La buena noticia, hasta el momento, era que los medidores tumorales habían salido negativos lo cual era un gran indicio de que no era un cáncer. Sin embargo, por el tamaño y por lo que se veía en las ecografías, lo más probable era que iban a tener que sacarlo.

Me hice todos los exámenes y cuando salieron los resultados, mi ginecóloga (con quien siempre estaré agradecida), me dijo que no le gustaba lo que veía. Que prefería remitirme a una oncóloga para que ella viera los exámenes y definiera el paso a seguir. De la manera más amorosa me dijo que no me afanara por la palabra “oncóloga”, que ella simplemente prefería partir del peor escenario e ir descartando que hacer el proceso inverso y equivocarse. Ese día llegué a mi casa y me ataqué a llorar. Por primera vez en mi vida sentí la vulnerabilidad de una enfermedad, pensé en la posibilidad de tener algo grave y si bien la muerte como tal no me asusta, pensar en ella con una hija de un año me produjo terror.  Aun no sabía nada, pero mi mente ya empezaba a pintarme escenarios difíciles, bastante oscuros, llevándome a sentir ansiedad, preocupación, miedo. Fue duro, muy duro, pero al mismo tiempo, ahí empecé a destapar un regalo: el regalo de la gratitud.

Empecé a ver mi maternidad como la mejor oportunidad de crecimiento personal; vi en Lucía la gran oportunidad que me estaba dando la Vida para trabajar en mi, en mi oscuridad, para crecer como ser humano lo que nunca había crecido antes. Además, empecé a agradecer a diario que la tengo, que es mi hija, que está sana, que puedo alzarla, espicharla, abrazarla y que no dependo de nadie para poderlo hacer. Sumado a esto, por primera vez desde que nació, logré que mi mente estuviera en el momento presente, en el instante, sin dejarla indagar ni preguntar por el futuro. Dejé de planear el día siguiente, la semana, el mes y el año siguiente, con lo cual mucha de mi rabia empezó a desaparecerporque ya no me frustraba tanto cuando me daba cuenta que las cosas no salían como mentalmente las había planeado. Y eso mismo me permitió darme cuenta que una de las mayores lecciones que venía a enseñarme Lucía y que no había sido capaz de aprender es que lo único que tengo en la vida es el instante. Si, una frase que uno sabe, que repite, que incluso se ha prostituido a tal punto que pierde el sentido, pero por primera vez en 36 años la viví como algo absolutamente real.

Este tumor que finalmente tuvieron que sacarme abriéndome de nuevo como lo habían hecho con la cesárea, que gracias al Cielo salió benigno y por lo mismo sólo tuvieron que sacarlo y volver a cerrar, ha sido un enorme regalo que también –siento yo-, me trajo Lucía. Hoy en día veo clarísimo que ella vino a enseñarme y a mostrarme una infinidad de cosas sobre mi misma. Y eso fue lo que ocurrió durante el primer año de su vida cuando no se dormía a la hora que YO planeaba, cuando no hacía las cosas como YO quería, en otras palabras, cuando estaba desafiando a mi ego y a mi excesiva necesidad de control. Pero justamente por lo mismo, por esa necesidad de control y esa rigidez infinita, no logré flexibilizarme y aceptar que mi vida había cambiado. Y que ese cambio lo podía vivir de dos maneras: como el peor infierno o como el mayor regalo. Así que tuvo que llegar un tumor benigno a mostrarme que las cosas sólo iban a empeorar si yo no estaba dispuesta a soltar, ser flexible y aceptar lo que ahora es mi vida con Lucía.

Desde que me operaron, he vuelto a tener algunos momentos de desespero, de rabia, de frustración porque claro, las cosas se salen de mi control. Pero a diferencia de lo que me ocurría hace un mes, hace dos y hace un año, ahora lo veo, soy consciente de lo que me está ocurriendo y de lo que estoy sintiendo y pensando. Así que puedo detenerme, respirar (literalmente), decirle a mi mente que sé que eso es ella buscando que pierda el control y así evitar tener una reacción agresiva con mi esposo, con Abril, con Lucía o simplemente conmigo. Sigue siendo un reto, un reto cotidiano, pero ya no lo veo como una condena sino como la mejor oportunidad y el mejor regalo que me dio la Vida para crecer en Luz.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

 

Yo también soy vulnerable

Como seres humanos que somos, todos somos vulnerables. Nadie tiene la vida perfecta, ni es feliz el 100% del tiempo. Sin embargo, es diferente saberlo a vivirlo. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Como me dijo una paciente hace unas semanas: “Reconocer que uno como psicólogo también es vulnerable, es difícil”.

Después de que nació Lucía, pasé cuatro meses encerrada en la casa dedicada a cuidarla y atenderla, queriendo hacer todo por ella porque creía que eso era sinónimo de ser la mejor mamá. Hacia el segundo mes, empecé a sentirme miserable porque mi vida pasaba entre el cuarto de ella y el mío. Basta. Comenzó a aparecer una ansiedad que yo intentaba ignorar pero con el paso de las semanas, se hizo tan evidente que finalmente, al cuarto mes de vida de Lucía, esa ansiedad me hizo reconocer que necesitaba buscar ayuda.

Levantarme era una pesadilla, llegaba el fin de semana y yo literalmente me quería morir porque no quería que hubiera silencio en la casa. Sentir que Elena (la persona que me ayuda con las labores de la casa) estaba por ahí y que podía hablar con ella, me daba una tranquilidad enorme. Pero ella no está los fines de semana y muchas veces mi esposo tenía que ausentarse o simplemente estaba yo tan mal de ánimo, que aun si él estaba en la casa, mi ansiedad era tal que lo único que quería el viernes cuando abría los ojos por la mañana era volverlos a cerrar y abrirlos el lunes. Confieso que le tenía pavor a Lucía: a su llanto, a su incomodidad, a que no durmiera, a no tener suficiente leche materna y ella se desesperara, en fin. Poco a poco he podido ir viendo que en empecé a tenerle miedo a las obligaciones, a las tareas, a las responsabilidades. En resumen, a la vida.

Recuerdo un domingo que la mejor amiga de mi esposo me invitó a tomar algo a su casa. Mi esposo estaba de viaje y a mi me daba pavor salir en el carro con Lucía, a pie, en coche, de cualquier manera. Pero sabía que tenía que armarme de valor y salir, así que me fui para su casa manejando con una ansiedad infernal. Hablando con ella, que es una mujer brillante –tanto emocional como intelectualmente- y amorosa, recuerdo que me dijo: “Xime, créeme que vas a ser mejor mamá si tienes ayuda con la niña, si puedes irte, dejar a Lucía y volver después a estar con ella. Pero tienes que recuperar el tiempo para ti”. Me sentía tan miserable en ese momento que finalmente accedí a buscar a alguien que me pudiera ayudar cuidando a Lucía. Al comienzo fue difícil, me daba susto dejarla, y más en manos de alguien a quien jamás había visto antes. Pero desde que entrevisté a Jenny me pareció una mujer increíble, me gustó su energía y a Elena, que para mi hoy en día es más importante que nunca, también le generó una buena sensación. Así que empezó a ir a mi casa y poco a poco fui sintiendo que después de casi 5 meses, finalmente tenía algo de tiempo para mi. Podía lavarme los dientes, bañarme e incluso comer algo tranquila.

Sin embargo, a pesar de la llegada de Jenny, mi ansiedad no disminuía y el pánico al fin de semana era cada vez peor. Le cogí odio al silencio, a tener que estar en mi casa, por lo que un tiempo antes de la llegada de Jenny, empecé a salir los fines de semana con Lucía en el cargador y Abril con su correa. Nos íbamos las tres a jugar frisbee mientras yo trataba de cerrar el hueco que tenía en el estómago. Pero hacer ese tipo de cosas me ayudaba a sentirme un poco más tranquila, sobre todo, más capaz de enfrentar la cotidianidad. Hoy en día lo pienso y parece algo tan sencillo, tan obvio, casi insignificante; pero en ese momento poder salir con ambas durante media o una hora, para mi era un logro enorme. Cada vez que volvía de la calle, sentía que había escalado el Everest y así bauticé esas pequeñas experiencias en las que lograba avanzar en el manejo de mi ansiedad y mi sensación de incapacidad y vulnerabilidad: escalé el Everest. Esto me ayudaba, pero la ansiedad no sólo no desaparecía sino que incluso a veces aumentaba.

“Todo en la vida pasa por algo”, es una frase que también he repetido mucho teóricamente pero pocas veces había comprendido su significado literal. Alguno de esos días de profunda ansiedad, mi mamá me contó que mi psicóloga (amiga y colega de ella), estaba atendiendo algunos pacientes por Skype (ella se retiró en diciembre de 2018 y se fue a vivir fuera de Bogotá). Sentí un alivio enorme de saber que finalmente iba a poder hablar con alguien externo. La busqué y empecé a tener sesiones con ella en las que le podía compartir la tristeza y la ansiedad tan profundas que me acompañaban casi a diario. Me sentía como una niña chiquita que le tiene miedo a todo: a la noche, a quedarse sola, al silencio, en general, a vivir. Y finalmente un día Isa me dijo: “Xime, a mi me parece que tu estás deprimida”. Uff! Fue duro oírlo pero al mismo tiempo, me generó un profundo alivio. Después de hablarlo con ella, se lo comenté a mi médica y todas estuvimos de acuerdo. Así que la médica y al estar todas de acuerdo, me medicaron con unas pastillas naturales pues la médica quería ver cómo reaccionaba a estas y con base en eso, decidir si debía darme algo más fuerte o si era suficiente.

Desde entonces, empecé a vivir una cadena de cambios impresionante. Por un lado, sentí un cambio de percepción profundo en el sentido que empecé a ver la vida de otro color, o tal vez es mejor decir que empecé a ver la vida de color porque llevaba muchos meses en que todo lo veía negro. Al mismo tiempo, sentí que tener ese diagnóstico, que haberle puesto un nombre a lo que estaba sintiendo, me dio una meta, algo frente a lo cual quería trabajar: salir de la depresión. Y no por tomarme una pastilla sino porque quería aprender a manejar la ansiedad para superarla y volver a construir una vida en la que si bien sé que tengo que vivir con ella porque como todos los seres humanos es justamente la ansiedad la que nos permite sobrevivir y generar cambios (soy un fiel ejemplo de ello), no quería volver a tenerla en esos niveles en los que lo único que sentía eran ganas de morirme. Así que volví a acordarme de esa frase que me dijo la amiga de mi esposo y por lo mismo, programé entrenamientos físicos con mi entrenador, agendé más pacientes, empecé a salir con Lucía en el coche y con Abril amarrada a mi cintura para poderme ir con ellas por toda la ciudad, como lo hice durante tantos años antes del nacimiento de Lucía. Empecé a moverme físicamente, a estar activa, a salir de mi casa para que estar en ella fuera agradable, para que volver fuera algo que me generara placer y no un miedo y una ansiedad que me estaban llevando a odiar mi apartamento.

Como es de esperar, todo este gran malestar afectó mi relación de pareja. Así que después de hablarlo y ser conscientes que también los dos estábamos pasando por una situación difícil, empezamos terapia de pareja.

He llegado a aceptar que todo cambia permanentemente, que el nacimiento de un hijo exige una flexibilidad frente a los cambios que nada antes me lo había planteado. Y aun así, cada vez que siento que estoy encontrando el balance, todo se vuelve a desorganizar: los horarios vuelven a cambiar, Lucía come más o come menos, duerme más o duerme menos, los pacientes aumentan, el tiempo no me alcanza, mi salud física también se vio considerablemente afectada, por lo que he tenido que hacer otros cambios e introducir pausas, en fin.

Un año después del maravilloso día en que nació Lucía, finalmente empiezo a sentir que tengo más momentos de tranquilidad que de ansiedad; que en alguna medida he aprendido a aceptar la ansiedad, a manejarla y poco a poco he ido viviendo en la práctica esa famosa frase del monje Thich Nhat Hahn: this too shall pass – esto también pasará. En muchas dimensiones siento que en este año he crecido a nivel personal y espiritual más de lo que había crecido en 35 años. He vivido altísimos niveles de estrés, ansiedad y miedo gracias a los cuales ahora me siento más vulnerable y por lo mismo, más fuerte, capaz de asumir y enfrentar la vida como la conozco ahora: con una hija que me hizo cuestionarme todo lo que venía construyendo desde hace 36 años, con un esposo maravilloso y paciente con el que seguimos trabajando para continuar creciendo juntos como pareja con todos los cambios que hemos tenido que enfrentar; con una perrita que ha sido mi mayor soporte emocional durante todo este tiempo y con una vida radicalmente diferente de la que conocí durante 36 años. Ahora estoy dispuesta a seguir construyendo y comprobando, una vez más en la práctica y no en la teoría, que literalmente la única constante en la vida es el cambio.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

 

Tener un hijo es como vivir en un Ashram

Cuando tenía 12 años, mis papás quisieron hacer un viaje a la India para ir a conocer a quien en ese momento era un Maestro para ellos. Así que en diciembre con un grupo de colombianos nos fuimos para India tres semanas a vivir al ashram, que se conoce como un lugar de meditación y enseñanza en el que las personas que asisten viven bajo las enseñanzas de un Maestro.

Haber pasado tres semanas, a los 12 años, en un ashram fue una experiencia que me dividió la vida en dos por muchas razones, pero principalmente por dos la primera, porque comprendí lo que significa estar y vivir en el presente. Y la segunda, me di cuenta de que la mayoría de las cosas con las que vivimos los seres humanos son lujos, cosas innecesarias que realmente no nos dan ninguna felicidad. Al contrario, son una profunda fuente de infelicidad porque hemos construido y arraigado la creencia de que sólo podemos ser felices si tenemos comodidades, pertenencias, lujos y dinero.

En ese entonces (no sé si haya cambiado después de tantos años), la vida en ese ashram era muy rutinaria y sobre todo, sencilla. La levantada era antes de que amaneciera, el baño con agua helada, dormíamos en colchones en el piso, pero teníamos el lujo de estar en un cuarto sólo los tres porque como estábamos en compañía de un hombre (mi papá), podíamos dormir en un cuarto y no en un galpón. Salíamos hacia el templo para hacer fila y presenciar el darshan o la salida del Maestro, permanecíamos en el templo un par de horas y después íbamos a desayunar. Se podía prestar servicio ayudando en el comedor, antes o después del desayuno, en cuyo caso nos quedábamos limpiando y recogiendo. En caso de no estar prestando servicio, se ofrecían charlas y conferencias de diferentes discípulos a las que se podía asistir gratuitamente. O simplemente se podía ir a caminar, a leer, a estudiar o cualquier actividad de ese estilo. A la hora del almuerzo la dinámica era la misma y luego nos alistábamos para el darshan de la tarde, después del cual íbamos a comer y si no recuerdo mal, debíamos ir al cuarto a dormir antes de las 9pm. Y así fue nuestra vida durante tres semanas: todos los días la misma dinámica, usando las mismas tres mudas de ropa, durmiéndonos, levantándonos, bañándonos y comiendo a la misma hora. Y una vez más, recuerdo esas tres semanas como una de las mejores épocas de mi vida.

Hablando con mi mamá en estos días de licencia de maternidad en los que he pasado por todos los estados de ánimo, en algún momento en el que me sentía agobiada y cansada de estar en mi casa 24/7, además de sentirme angustiada porque pasé por un tema de salud difícil después del parto y eso complicó también la salud de Lucía, mi mamá me dijo: “Mira lo que estás viviendo como si estuvieras en un ashram”.

Esa frase me “despertó” ante la oportunidad tan grande que estoy teniendo de vivir mi presente, de estar en mente, cuerpo y alma en lo que estoy, evitando adelantarme a un futuro que por momentos me angustia o devolverme a un pasado que a veces me atormenta y entristece. He tenido que poner en práctica las palabras que tantas veces les he dicho a muchos de mis pacientes y ponerme a prueba frente a mi propia mente que busca todas las oportunidades para hacerme dudar de mí misma en todos los aspectos de mi vida. Tener a Lucía me ha obligado –en el mejor de los sentidos- a vivir una vida cotidiana como la que se vive en un ashram, girando siempre en función de las mismas cosas y de la misma forma: las horas a las que se levanta, a las que se acuesta, su alimentación, la mía, y todos los días voy usando las mismas mudas de ropa. A veces salgo a comprar granadillas o a darle una vuelta a mi primera hija Abril (mi perrita), pero son vueltas muy cortas. Cuando tengo tiempo, me siento a escribir para darle un espacio a mi mente y así evitar que me domine con sus dudas apocalípticas; y a veces, muy pocas, he ido introduciendo la lectura de algunos libros, cuando el cansancio y el agobio me lo permiten.

Todos los grandes Maestros espirituales coinciden en decir que el trabajo más importante es el trabajo que hacemos en nosotros mismos. Que no hay necesidad de viajar por el mundo y recorrer grandes distancias para ayudar a otros porque el trabajo más importante que cada uno tiene que hacer está ‘en casa’. Esa ha sido una de las grandes enseñanzas que me ha traído Lucía: ser capaz de encarnar y vivir en carne propia y a diario que la felicidad no está ni en los lujos, ni en los planes, ni en miles de actividades, así como tampoco en las larguísimas jornadas laborales o en viajes y acumulación de bienes materiales. Y si bien ninguna de estas cosas es negativa per se, tampoco ninguna de ellas nos da esa tranquilidad y sosiego que creo, todos estamos constantemente buscando.

Mi tranquilidad y sosiego las he ido construyendo –¡aunque me falta mucho por conquistar en este tema todavía!- siendo capaz de levantarme cada día a estar con Lucía, respondiendo a lo que ella necesita y entendiendo también que nada con ella está ‘escrito en piedra’: a veces se levanta más temprano, a veces más tarde, a veces come a una hora pero al día siguiente puede comer a otra y así sucesivamente. De manera que si bien las rutinas son las mismas, los ritmos van cambiando y esto me comprueba, una vez más, que no tengo control sobre nada. Y que si intento controlar, caigo en la paradoja del exceso de control que me lleva a perder el control. Por eso en la medida que voy soltando y permitiéndome fluir con ella, voy conquistando una profunda libertad para vivir la vida como creo, es la única amanera que podemos vivirla: segundo a segundo cada día. Y no tengo necesidad de atravesar el mundo para irme a vivir a un ashram porque en mi cotidianidad, ahora con Lucía, encuentro todas las herramientas para ser capaz de vivir el momento presente.

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Instagram: @breveterapia
Twitter: @menasanzdesanta