Me intoxicó el silencio.

El ejemplo que siempre tuve de la figura materna fue el de una mujer que habla, que se da su lugar, que sabe poner límites, que no les teme a los hombres y eso que, en su generación, teniendo en cuenta que tiene 75 años, quizá no era tan común. Según me ha contado mi mamá, fue mi abuelo  quien siempre la incentivó a hablar y hacer valer su palabra a pesar de que esto muchas veces le traía problemas con mi abuela. Pero a pesar de eso, mi abuelo siempre la incentivó a hablar, a manifestar lo que sentía y lo que pensaba, a no tener miedo de defender sus posturas, cosa que, desde muy niña, mi mamá hizo conmigo. En cuanto a mi vida privada, personal, me enseñó a guardar silencio como una manera de respetarme y de hacer respetar mi vida, mis relaciones, mi intimidad. Simultáneamente me enseñó a ser capaz de hablar y de poner límites, de no hacer algo que fuera contra mi voluntad. Y durante muchos años de mi vida sentí que eso era una cualidad.  De igual forma, desde hace muchos años empecé a conectar con lo que me pasaba para poder poner mis límites, tomar decisiones y en últimas, desarrollar un criterio propio. De lo que no me di cuenta es que hace varios años ya, en la interacción con una persona en particular, empecé a cambiar esa creencia y empecé a sentirme mal, avergonzada y hasta ‘mala persona’ por decir lo que pensaba, por decir abiertamente mis preferencias con respecto por ejemplo a qué restaurante quería ir o qué plan quería hacer el fin de semana. Y sin darme cuenta, eso que pensaba que era una gran cualidad, empezó a ser tomado como un defecto; como sinónimo de ser una persona consentida, malcriada. “Your way or the high way”, me repetía esta persona con bastante frecuencia. Traducido: todo tiene que ser a tú manera porque si no, es un problema. Así fue como quedé tildada bajo la creencia de ser una persona egoísta, consentida y malcriada. Y lo más grave no fue sólo que me lo dijeran, sino que me lo creí. Y desde esa nueva creencia, me fui silenciando al punto que hoy, años después, se empezó a manifestar en mi salud física.

Para nadie es un secreto que el nacimiento de mi hija Lucía fue realmente un punto de quiebre muy importante en mi vida. Entre muchas de las cosas que me trajo y me sigue trayendo aun hoy, casi cuatro años después, fue haberme podido dar cuenta de qué tanto me desconecté de mí misma, de lo que soy, de lo que para mí es importante.  Lucía, o su presencia, me ha obligado a mirarme a unos niveles que jamás pensé llegar. Me llevó a finalmente entregarme a mi camino espiritual y desde ahí, empezar a hacer un trabajo de sacar todas mis sombras para comenzar a resolverlas y a disolverlas. En ese trabajo he estado desde hace cuatro años, con muchas victorias alcanzadas, así como con otras aun por trabajar porque sigo “patinando” en patrones y situaciones que aún no logro resolver. Entre esos, un patrón de falta de amor propio que ha sido aún más evidente en el último año.

Creo que uno de los períodos más exigentes de mi vida empezó en 2019 cuando gracias a mi hija, fui capaz de empezar a ponerme a mí por encima del “qué dirán”, de las expectativas que se tienen frente una mujer de X estrato en una sociedad como esta, a X edad, con X oportunidades, bajo X parámetros de educación, etc. Me di cuenta que, pasé muchos años construyendo mi vida basada en satisfacer, cumplir y “chulear” lo que se esperaba de mi dejando de lado a la persona más importante: yo misma. Tomé decisiones grandes desde una profunda inconsciencia y fui construyendo una felicidad efímera. De alguna manera intuía que ese no era el camino. Pero fue más grande la presión externa y la desconexión con mi Ser, que la capacidad de reconectar con mi mundo interior para empezar a tomar decisiones sobre mi vida basadas en mí. Desde ahí entiendo hoy la depresión post parto pues tuve que atravesar un período muy oscuro para llegar a ver que Lucía, entre muchas otras cosas, me trajo el esfero para que pudiera, finalmente, firmar mi libertad.

Ahora, como me dijo un terapeuta hace unos meses, “firmar la libertad es una cosa, vivirla y ejercerla es otra muy distinta. Y se requiere de mucha valentía para sostenerse en ella”. Pocas cosas más ciertas me han dicho en la vida. Pues en este proceso de descubrir cómo se empieza a vivir en libertad y de empezar a construir un amor propio, descubrir también la falta de amor que he sentido por mí misma, ha sido doloroso e incluso me ha generado miedo, no sólo porque no sabía que vivía así, sino también porque no tenía ni idea cómo empezar a amarme de nuevo. Gracias a que mi cuerpo empezó a hablar, a darme no sé cuántas señales, que claramente no vi hasta que me sentí tan mal en tantos niveles, que finalmente empecé a escucharlo. Hoy, tres años después de presentar distintos síntomas, estoy entendiendo que mi cuerpo expresaba lo que mis emociones y sentimientos no habían podido manifestar: me intoxiqué con el silencio.

Hoy tengo claro que existen dos tipos de silencio: el primero es un silencio que libera, que genera tranquilidad porque es el que asumimos cuando preferimos callar que hacer un comentario antipático sobre otra persona; el que llega como una victoria sobre el ego para que en vez de hablar sobre todo lo que hemos logrado, prefiere callar y escuchar lo que dice el otro. Es un silencio que respeta opiniones, que evita engancharse en peleas sin sentido, que da tranquilidad a la conciencia porque guardarlo implica que después no hay arrepentimientos o culpas por haber dicho algo que puede hacerle daño a otra persona. Este es un silencio muy distinto al segundo porque detrás del segundo silencio lo que hay es miedo: miedo a mostrar lo que somos, lo que pensamos, lo que sentimos. Miedo a ser nosotros mismos como consecuencia del daño o del maltrato que nos han hecho otros. Es un silencio que adoptamos para no sentir más dolor, para evitar otra recriminación, otra agresión, otra descalificación. Y ese silencio hace daño, porque va llevando a que perdamos la seguridad en nosotros mismos, en nuestra capacidad de decidir y más aún, de poder poner límites cuando sentimos que estamos siendo violentados o agredidos. Este es el silencio que nos va intoxicando hasta que por algún lado -físico, emocional o mental- tiene que buscar una voz que le permita salir y volver a manifestar lo que alguna vez la llevó a callar.

Si el silencio no es una decisión, sino la consecuencia del miedo a manifestar lo que somos, sentimos y pensamos, es momento de empezar a enfrentar ese miedo. Y no hay otra manera de hacerlo que, hablando, manifestando lo que por miedo hemos callado: pensamientos, emociones, sentimientos, puntos de vista, decisiones, etc. Es la única manera de empezar a reconectar con lo que somos y que por miedo, se quedó en silencio. A veces tenemos que llegar a que sea el cuerpo el que hable para manifestar la intoxicación que generamos por el silencio. Ojalá cada vez tengamos una mayor conexión con nuestro interior para no tener que llegar a enfermarnos físicamente para darnos cuenta que si bien no somos perfectos, ningún defecto y ninguna cualidad, amerita o justifica que otros pasen por encima de nosotros al punto de hacernos sentir vergüenza de lo que somos. El miedo evitado se convierte en pánico, enfrentado, se convierte en coraje, dice Giorgio Nardone. Aquí estoy dando un paso más en la construcción del coraje que alguna vez me dejé quitar y que ahora estoy diariamente trabajando en recuperar.

Ximena Sanz de Santamaria Cárdenas.

IG: @breveterapia

2 comentarios
  1. Andrea Umana
    Andrea Umana Dice:

    Qué valiosa es la maternidad, creo que a cada mamá de manera independiente nos muestra cómo ser mejores seres humanos, como trascender lo que es ser humano y mejorar, ser mejores personas. Este tu camino gracias a esa “Lucia” tan increíble, creo que todas tenemos y gracias a la vida por esas Lucías que nos dan la fortaleza de creer en nosotras mismas, de ser fuertes como nunca antes y entender que siempre podremos más.

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