Yo fui papá para que tu no te frustraras

“El maltrato va configurando cambios en la personalidad de quien lo sufre, tales como inseguridad y baja o nula autoestima, percepción de impotencia para manejar el entorno, culpabilidad, sensación de fracaso vital, sentimientos ambivalentes, se subestima la gravedad del maltrato incluso justificándolo, se adopta la visión de la realidad de quien agrede, no se es consciente en muchos casos de ser víctima de maltrato psicológico. Esto es más frecuente de lo que se cree: hay grandes dosis de violencia normalizada en las relaciones, y especialmente en las de pareja” (Carmona, O. 2017. Tomado de https://elpais.com/elpais/2017/03/30/mamas_papas/1490879725_914376.html)”.

 

Manuela conoció a Andrés[1] por amigos en común. Fueron novios durante varios años después de los cuales, tomaron la decisión de casarse. Inicialmente, Manuela pensó que era la mejor decisión porque Andrés cumplía con todas las ‘cualidades’ que ella buscaba en una pareja: era un hombre trabajador, fiel, amoroso, inteligente, sensible, cariñoso, entre otras. Además, Manuela sentía que era una persona con la que podía dialogar, compartir, expresarse sin temor a ser juzgada o descalificada por lo que creía tener una relación de pareja sólida, honesta. Y eso, entre otras razones, la llevó a tomar la decisión de casarse con la persona con quien pensó que iba a pasar el resto de su vida y que iban a formar una familia juntos.

 

Sin embargo, pocos meses después de casarse, estas cualidades que Manuela había visto en Andrés, empezaron a cambiar. “Yo quería salir, ver gente, ver a mis amigos, a mis amigas, salir de paseo los fines de semana, en resumen, tener la vida de personas de 26 años. Y así se lo manifesté varias veces porque quería que construyéramos una vida juntos. Pero la respuesta de Andrés siempre era negativa: me decía que tenía que madurar, que tenía que aceptar que la vida nos había cambiado, pero yo no entendía por qué. Hasta que un día, me acuerdo que era sábado por la mañana y le propuse algún plan; le dije que quería que saliéramos. Nunca se me va a olvidar su reacción: empezó a gritarme, literalmente a gritarme que yo era una inmadura, una niñita malcriada por mis papás y que tenía que dejar de pensar que la vida era como antes. Me repetía mil veces que yo era una malcriada y consentida y finalmente se fue a encerrar a ver televisión. Ese fin de semana pasó los dos días sin hablarme, sin ni siquiera mirarme. De lo que más me acuerdo es de la ansiedad que yo  sentía, no pude dormir en dos días, trataba de hablarle pero el rechazo era brutal. Desde ahí comencé a sentir miedo”.

 

Manuela empezó a renunciar a muchas de las cosas que para ella eran importantes: dejó de asistir a reuniones sociales, de ver a sus amigas, no volvió a salir los fines de semana ni tampoco a invitar amigos a su casa porque a Andrés le aburría tener que ‘atender’ a otras personas y además cada vez que organizaban alguna cosa en la casa, siendo Manuela la que se encargaba de comprar la comida, organizar la casa, etc., al final de la reunión él siempre tenía un comentario descalificador porque consideraba que ella gastaba demasiado dinero en cosas que no valían la pena. Una vez más, la tildaba de ‘malcriada y consentida’ argumentando que ella no tenía una proporción del dinero y que ellos no eran millonarios para estar gastando plata en invitaciones a otras personas. Por todo lo anterior, Manuela no sólo se fue alejando y retrayendo de sus amigos y familiares, sino que además lo hizo también de Andrés. Dejó de compartir con él lo que le ocurría en el trabajo, dejó de hablar de su cotidianidad, de sus amigas y en general no volvió a comentarle nada de lo que pensaba o sentía frente a las diferentes situaciones que se le presentaban en su vida ya que en varias oportunidades después de hacerlo, él acababa por decirle que era culpa suya lo que le ocurría tanto en su trabajo, como en sus relaciones como en cualquier otra situación difícil que estuviera enfrentando. Como consecuencia, ella empezó a dudar de su criterio, de sus capacidades, de su inteligencia y también empezó a sentir una profunda vergüenza de la persona que era y hasta de su familia. “No volvimos a salir de vacaciones con mi familia a pesar de que era una tradición desde antes de casarnos. Mis papás siempre nos invitaban a mis hermanos y a mi con nuestros respectivos a algún lugar especial para estar en familia. Pero eran tales las peleas, los enfrentamientos que tenía con Andrés cada vez que salíamos, que llegué a inventarme mil excusas para no volver a las vacaciones con mi familia. Andrés me decía que todos éramos unos malcriados, que mi mamá era una metida y mi papá un idiota útil y que ni se me ocurriera pensar que yo iba a tener la vida que había tenido con mis papás porque él jamás me iba a dar gusto en todo, como lo hacía mi papá con mi mamá. Y así, así era todas las veces que salíamos de vacaciones con mi familia. Por eso decidí no volver”.

 

Las personas víctimas de maltrato psicológico y emocional se van acostumbrando a vivir bajo el miedo, la culpa y la vergüenza: miedo a hablar, a dar su opinión, a manifestar lo que piensan y sienten; vergüenza de ser quienes son y culpa porque todo lo ‘malo’ que ocurre a su alrededor, es  causado por ellas, por su manera de ser, de actuar y de pensar. En pocas palabras, por lo que la persona es. Por todo esto, la víctima de maltrato se aísla casi por completo de su círculo de amigos y de su familia lo que lleva a que el maltratador tenga cada vez más poder sobre ella hasta llegar a construir un vínculo relacional enfermo del que la víctima, sin importar cuántos intentos haga, queda atrapada en esa cárcel que en este caso, Andrés construyó para Manuela.

 

Dentro de este contexto, Manuela tuvo un hijo.

“No me arrepiento de ser mamá y trato de pensar que hoy en día tengo lo más hermoso y lo más importante de mi vida: mi hijo. Pero tengo momentos en que no me perdono no haberme ido, en que no puedo entender cómo fue que no me di cuenta y permití que este hombre pasara por encima de mi y hasta de mi hijo como lo hizo. Desde que mi hijo nació, Andrés nunca volvió a llegar temprano a la casa para pasar tiempo con el bebé y conmigo. Llegaba tarde y muchas veces quería llegar a tener relaciones sexuales después de que llevábamos días sin hablar, de ni siquiera preguntarme cómo estaba yo viviendo y sintiendo mi maternidad. Me acuerdo que a la primera cita al pediatra me mandó con el chofer porque se quedó viendo un partido en televisión pero peor aun, me acuerdo una noche en un paseo que yo había organizado para que los tres pasáramos tiempo juntos, mi hijo se enfermó y a las 4 am no habíamos dormido nada, este hombre empezó a gritarnos y a maldecir el tener que estar ahí y repetía una y mil veces a gritos que todo era una mierda y que no quería estar ahí, así como el hecho de haber tenido que acostarme con él el día que tomamos la decisión de divorciarnos, después de lo cual me sentí abusada y violada, terminó por decirme una frase que nunca se me va a olvidar: ‘Yo fui papá para que tu no te frustraras’.

 

El trabajo con Manuela ha sido largo y aun falta camino por recorrer. Enfrentar y superar un miedo de tantos años no es fácil sobre todo porque al tener un hijo en común, el contacto con Andrés es frecuente. Cuando conocí a Manuela, era tal el miedo que sentía hacia su ex esposo que cada vez que recibía un mensaje o que debía hablar con él por su hijo o por algún tema relacionado con el divorcio, la reacción física y emocional era inmediata: aumento de las palpitaciones cardiacas, sudoración, sensación de ahogo, tensión muscular -al punto de perder la movilidad en el cuello-, angustia, ansiedad, pérdida del apetito y llanto. “Por qué si ya me separé, si sé que no voy a tener que vivir con él nunca más, por qué sigo sintiendo este pánico que me paraliza?”

 

Poco a poco Manuela ha podido ponerle límites a su ex-esposo: ha vuelto a manifestar su voluntad, a decir ‘no’ sin sentirse culpable, mala persona, ‘consentida y malcriada’. Ha ido recuperando su criterio, su sensación de capacidad, de fortaleza interna, así como la seguridad y la tranquilidad de poder tomar sus propias decisiones sin el miedo a recibir una descalificación o algún comentario hiriente. Todo esto se ha visto reflejado en su manera de vestir, de hablar porque a diferencia de las primeras sesiones, ahora Manuela llega al consultorio caminando con más seguridad, hace contacto visual y dentro de lo que la pandemia lo permite, ha vuelto a verse con sus amigas, decidió empezar a salir a comer o a almorzar para compartir con otras personas, volvió a visitar a sus padres y finalmente pudo asistir en compañía de su hijo, a un viaje con toda su familia.

 

Las peleas, los conflictos y las diferencias en una relación de pareja, así como en  cualquier relación humana, son inevitables. Incluso pueden ser sanas si se dan dentro de un contexto de mutuo respeto y si se permite la diferencia de opinión sin descalificar o calificar lo que el otro piensa, siente o dice. Pero cuando una de las partes es constante o frecuentemente descalificada, incluso agredida verbalmente a través de insultos, ironías, burlas, cuestionamientos y críticas llevando a que esta persona sienta miedo de hablar y manifestarse frente a su pareja, se empieza a construir una relación patológica de maltrato emocional. El miedo es la sensación de base que nos salva la vida porque nos permite huir de aquello que percibimos como peligroso, amenazante. Sin duda existen contextos en los que su exceso puede convertirse en un problema, como es el caso de una fobia. Pero cuando dentro de una relación humana, cualquiera que esta sea y más aun si es una relación de pareja, la sensación de base constante es miedo, miedo al otro, a lo que piense, a lo que diga, a lo que haga, puede ser un miedo que lleva a buscar la supervivencia porque es una señal muy importante para salir de esa relación, para romper con ese vínculo y evitar las difíciles consecuencias que genera un cuadro de maltrato.

 

Finalmente y no menos importante, adjunto un testimonio escrito por una de estas mujeres que fue víctima de maltrato emocional por parte de quien es hoy en día, su ex pareja.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

IG – @breveterapia

www.breveterapia.com

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

 


Testimonio

“Hueles a mierda”

 

Espero ansiosa a que el taxista me entregue las vueltas. Siento mis senos duros, llenos de leche. Me duelen un poco, pero ese dolor es lo de menos. Tan solo quiero que el taxista me entregue las vueltas, para salir corriendo al apartamento. Por fin, ¡Dios!, qué eternidad.  Salgo corriendo, no puedo caminar. Mis piernas quieren correr. Mis entrañas me llevan a recorrer el camino al apartamento lo más pronto y es más pronto si corro.

 

Lo logro. Abro la puerta. Mi ex pareja sostiene a mi hijo. Lo saludo de lejos, porque lo primero es lavarme las manos y cambiarme la ropa. Cuando ya estoy “limpia” para acercarme a ellos, le doy un pico al papá de mi hijo. “Hueles a mierda”, me dice, mientras agarro a mi hijo en brazos. No entiendo lo que dice. Pero esas palabras suenan a ruido, mientras me enfoco en mi hijo. Nuevamente, escucho ese ruido, “hueles a mierda”. Ya tengo a mi hijo en brazos, le estoy dando teta. Entonces, me pongo a pensar si será que pisé mierda o tengo chucha y esa es la razón por la cual el padre de mi hijo insiste en que “huelo a mierda”.

 

Lo miro, para saber si en su cara puedo encontrar más información sobre mi “olor a mierda”. Con mi mirada, se abre la puerta para que continúe, entonces dice:  “seguro estuviste tirando con alguien en el baño del trabajo”. Sigo sin comprender lo que dice. Y acá no voy a defender ni a probar la fidelidad que le guardé a ese hombre, el que me destruyó sin un solo golpe. Fui fiel por principios, porque así soy, casi como un perro fiel.

 

El amor a mi hijo y mis ganas de estar cerca de esa criatura gestada en mi cuerpo me ayudaron en ese momento a volver a ese “nosotros”. Le sonreí a mi expareja y procuré dejar el asunto. Eso fue en marzo de 2019, entre el 5 y 8 de marzo. Lo recuerdo, porque era la primera semana de trabajo, después de haber estado en licencia de maternidad.

 

Lo más duro del maltrato psicológico que viví es que pensaba que esos episodios cotidianos podían ser ignorados. Creí que podía dejarlos pasar y con eso bastaba. Y no. Acá estoy un año después de separarme de él. Todavía hay momentos en los que se me vienen a la cabeza esas frases, las que seguramente se guardaron en mi subconsciente como una forma de sobrevivir y que han ido saliendo poco a poco, como la única manera de continuar con mi vida.

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