¿Cuál es el sentido de la vida?

Julia[1] ha logrado todo desde el punto de vista del éxito como se entiende hoy en día. Profesionalmente tiene una carrera brillante, lo cual le ha permitido ahorrar y tener una solvencia económica para viajar, comprar ropa, tener un carro de lujo, incluso, para no tener que trabajar y cumplir con horarios tan extensos porque tiene suficiente dinero. En lo personal, ‘cumplió con casarse’ y tener una hija y aunque se divorció, su estado civil ya no es soltera sino divorciada, estatus que da más prestigio y evita el rótulo de solterona o fracasada. Físicamente es una mujer muy activa, hace deporte a diario por lo que  se ve y se siente muy bien con su cuerpo. Y a pesar de la pandemia, pudo comprar un apartamento en el que actualmente vive con su hija, quien además va a al colegio que tanto ella como su ex esposo querían y habían escogido para ella. Por todo lo anterior, se asumiría que Julia tiene todo para ser feliz. Sin embargo, lo que vive y lo que siente es todo lo contrario y esto fue lo que la llevó a buscar ayuda.

 

“No quiero sonar desagradecida con la Vida porque sé que lo tengo todo, todo y más! Pero me siento vacía, siento que hago y hago cosas, que he cumplido con todo lo que desde el colegio me decían que me iba a hacer feliz y si bien soy consciente de todo lo que he logrado, no me siento feliz. No le encuentro un sentido a la vida”.

 

Julia no es la única persona que en medio de la pandemia y de todos los cambios que esta ha conllevado, ha comenzado a cuestionarse por cuál es realmente el sentido de la vida. Como ella, hay muchas personas que después de haber vivido durante años cumpliendo con todo lo que socialmente dicen que no sólo le da sentido a la vida sino que además es lo que conlleva la felicidad, carga consigo una sensación de insatisfacción y desasosiego constante que a pesar de todos sus esfuerzos por llenar ese vacío, no sólo no se llena sino que pareciera que cada vez es más grande. “El día que compré el carro de mis sueños, me monté y me puse a llorar. Es un carrazo, si, pero siempre pensé que el día que lo pudiera comprar iba a sentir una felicidad absoluta y no sólo no fue así sino que además me sentí aun más vacía que antes”.

 

Muchas personas creen que la pandemia nos cambió como seres humanos, que ahora vamos a ser más conscientes y a empezar a cuestionarnos sobre lo que realmente es importante en la vida, sobre el sentido de una encarnación. Sin embargo, viendo en retrospectiva lo que ha ocurrido en el mundo a partir del momento en el que los diferentes países volvieron a ‘abrir’ tanto sus comercios como los almacenes, bares, restaurantes, discotecas, etc., personalmente no he visto mayores cambios en la humanidad. Al contrario, seguimos viviendo en la misma inconciencia, buscando satisfacer a toda costa el placer de los sentidos a través de cosas como el consumo de sustancias, la comida sin conciencia, la matanza de animales por el placer de cazarlos, la falta de conciencia frente a la cantidad de basura que generamos para el planeta, el consumo y el gasto desmedido de dinero en viajes, ropa de marca, zapatos, carros de alta gama, aviones, viajes al espacio y otra cantidad de cosas innecesarias que lo único que hacen es distraernos de la pregunta tan profunda que se planteó Julia y que varios pacientes han llegado a compartirme en los últimos meses: ¿Cuál es realmente el sentido de la vida? ¿Por qué si he cumplido con todo lo que en teoría iba a hacerme feliz, no sólo no siento esa felicidad sino que siento un vacío cada vez mayor?

 

Julia empezó a hacerse estas preguntas después de un fin de semana que pasó sola encerrada en su apartamento. Su hija estaba con el padre y a raíz de la pandemia, no podía salir a distraerse y a evadirse de si misma como normalmente hace cualquier persona que siente miedo de quedarse a solas consigo misma justamente porque es un ‘ejercicio’ que nunca hace. De manera que empezó el viernes a planear todo el fin de semana para evitar quedarse sola: levantarse temprano, salir a hacer deporte, ir al mercado, llegar a bañarse, almorzar, irse de compras en la tarde, llegar a ver una película y dormirse. Domingo, salir a trotar con unas amigas, desayunar después del ejercicio, permanecer la mayor cantidad de tiempo posible en el restaurante, devolverse caminando a la casa para “quemar tiempo” –como ella misma lo definió-, bañarse, dormir y así llegar al lunes sin haberse tenido que dar cuenta de lo sola y ansiosa que se sentía. “Uno hace planes y Dios se ríe”, me dijo Julia. El sábado no se levantó temprano porque se desveló el viernes en la noche por lo que no hizo deporte. Como consecuencia, se quedó en la casa en pijama hasta casi las 4pm sintiéndose “miserable, sola, fracasada”. En medio de una ansiedad y un llanto inconsolable, se paró a bañarse y logró salir a comprar algo de comer. Pero a las 6pm estaba de regreso en su casa, sola, viendo Instagram y comparándose con todas las fotos de las personas que estaban publicando los mil planes en los que estaban, mientras ella, a sus 36 años, estaba sola y sintiéndose miserable en su casa viendo pasar las horas y sin saber qué hacer con ella misma.

 

Fue en medio de esa crisis en la que finalmente empezaron a surgir las preguntas: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Para qué todo esto que tengo si no soy feliz? Hoy, varios meses después de esa crisis y de esas preguntas que aun no ha podido responder del todo, lo que sí ha podido responderse es que si bien no está mal trabajar y tener metas de alcanzar más cosas a nivel material o laboral, el problema está en que eso se convierta en el único propósito o sentido de vida de una persona. Ve con claridad que por dejarse llevar por lo que socialmente se ha definido como el éxito y la felicidad, se pierda de vista lo que realmente es importante en la vida de cualquier persona: descubrir y encontrar para qué estamos en el planeta, para qué encarnamos en el cuerpo que tenemos, en la familia y en las circunstancias que cada persona nace. Y para poder llegar siquiera a esbozarse esa pregunta, a pensarla, el primer paso es ser capaces de desconectarnos del mundo externo material que constantemente nos hala a que lo sigamos consumiendo a través de las redes sociales, el uso excesivo de cualquier pantalla, de las constantes salidas, del consumo de sustancias, de comida, en resumen, del consumo material que abre un vacío interno cada vez más grande generando la ilusión de que con lo siguiente que compremos, que veamos, que podamos adquirir, lo vamos a llenar. Es así como todos caemos en la trampa por la que pensamos que el sentido de la vida lo encontraremos afuera y no adentro siendo esa creencia la que constantemente estamos alimentando, aun después de atravesar por una pandemia tan severa como el COVID.

 

El sentido de la vida no lo da nada de lo que vemos hacia fuera, sino todo lo que podamos empezar a construir, indagar y conocer en nuestro propio interior. En palabras de mi Maestra, la Madre Mataji Shaktiananda, “no hay nada más misterioso que aquello que desconocemos de nosotros mismos”. Y me atrevo a agregar que sólo podremos descubrir todo eso que mora en nuestro interior en la mediad que empecemos a generar espacios para conocer lo que contenemos en cada uno de nosotros.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

@breveterapia

 

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

Yo fui papá para que tu no te frustraras

“El maltrato va configurando cambios en la personalidad de quien lo sufre, tales como inseguridad y baja o nula autoestima, percepción de impotencia para manejar el entorno, culpabilidad, sensación de fracaso vital, sentimientos ambivalentes, se subestima la gravedad del maltrato incluso justificándolo, se adopta la visión de la realidad de quien agrede, no se es consciente en muchos casos de ser víctima de maltrato psicológico. Esto es más frecuente de lo que se cree: hay grandes dosis de violencia normalizada en las relaciones, y especialmente en las de pareja” (Carmona, O. 2017. Tomado de https://elpais.com/elpais/2017/03/30/mamas_papas/1490879725_914376.html)”.

 

Manuela conoció a Andrés[1] por amigos en común. Fueron novios durante varios años después de los cuales, tomaron la decisión de casarse. Inicialmente, Manuela pensó que era la mejor decisión porque Andrés cumplía con todas las ‘cualidades’ que ella buscaba en una pareja: era un hombre trabajador, fiel, amoroso, inteligente, sensible, cariñoso, entre otras. Además, Manuela sentía que era una persona con la que podía dialogar, compartir, expresarse sin temor a ser juzgada o descalificada por lo que creía tener una relación de pareja sólida, honesta. Y eso, entre otras razones, la llevó a tomar la decisión de casarse con la persona con quien pensó que iba a pasar el resto de su vida y que iban a formar una familia juntos.

 

Sin embargo, pocos meses después de casarse, estas cualidades que Manuela había visto en Andrés, empezaron a cambiar. “Yo quería salir, ver gente, ver a mis amigos, a mis amigas, salir de paseo los fines de semana, en resumen, tener la vida de personas de 26 años. Y así se lo manifesté varias veces porque quería que construyéramos una vida juntos. Pero la respuesta de Andrés siempre era negativa: me decía que tenía que madurar, que tenía que aceptar que la vida nos había cambiado, pero yo no entendía por qué. Hasta que un día, me acuerdo que era sábado por la mañana y le propuse algún plan; le dije que quería que saliéramos. Nunca se me va a olvidar su reacción: empezó a gritarme, literalmente a gritarme que yo era una inmadura, una niñita malcriada por mis papás y que tenía que dejar de pensar que la vida era como antes. Me repetía mil veces que yo era una malcriada y consentida y finalmente se fue a encerrar a ver televisión. Ese fin de semana pasó los dos días sin hablarme, sin ni siquiera mirarme. De lo que más me acuerdo es de la ansiedad que yo  sentía, no pude dormir en dos días, trataba de hablarle pero el rechazo era brutal. Desde ahí comencé a sentir miedo”.

 

Manuela empezó a renunciar a muchas de las cosas que para ella eran importantes: dejó de asistir a reuniones sociales, de ver a sus amigas, no volvió a salir los fines de semana ni tampoco a invitar amigos a su casa porque a Andrés le aburría tener que ‘atender’ a otras personas y además cada vez que organizaban alguna cosa en la casa, siendo Manuela la que se encargaba de comprar la comida, organizar la casa, etc., al final de la reunión él siempre tenía un comentario descalificador porque consideraba que ella gastaba demasiado dinero en cosas que no valían la pena. Una vez más, la tildaba de ‘malcriada y consentida’ argumentando que ella no tenía una proporción del dinero y que ellos no eran millonarios para estar gastando plata en invitaciones a otras personas. Por todo lo anterior, Manuela no sólo se fue alejando y retrayendo de sus amigos y familiares, sino que además lo hizo también de Andrés. Dejó de compartir con él lo que le ocurría en el trabajo, dejó de hablar de su cotidianidad, de sus amigas y en general no volvió a comentarle nada de lo que pensaba o sentía frente a las diferentes situaciones que se le presentaban en su vida ya que en varias oportunidades después de hacerlo, él acababa por decirle que era culpa suya lo que le ocurría tanto en su trabajo, como en sus relaciones como en cualquier otra situación difícil que estuviera enfrentando. Como consecuencia, ella empezó a dudar de su criterio, de sus capacidades, de su inteligencia y también empezó a sentir una profunda vergüenza de la persona que era y hasta de su familia. “No volvimos a salir de vacaciones con mi familia a pesar de que era una tradición desde antes de casarnos. Mis papás siempre nos invitaban a mis hermanos y a mi con nuestros respectivos a algún lugar especial para estar en familia. Pero eran tales las peleas, los enfrentamientos que tenía con Andrés cada vez que salíamos, que llegué a inventarme mil excusas para no volver a las vacaciones con mi familia. Andrés me decía que todos éramos unos malcriados, que mi mamá era una metida y mi papá un idiota útil y que ni se me ocurriera pensar que yo iba a tener la vida que había tenido con mis papás porque él jamás me iba a dar gusto en todo, como lo hacía mi papá con mi mamá. Y así, así era todas las veces que salíamos de vacaciones con mi familia. Por eso decidí no volver”.

 

Las personas víctimas de maltrato psicológico y emocional se van acostumbrando a vivir bajo el miedo, la culpa y la vergüenza: miedo a hablar, a dar su opinión, a manifestar lo que piensan y sienten; vergüenza de ser quienes son y culpa porque todo lo ‘malo’ que ocurre a su alrededor, es  causado por ellas, por su manera de ser, de actuar y de pensar. En pocas palabras, por lo que la persona es. Por todo esto, la víctima de maltrato se aísla casi por completo de su círculo de amigos y de su familia lo que lleva a que el maltratador tenga cada vez más poder sobre ella hasta llegar a construir un vínculo relacional enfermo del que la víctima, sin importar cuántos intentos haga, queda atrapada en esa cárcel que en este caso, Andrés construyó para Manuela.

 

Dentro de este contexto, Manuela tuvo un hijo.

“No me arrepiento de ser mamá y trato de pensar que hoy en día tengo lo más hermoso y lo más importante de mi vida: mi hijo. Pero tengo momentos en que no me perdono no haberme ido, en que no puedo entender cómo fue que no me di cuenta y permití que este hombre pasara por encima de mi y hasta de mi hijo como lo hizo. Desde que mi hijo nació, Andrés nunca volvió a llegar temprano a la casa para pasar tiempo con el bebé y conmigo. Llegaba tarde y muchas veces quería llegar a tener relaciones sexuales después de que llevábamos días sin hablar, de ni siquiera preguntarme cómo estaba yo viviendo y sintiendo mi maternidad. Me acuerdo que a la primera cita al pediatra me mandó con el chofer porque se quedó viendo un partido en televisión pero peor aun, me acuerdo una noche en un paseo que yo había organizado para que los tres pasáramos tiempo juntos, mi hijo se enfermó y a las 4 am no habíamos dormido nada, este hombre empezó a gritarnos y a maldecir el tener que estar ahí y repetía una y mil veces a gritos que todo era una mierda y que no quería estar ahí, así como el hecho de haber tenido que acostarme con él el día que tomamos la decisión de divorciarnos, después de lo cual me sentí abusada y violada, terminó por decirme una frase que nunca se me va a olvidar: ‘Yo fui papá para que tu no te frustraras’.

 

El trabajo con Manuela ha sido largo y aun falta camino por recorrer. Enfrentar y superar un miedo de tantos años no es fácil sobre todo porque al tener un hijo en común, el contacto con Andrés es frecuente. Cuando conocí a Manuela, era tal el miedo que sentía hacia su ex esposo que cada vez que recibía un mensaje o que debía hablar con él por su hijo o por algún tema relacionado con el divorcio, la reacción física y emocional era inmediata: aumento de las palpitaciones cardiacas, sudoración, sensación de ahogo, tensión muscular -al punto de perder la movilidad en el cuello-, angustia, ansiedad, pérdida del apetito y llanto. “Por qué si ya me separé, si sé que no voy a tener que vivir con él nunca más, por qué sigo sintiendo este pánico que me paraliza?”

 

Poco a poco Manuela ha podido ponerle límites a su ex-esposo: ha vuelto a manifestar su voluntad, a decir ‘no’ sin sentirse culpable, mala persona, ‘consentida y malcriada’. Ha ido recuperando su criterio, su sensación de capacidad, de fortaleza interna, así como la seguridad y la tranquilidad de poder tomar sus propias decisiones sin el miedo a recibir una descalificación o algún comentario hiriente. Todo esto se ha visto reflejado en su manera de vestir, de hablar porque a diferencia de las primeras sesiones, ahora Manuela llega al consultorio caminando con más seguridad, hace contacto visual y dentro de lo que la pandemia lo permite, ha vuelto a verse con sus amigas, decidió empezar a salir a comer o a almorzar para compartir con otras personas, volvió a visitar a sus padres y finalmente pudo asistir en compañía de su hijo, a un viaje con toda su familia.

 

Las peleas, los conflictos y las diferencias en una relación de pareja, así como en  cualquier relación humana, son inevitables. Incluso pueden ser sanas si se dan dentro de un contexto de mutuo respeto y si se permite la diferencia de opinión sin descalificar o calificar lo que el otro piensa, siente o dice. Pero cuando una de las partes es constante o frecuentemente descalificada, incluso agredida verbalmente a través de insultos, ironías, burlas, cuestionamientos y críticas llevando a que esta persona sienta miedo de hablar y manifestarse frente a su pareja, se empieza a construir una relación patológica de maltrato emocional. El miedo es la sensación de base que nos salva la vida porque nos permite huir de aquello que percibimos como peligroso, amenazante. Sin duda existen contextos en los que su exceso puede convertirse en un problema, como es el caso de una fobia. Pero cuando dentro de una relación humana, cualquiera que esta sea y más aun si es una relación de pareja, la sensación de base constante es miedo, miedo al otro, a lo que piense, a lo que diga, a lo que haga, puede ser un miedo que lleva a buscar la supervivencia porque es una señal muy importante para salir de esa relación, para romper con ese vínculo y evitar las difíciles consecuencias que genera un cuadro de maltrato.

 

Finalmente y no menos importante, adjunto un testimonio escrito por una de estas mujeres que fue víctima de maltrato emocional por parte de quien es hoy en día, su ex pareja.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

IG – @breveterapia

www.breveterapia.com

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

 


Testimonio

“Hueles a mierda”

 

Espero ansiosa a que el taxista me entregue las vueltas. Siento mis senos duros, llenos de leche. Me duelen un poco, pero ese dolor es lo de menos. Tan solo quiero que el taxista me entregue las vueltas, para salir corriendo al apartamento. Por fin, ¡Dios!, qué eternidad.  Salgo corriendo, no puedo caminar. Mis piernas quieren correr. Mis entrañas me llevan a recorrer el camino al apartamento lo más pronto y es más pronto si corro.

 

Lo logro. Abro la puerta. Mi ex pareja sostiene a mi hijo. Lo saludo de lejos, porque lo primero es lavarme las manos y cambiarme la ropa. Cuando ya estoy “limpia” para acercarme a ellos, le doy un pico al papá de mi hijo. “Hueles a mierda”, me dice, mientras agarro a mi hijo en brazos. No entiendo lo que dice. Pero esas palabras suenan a ruido, mientras me enfoco en mi hijo. Nuevamente, escucho ese ruido, “hueles a mierda”. Ya tengo a mi hijo en brazos, le estoy dando teta. Entonces, me pongo a pensar si será que pisé mierda o tengo chucha y esa es la razón por la cual el padre de mi hijo insiste en que “huelo a mierda”.

 

Lo miro, para saber si en su cara puedo encontrar más información sobre mi “olor a mierda”. Con mi mirada, se abre la puerta para que continúe, entonces dice:  “seguro estuviste tirando con alguien en el baño del trabajo”. Sigo sin comprender lo que dice. Y acá no voy a defender ni a probar la fidelidad que le guardé a ese hombre, el que me destruyó sin un solo golpe. Fui fiel por principios, porque así soy, casi como un perro fiel.

 

El amor a mi hijo y mis ganas de estar cerca de esa criatura gestada en mi cuerpo me ayudaron en ese momento a volver a ese “nosotros”. Le sonreí a mi expareja y procuré dejar el asunto. Eso fue en marzo de 2019, entre el 5 y 8 de marzo. Lo recuerdo, porque era la primera semana de trabajo, después de haber estado en licencia de maternidad.

 

Lo más duro del maltrato psicológico que viví es que pensaba que esos episodios cotidianos podían ser ignorados. Creí que podía dejarlos pasar y con eso bastaba. Y no. Acá estoy un año después de separarme de él. Todavía hay momentos en los que se me vienen a la cabeza esas frases, las que seguramente se guardaron en mi subconsciente como una forma de sobrevivir y que han ido saliendo poco a poco, como la única manera de continuar con mi vida.

Despertar en Conciencia

“No hay nada más misterioso

que aquello que desconocemos

de nosotros mismos”.

Mataji Shaktiananda.

 

 

Daniel[1] llegó a consulta por una crisis de ansiedad y pánico que, como él mismo la definió, “se me salió de las manos”. Desde antes de presentar la crisis, reconoce que tenía momentos de ansiedad, de una profunda incomodidad consigo mismo que buscaba evitar a toda costa a través del consumo de alcohol y marihuana, teniendo relaciones sexuales sin responsabilidad y siéndole infiel a su pareja, saliendo con los amigos a fiestas de viernes a lunes sin recordar qué hacía ni dónde estaba cada día: “Ahora que lo pienso, era tan fuerte la ansiedad que empataba una fiesta con otra para no tener que pensar. Para vivir en la absoluta inconsciencia”. Y como ocurre con cualquier cosa que evitamos por miedo, no sólo no se resuelve, sino que además aumenta y empeora hasta que llegamos a construir una crisis, que en el caso de Daniel, llegó al punto de pensar en el suicidio.

 

Hasta hoy, el proceso de Daniel ha sido difícil, duro, porque la ansiedad aun aparece. Y aparece sin avisar, simplemente llega de un momento a otro sin que él pueda identificar alguna señal que le ayude a prepararse para saber cómo enfrentarla. De manera que su primera sensación nuevamente es ‘salir corriendo’ a refugiarse en alguna Sustancia Psico Activa, en el sexo desenfrenado o simplemente en salir de su casa buscando distraerse y que desaparezca ese hueco en la boca del estómago que en ocasiones le dificulta respirar. Y es en ese momento que no sólo siente que le podría dar un ataque de pánico, sino que su sensación más honda es que quiere morirse.

 

La diferencia entre lo que le ocurre ahora y lo que le ocurría hace unos meses es que, aunque aun le cuesta un enorme trabajo “aguantarse” la ansiedad y no huir de ella, ha empezado a enfrentarla y con esto, a enfrentarse a si mismo. Y como nos pasa a todos, des-cubrir y destapar la oscuridad que tenemos dentro es un trabajo que asusta porque duele. Por lo mismo, la tendencia es a huir de nosotros mismos. Además, el mundo externo no es el que fomenta ni nos lleva a mirar hacia adentro y a escarbar, sino todo lo contrario porque a quien se admira y venera es justamente a ese “primer Daniel”, como él mismo se llama a si mismo. A esa persona que sale, que siempre tiene fotos e historias para montar en todas las redes sociales, ese de quien hablan las mujeres porque “es un buen polvo” y de quien hablan los hombres porque con todas se acuesta; ese que tiene el ‘aguante’ para irse de fiesta fines de semana e incluso semanas enteras logrando llegar a trabajar todos los lunes para producir enormes cantidades de dinero y poderse dar la vida “que todo el mundo sueña”. Entonces cómo esa persona va a ‘atreverse’ a DES-cubrir toda la oscuridad que contiene para enfrentarla y finalmente empezar a sanarla?

 

A continuación transcribo lo que llevó Daniel a la última consulta. Lo escribió mientras atravesaba una crisis de ansiedad que si bien recuerda como uno de los momentos más difíciles de su vida, no deja de ver que fue gracias a esta crisis que finalmente empezó a entender lo que él mismo denominó, ‘despertar en conciencia’. Es decir, ser capaz de enfrentar su propia oscuridad hasta poder sacarla a la luz y así, irla disipando.

 

Entiendo el alcohol y las borracheras.

Entiendo la infidelidad.

Entiendo el suicidio.

Entiendo lo duro del camino espiritual profundo y por lo mismo, entiendo que tan poca gente lo asuma de manera consciente porque sin duda es más fácil, sobre todo cuando se está como estoy en este momento, correr a consumir algo, a perder la conciencia justamente para no tener nunca que despertar en ella.

Siento que no voy a ser capaz de salir de aquí y quisiera detenerme, dejar este sufrimiento y este infierno para ir a meterme alguna cosa. Pero quiero ser capaz de aguantar porque tantas veces he hecho lo mismo y tantas veces he fracasado que tal vez esta es la oportunidad que estaba esperando para conocerme y finalmente reconocer lo que verdaderamente tengo adentro.

Llevo horas combatiendo esta ansiedad, tratando de seguir con mi vida como si no la sintiera, pero no se va. Aquí está, pegada a mi y por más de que intento quitarla, ella persiste. Así que empiezo a entender que soy yo el que tiene que persistir con más fuerza para vencerla y salir de este abismo. Aun mientras escribo, siento esta sensación insoportable de querer arrancarme la piel; me está costando trabajo respirar, empiezo a sentir que el corazón se acelera y que puedo llegar al pánico. Y no quiero, pero tengo que aguantar. Lo hemos hablado con Ximena: la única manera de salir del miedo es enfrentarlo, pero nunca pensé que fuera a ser tan difícil. Esto no se quita, no pasa, escribo y escribo y no sólo sigue sino que además siento que es aun peor.

Entiendo el pensamiento que lleva a una persona a, en un determinado momento, tomar la decisión de quitarse la vida. Y lo entiendo porque ese pensamiento se me ha atravesado varias veces, porque al no lograr quitarme esta sensación que no me deja vivir en paz, quisiera poder desconectar mi cabeza para siempre. Pero una vez más, recuerdo que esto tampoco me estaría solucionando nada así que intento aguantar. Me agoto, me agoto.

Es en este instante podría llamar a alguna de las niñitas de turno, invitarla con algún cuento y llevármela para un hotel o incluso que llegue a mi casa para comérmela y listo. Eso me calmaría la ansiedad del momento, pero de fondo no resolvería nada.

Ahora entiendo lo difícil que es despertar en Conciencia, dejar de estar dormido en este mundo capitalista materialista para entrar en lo más profundo de mi y así empezar a tener una Conciencia que muy poca gente tiene. Despertar en conciencia tiene unas consecuencias y unas implicaciones de responsabilidad que a veces dan miedo porque es más fácil culpar a un Dios externo de todo lo que nos ocurre en vez de comprender y aceptar que nosotros somos los que creamos todo lo que tarde o temprano, vamos viviendo. Es justamente lo que ahora tengo que enfrentar: que esto que vivo, esta ansiedad que siento, este desasosiego que no me deja descansar, es producto de mis acciones, de mis decisiones y por lo mismo, soy el único responsable. Luego si hasta este momento el único responsable de lo que estoy viviendo soy yo, también soy yo el único que puedo salir de este hueco.

Empiezo a sentir algo de alivio, por fin. La ansiedad en algo va cediendo, va pasando, voy siendo capaz de vencerla para no ahogarme en ella. Algo está funcionando, creo que algo de fondo realmente va cambiando…y finalmente el alivio que voy sintiendo es producto de mi esfuerzo consciente y no de una evación inconsciente. Algo empieza, aunque muy en el fondo, a sentirse bien.

 

“Iluminarse es fácil…cuando eres capaz de aclarar toda tu oscuridad”, dice Mataji Shaktiananda, un gurú iluminado que logró despertar en Conciencia a fuerza de hacer el único trabajo realmente importante: el trabajo en uno mismo. Y eso lo hemos empezado a hablar y a explorar con Daniel a raíz del episodio que tuvo que atravesar y que por primera vez decidió hacerlo desde la conciencia y no desde la inconsciencia.

 

Gracias a ese primer paso consciente, Daniel ha ido perdiendo el miedo a estar solo y poco a poco ha construido espacios para quedarse en su casa sin compañía: sin celular ni televisión ni radio, sin amigos, ni novias, amantes o sustancias que le llenen el vacío que él mismo ha creado a fuerza de evadirse.  La ansiedad vuelve, de hecho, siempre está latente. Pero en la medida que él ha ido enfrentándola y usando la escritura como ‘arma’ para su propio auto conocimiento, también ha ido logrando liberarse de la creencia que durante tantos años construyó según la cual la única manera de sentirse tranquilo y en paz consigo mismo era estando distraído.

 

El proceso ha sido y sigue siendo duro, como lo es para cualquier persona que en algún momento decide alejarse por momentos del “ruido del mundo” para encontrarse en un silencio desconocido, en una incertidumbre de no saber qué va a salir de nuestra más profunda oscuridad. Pero como bien dice este Gurú, “no hay nada más misterioso que aquello que desconocemos de nosotros mismos” y la única manera de empezar a DES-cubrirlo es a través de un conocimiento profundo que sólo se da en el contacto de cada persona consigo misma. De una desconexión con lo externo para finalmente empezar a conectar con el lugar donde están todas las respuestas: la conexión propia e interna.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

Instagram: @breveterapia

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

“Al fin me cansé”

“Es sorprendente cómo un estereotipo funciona como una trampa”
Michelle Obama.

 

“El día que monte a mi tercer hijo en el bus del colegio para su último día de clases, me di cuenta que me quería separar”.Así empezó la primera cita de Elena[1]quien después de haber pasado por un proceso de terapia de pareja en el que el esposo había intentado por todos los medios de luchar por la relación, ella no había logrado “montarse al bus” nuevamente. Era consciente de los esfuerzos de Germán[2], los podía ver, reconocer y agradecer. Pero para ella, era muy tarde: muy tarde para reconocer que si bien él siempre había trabajado para mantener a su familia, siempre había sido fiel y nunca había agredido a Elena físicamente, había sido ella la que durante muchísimos años se había hecho cargo de sus hijos en todo sentido. Tanto a nivel práctico (p.ej. las idas al pediatra, las levantadas temprano para atenderlos desde que nacieron, el cambio de pañales, el acostarlos a dormir desde que nacieron), como a nivel emocional. Siempre fue ella la que estuvo ahí cuando necesitaron hablar con alguien, cuando estaban tristes, cuando se caían y se golpeaban, cuando se desilusionaban de los amigos, de las novias o novios, etc.

“Y lo más grave de todo esto es que siento que soy tanto o más responsable que él porque este bendito machismo colombiano que es tan sutil en la forma, pero tan arraigado y profundo de fondo, es lo que me llevó a asumir todo sin pedirle ayuda. Él estaba trabajando, entonces ¿cómo iba a pedirle que después de llegar de la oficina o antes de salir a trabajar me ayudara? Como si ser madre no fuera el trabajo más exigente y demandante del planeta. Pero claro, como no es pago, no cuenta”.

Los dos habían decidido ser padres años atrás aunque no sabían cuantos hijos querían tener. El primero, como siempre decía Elena, fue muy duro. Pero eventualmente a ella se le olvidó todo lo que había vivido y decidió tener el segundo hijo. El tercero no fue planeado, Elena quedó embarazada tomando anticonceptivos cosa que Germán resintió mucho durante los primeros años de vida de ese hijo. Quizá por esta misma razón, se alejó de su esposa y de sus tres hijos y aunque nunca lo dijo explícitamente, para Elena eso fue muy evidente:

“Se iba temprano en la mañana porque tenía reuniones de trabajo y yo me quedaba sola a cargo de mis tres hijos. Llegaba cuando ya se habían dormido, los fines de semana se iba al club a hacer deporte porque estaba muy estresado y después se tenía que quedar en el turco porque le dolía el cuerpo. Así pasó el primer año de vida de mí tercer hijo y aunque al comienzo para mí fue un infierno, poco a poco aprendí a vivir y a hacerme cargo de mis hijos sin necesitar a Germán, sin necesitarlo para nada. Volví a trabajar freelance y aun con trabajo formal, seguí estando presente para mis hijos, inventándome planes los fines de semana, llevándolos a hacer deporte, a planes con sus amigos, en resumen, hice mi vida sin mi esposo porque algún día me di cuenta que si quería volver a sonreír y a sentirme plena, tenía que hacer la vida con mis tres hijos. Y así lo asumí”.

En la naturaleza no hay espacios vacíos, le dije a Elena. Por lo mismo, si quitas algo de un espacio, tarde o temprano ese espacio se vuelve a llenar con otra cosa. Eso fue lo que le pasó a ella cuando el espacio que había ocupado Germán como un padre involucrado y presente en la vida de sus dos primeros hijos, quedo vacío al nacer su tercer hijo. Como consecuencia de eso, poco a poco Elena fue asumiendo casi todas las responsabilidades que implica tener un hijo y empezó a distanciarse de su esposo. Y sin tener una mala relación, dejaron de compartir la cotidianidad: ella dejó de contarle sus cosas y a su vez, dejó de interesarse por las de él. Por lo mismo, cada vez tenían menos cosas en común hasta el punto que cuando Germán “volvió” a estar presente, Elena se sentía fuerte, independiente e incluso más tranquila de estar sin él porque ya sabía como manejar a sus hijos sola. Tal vez por eso, como ella misma decía:“El día que monté al tercero de mis hijos al bus para irse a su último día de clases”, se dio cuenta que Germán era una maravillosa persona, un buen padre, pero ella ya no quería seguir con él.

Elena ha estado trabajando la rabia que siente contra él y contra ella misma por no haberle pedido más ayuda, por haber asumido todo como la “mujer maravilla” en vez de confrontar a su esposo en ese momento para pedirle que estuviera más presente. Con el paso de algunas sesiones, ha empezado a darse cuenta que sin haber sido consciente de su propio machismo años atrás, desde que quedó embarazada de su tercer hijo, además de cargar a ese bebé, empezó a cargar una culpa que sintió durante muchos años. Y fue en parte, por esa culpa, que empezó a asumir todas las responsabilidades de sus hijos sin pedirle ayuda a su esposo porque además, era él el que “traía el pan a la casa”, con lo cual ella sentía que lo mínimo que debía hacer era asumir la crianza de sus tres hijos sin “molestar” a su marido.

Esto la ha llevado a estar muy atenta a la manera como educa tanto a sus hijos hombres como a su hija pues no quiere que ninguno repita ni cargue con el machismo con el que según ella, cargamos en esta sociedad. Les ha mostrado a los tres cómo el trabajo pago, “formal”, es igualmente importante que el trabajo de ser madre o padre porque dependiendo de qué tan bien educamos a nuestros hijos, contribuimos a que en un futuro tengamos profesionales íntegros o no. Porque según ella, el hecho de que los hombres (y las mujeres) tengan la creencia de que tienen derecho a descansar y a no madrugar ni a levantarse en la noche cuando los hijos no duermen porque ellos “si están trabajando” mientras que las mujeres están haciendo “lo que tienen que hacer” -cuidar a los hijos-, es responsabilidad tanto de los hombres como de las mujeres, de las madres, que educan a sus hijos así.

Cambiar la creencia que todos hemos construido y bajo la cual seguimos viviendo aun después de tantos años por la que se asume que  el trabajo pago o “formal” es el que vale y es el importante mientras que la labor y el trabajo de ser madre y padre se ve como algo que ‘deben hacer ‘sobre todo las mujeres y que los hombres hacen como ayuda, sin duda tomará tiempo. Y probablemente no va a cambiar como resultado de una política publica o de una ley. Cambiará como resultado de los cambios sencillos que tanto hombres como mujeres hagan en la cotidianidad. Y uno de ellos, paradójicamente, le corresponde más a las mujeres que a los hombres: dejar de lado el tener que ser la “mujer maravilla” que todo lo puede asumir, que todo lo hace bien, que es perfecta tanto en el trabajo como en el hogar. Como en el caso de Elena, veo muchos casos en consulta y entre mis amistades en los que aún nos falta integrar a los hombres en la labor de la maternidad y paternidad, pedirles de manera cotidiana y CONCRETA que asuman ciertas responsabilidades, que sepan cambiar un pañal, alzar a su hijo y saber calmarlo cuando llora porque algo le duele; que si bien no tienen que hacer las cosas igual a nosotras, la única entretención para un niño no es la televisión, el celular o cualquier otra pantalla. Y que una manera de ser padres es compartiendo tiempo en la cotidianidad de los hijos. Y aun más importante que todo lo anterior, que ninguna de esas cosas sea vista ni por los hombres ni por las mujeres como “una ayuda” de ellos hacia nosotras, sino como el 50% de una responsabilidad que es compartida.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicologa-Psicoterapeuta Estrategica.

www.breveterapia.com

 

[1]Nombre ficticio para proteger la identidad y el proceso de la consultante

[2]Nombre ficticio para proteger la identidad y el proceso de la consultante

Una oportunidad disfrazada de tumor

Sufro más cuando quiero ser perfecta
y no quiero equivocarme en nada, que
cuando acepto que puedo tener un mal día.

 

El primer año de maternidad lo viví en una dualidad constante: por un lado, estaba feliz de ser mamá, de tener a mi hija, agradecida porque era una chiquita sana, porque lo había soñado y estaba cumpliendo ese sueño. Pero al mismo tiempo, sentía una frustración enorme porque la vida me había cambiado y cada día que pasaba, me daba cuenta que el cambio era para siempre. Por primera vez en la vida sentí que tenía una responsabilidad perpetua. Aunque me duele decirlo, sentía un peso y eso me daba rabia con mi hija, conmigo, con la vida, con todo. Por ende, pasaba de un estado de ánimo de alegría y agradecimiento, a otro de ira profunda e inconformidad con la vida y honestamente, eso me amargó bastante el primer año de vida de conLucía.

Lucía cumplió un año mientras estábamos de viaje. Así lo planeamos con mi esposo pues queríamos que ella estuviera cerca del mar para celebrar su primer año de vida. Ese día puntualmente lo celebramos con amigos y familiares al lado de la playa, tal como lo habíamos pensado. Lucía pasó contenta, aunque no es muy amiga del calor, pero fue un día especial. Sin embargo, durante todas las vacaciones yo seguía oscilando entre la felicidad de tenerla y poderla llevar a un lugar paradisíaco donde pasé una gran parte de mis vacaciones desde que nací, pero al mismo tiempo la rabia y la frustración de no poder hacer mi vida como lo había hecho durante 36 años. Pasé muchos momentos de rabia, de sentirme cansada, agobiada con tantas responsabilidades, una vez más, con la sensación de ‘cargar’ con una responsabilidad perpetua que ya en la práctica, no sabía si quería tener. Tuvimos momentos difíciles con mi esposo porque él veía mi malestar y de manera amable intentaba hacérmelo ver. Pero era tal mi rabia –y mi posterior sensación de culpa-, que muchos de esos momentos fueron amargos y difíciles para mi.

Se acabaron las vacaciones y con ellas, mi mal genio. Regresé a trabajar y a terminar de hacerme unos exámenes que tenía pendientes desde que me había ido porque un quiste que tenía en el ovario desde hacía varios años había crecido. Así que estaba pendiente de hacerme una resonancia magnética con medio de contraste y unos exámenes más para definir qué debía hacer con ese quiste. La buena noticia, hasta el momento, era que los medidores tumorales habían salido negativos lo cual era un gran indicio de que no era un cáncer. Sin embargo, por el tamaño y por lo que se veía en las ecografías, lo más probable era que iban a tener que sacarlo.

Me hice todos los exámenes y cuando salieron los resultados, mi ginecóloga (con quien siempre estaré agradecida), me dijo que no le gustaba lo que veía. Que prefería remitirme a una oncóloga para que ella viera los exámenes y definiera el paso a seguir. De la manera más amorosa me dijo que no me afanara por la palabra “oncóloga”, que ella simplemente prefería partir del peor escenario e ir descartando que hacer el proceso inverso y equivocarse. Ese día llegué a mi casa y me ataqué a llorar. Por primera vez en mi vida sentí la vulnerabilidad de una enfermedad, pensé en la posibilidad de tener algo grave y si bien la muerte como tal no me asusta, pensar en ella con una hija de un año me produjo terror.  Aun no sabía nada, pero mi mente ya empezaba a pintarme escenarios difíciles, bastante oscuros, llevándome a sentir ansiedad, preocupación, miedo. Fue duro, muy duro, pero al mismo tiempo, ahí empecé a destapar un regalo: el regalo de la gratitud.

Empecé a ver mi maternidad como la mejor oportunidad de crecimiento personal; vi en Lucía la gran oportunidad que me estaba dando la Vida para trabajar en mi, en mi oscuridad, para crecer como ser humano lo que nunca había crecido antes. Además, empecé a agradecer a diario que la tengo, que es mi hija, que está sana, que puedo alzarla, espicharla, abrazarla y que no dependo de nadie para poderlo hacer. Sumado a esto, por primera vez desde que nació, logré que mi mente estuviera en el momento presente, en el instante, sin dejarla indagar ni preguntar por el futuro. Dejé de planear el día siguiente, la semana, el mes y el año siguiente, con lo cual mucha de mi rabia empezó a desaparecerporque ya no me frustraba tanto cuando me daba cuenta que las cosas no salían como mentalmente las había planeado. Y eso mismo me permitió darme cuenta que una de las mayores lecciones que venía a enseñarme Lucía y que no había sido capaz de aprender es que lo único que tengo en la vida es el instante. Si, una frase que uno sabe, que repite, que incluso se ha prostituido a tal punto que pierde el sentido, pero por primera vez en 36 años la viví como algo absolutamente real.

Este tumor que finalmente tuvieron que sacarme abriéndome de nuevo como lo habían hecho con la cesárea, que gracias al Cielo salió benigno y por lo mismo sólo tuvieron que sacarlo y volver a cerrar, ha sido un enorme regalo que también –siento yo-, me trajo Lucía. Hoy en día veo clarísimo que ella vino a enseñarme y a mostrarme una infinidad de cosas sobre mi misma. Y eso fue lo que ocurrió durante el primer año de su vida cuando no se dormía a la hora que YO planeaba, cuando no hacía las cosas como YO quería, en otras palabras, cuando estaba desafiando a mi ego y a mi excesiva necesidad de control. Pero justamente por lo mismo, por esa necesidad de control y esa rigidez infinita, no logré flexibilizarme y aceptar que mi vida había cambiado. Y que ese cambio lo podía vivir de dos maneras: como el peor infierno o como el mayor regalo. Así que tuvo que llegar un tumor benigno a mostrarme que las cosas sólo iban a empeorar si yo no estaba dispuesta a soltar, ser flexible y aceptar lo que ahora es mi vida con Lucía.

Desde que me operaron, he vuelto a tener algunos momentos de desespero, de rabia, de frustración porque claro, las cosas se salen de mi control. Pero a diferencia de lo que me ocurría hace un mes, hace dos y hace un año, ahora lo veo, soy consciente de lo que me está ocurriendo y de lo que estoy sintiendo y pensando. Así que puedo detenerme, respirar (literalmente), decirle a mi mente que sé que eso es ella buscando que pierda el control y así evitar tener una reacción agresiva con mi esposo, con Abril, con Lucía o simplemente conmigo. Sigue siendo un reto, un reto cotidiano, pero ya no lo veo como una condena sino como la mejor oportunidad y el mejor regalo que me dio la Vida para crecer en Luz.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

 

Yo también soy vulnerable

Como seres humanos que somos, todos somos vulnerables. Nadie tiene la vida perfecta, ni es feliz el 100% del tiempo. Sin embargo, es diferente saberlo a vivirlo. Una cosa es la teoría y otra la práctica. Como me dijo una paciente hace unas semanas: “Reconocer que uno como psicólogo también es vulnerable, es difícil”.

Después de que nació Lucía, pasé cuatro meses encerrada en la casa dedicada a cuidarla y atenderla, queriendo hacer todo por ella porque creía que eso era sinónimo de ser la mejor mamá. Hacia el segundo mes, empecé a sentirme miserable porque mi vida pasaba entre el cuarto de ella y el mío. Basta. Comenzó a aparecer una ansiedad que yo intentaba ignorar pero con el paso de las semanas, se hizo tan evidente que finalmente, al cuarto mes de vida de Lucía, esa ansiedad me hizo reconocer que necesitaba buscar ayuda.

Levantarme era una pesadilla, llegaba el fin de semana y yo literalmente me quería morir porque no quería que hubiera silencio en la casa. Sentir que Elena (la persona que me ayuda con las labores de la casa) estaba por ahí y que podía hablar con ella, me daba una tranquilidad enorme. Pero ella no está los fines de semana y muchas veces mi esposo tenía que ausentarse o simplemente estaba yo tan mal de ánimo, que aun si él estaba en la casa, mi ansiedad era tal que lo único que quería el viernes cuando abría los ojos por la mañana era volverlos a cerrar y abrirlos el lunes. Confieso que le tenía pavor a Lucía: a su llanto, a su incomodidad, a que no durmiera, a no tener suficiente leche materna y ella se desesperara, en fin. Poco a poco he podido ir viendo que en empecé a tenerle miedo a las obligaciones, a las tareas, a las responsabilidades. En resumen, a la vida.

Recuerdo un domingo que la mejor amiga de mi esposo me invitó a tomar algo a su casa. Mi esposo estaba de viaje y a mi me daba pavor salir en el carro con Lucía, a pie, en coche, de cualquier manera. Pero sabía que tenía que armarme de valor y salir, así que me fui para su casa manejando con una ansiedad infernal. Hablando con ella, que es una mujer brillante –tanto emocional como intelectualmente- y amorosa, recuerdo que me dijo: “Xime, créeme que vas a ser mejor mamá si tienes ayuda con la niña, si puedes irte, dejar a Lucía y volver después a estar con ella. Pero tienes que recuperar el tiempo para ti”. Me sentía tan miserable en ese momento que finalmente accedí a buscar a alguien que me pudiera ayudar cuidando a Lucía. Al comienzo fue difícil, me daba susto dejarla, y más en manos de alguien a quien jamás había visto antes. Pero desde que entrevisté a Jenny me pareció una mujer increíble, me gustó su energía y a Elena, que para mi hoy en día es más importante que nunca, también le generó una buena sensación. Así que empezó a ir a mi casa y poco a poco fui sintiendo que después de casi 5 meses, finalmente tenía algo de tiempo para mi. Podía lavarme los dientes, bañarme e incluso comer algo tranquila.

Sin embargo, a pesar de la llegada de Jenny, mi ansiedad no disminuía y el pánico al fin de semana era cada vez peor. Le cogí odio al silencio, a tener que estar en mi casa, por lo que un tiempo antes de la llegada de Jenny, empecé a salir los fines de semana con Lucía en el cargador y Abril con su correa. Nos íbamos las tres a jugar frisbee mientras yo trataba de cerrar el hueco que tenía en el estómago. Pero hacer ese tipo de cosas me ayudaba a sentirme un poco más tranquila, sobre todo, más capaz de enfrentar la cotidianidad. Hoy en día lo pienso y parece algo tan sencillo, tan obvio, casi insignificante; pero en ese momento poder salir con ambas durante media o una hora, para mi era un logro enorme. Cada vez que volvía de la calle, sentía que había escalado el Everest y así bauticé esas pequeñas experiencias en las que lograba avanzar en el manejo de mi ansiedad y mi sensación de incapacidad y vulnerabilidad: escalé el Everest. Esto me ayudaba, pero la ansiedad no sólo no desaparecía sino que incluso a veces aumentaba.

“Todo en la vida pasa por algo”, es una frase que también he repetido mucho teóricamente pero pocas veces había comprendido su significado literal. Alguno de esos días de profunda ansiedad, mi mamá me contó que mi psicóloga (amiga y colega de ella), estaba atendiendo algunos pacientes por Skype (ella se retiró en diciembre de 2018 y se fue a vivir fuera de Bogotá). Sentí un alivio enorme de saber que finalmente iba a poder hablar con alguien externo. La busqué y empecé a tener sesiones con ella en las que le podía compartir la tristeza y la ansiedad tan profundas que me acompañaban casi a diario. Me sentía como una niña chiquita que le tiene miedo a todo: a la noche, a quedarse sola, al silencio, en general, a vivir. Y finalmente un día Isa me dijo: “Xime, a mi me parece que tu estás deprimida”. Uff! Fue duro oírlo pero al mismo tiempo, me generó un profundo alivio. Después de hablarlo con ella, se lo comenté a mi médica y todas estuvimos de acuerdo. Así que la médica y al estar todas de acuerdo, me medicaron con unas pastillas naturales pues la médica quería ver cómo reaccionaba a estas y con base en eso, decidir si debía darme algo más fuerte o si era suficiente.

Desde entonces, empecé a vivir una cadena de cambios impresionante. Por un lado, sentí un cambio de percepción profundo en el sentido que empecé a ver la vida de otro color, o tal vez es mejor decir que empecé a ver la vida de color porque llevaba muchos meses en que todo lo veía negro. Al mismo tiempo, sentí que tener ese diagnóstico, que haberle puesto un nombre a lo que estaba sintiendo, me dio una meta, algo frente a lo cual quería trabajar: salir de la depresión. Y no por tomarme una pastilla sino porque quería aprender a manejar la ansiedad para superarla y volver a construir una vida en la que si bien sé que tengo que vivir con ella porque como todos los seres humanos es justamente la ansiedad la que nos permite sobrevivir y generar cambios (soy un fiel ejemplo de ello), no quería volver a tenerla en esos niveles en los que lo único que sentía eran ganas de morirme. Así que volví a acordarme de esa frase que me dijo la amiga de mi esposo y por lo mismo, programé entrenamientos físicos con mi entrenador, agendé más pacientes, empecé a salir con Lucía en el coche y con Abril amarrada a mi cintura para poderme ir con ellas por toda la ciudad, como lo hice durante tantos años antes del nacimiento de Lucía. Empecé a moverme físicamente, a estar activa, a salir de mi casa para que estar en ella fuera agradable, para que volver fuera algo que me generara placer y no un miedo y una ansiedad que me estaban llevando a odiar mi apartamento.

Como es de esperar, todo este gran malestar afectó mi relación de pareja. Así que después de hablarlo y ser conscientes que también los dos estábamos pasando por una situación difícil, empezamos terapia de pareja.

He llegado a aceptar que todo cambia permanentemente, que el nacimiento de un hijo exige una flexibilidad frente a los cambios que nada antes me lo había planteado. Y aun así, cada vez que siento que estoy encontrando el balance, todo se vuelve a desorganizar: los horarios vuelven a cambiar, Lucía come más o come menos, duerme más o duerme menos, los pacientes aumentan, el tiempo no me alcanza, mi salud física también se vio considerablemente afectada, por lo que he tenido que hacer otros cambios e introducir pausas, en fin.

Un año después del maravilloso día en que nació Lucía, finalmente empiezo a sentir que tengo más momentos de tranquilidad que de ansiedad; que en alguna medida he aprendido a aceptar la ansiedad, a manejarla y poco a poco he ido viviendo en la práctica esa famosa frase del monje Thich Nhat Hahn: this too shall pass – esto también pasará. En muchas dimensiones siento que en este año he crecido a nivel personal y espiritual más de lo que había crecido en 35 años. He vivido altísimos niveles de estrés, ansiedad y miedo gracias a los cuales ahora me siento más vulnerable y por lo mismo, más fuerte, capaz de asumir y enfrentar la vida como la conozco ahora: con una hija que me hizo cuestionarme todo lo que venía construyendo desde hace 36 años, con un esposo maravilloso y paciente con el que seguimos trabajando para continuar creciendo juntos como pareja con todos los cambios que hemos tenido que enfrentar; con una perrita que ha sido mi mayor soporte emocional durante todo este tiempo y con una vida radicalmente diferente de la que conocí durante 36 años. Ahora estoy dispuesta a seguir construyendo y comprobando, una vez más en la práctica y no en la teoría, que literalmente la única constante en la vida es el cambio.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

 

Perfecta

El testimonio de una persona que combatió la anorexia durante 5 años; que vivió con lo que ella misma denomina «la bruja» que no es otra que nuestra mente. Esa mente tan poderosa que es capaz de crear las mejores o peores realidades y en este segundo caso, es capaz de hasta llegar al punto de distorsionar tanto la realidad que una persona puede creer que es mejor morirse, literalmente morirse, antes de estar gorda. Aun cuando la “realidad objetiva” muestra un peso y unos indicadores que muestran el riesgo de muerte en el que está la persona, la mente es capaz de hacerle creer que aun debe perder más y más y más peso porque de lo contrario, jamás se sentirá feliz.

«No olvidar el propósito, por intentar conseguir el resultado: el camino es tu objetivo»: Una lección acerca de Los Retos, Las Frustraciones y El Éxito

Todas las monedas tienen dos caras, nos repetía Nardone con frecuencia. Obvio? Si. Sin embargo en la práctica no es tan obvio. Antonia es la clara muestra de esto porque por un lado es una mujer brillante, muy capaz y muy sensible. Pero por otro, esa sensibilidad en ocasiones le juega en contra generándole un profundo sufrimiento.
En este artículo Antonia logra plasmar las dos caras de su moneda: por un lado, su inteligencia racional, su determinación mental, su inteligencia. Y por otro, esa sensibilidad que le permite reconocerse a sí misma como una persona vulnerable y enfrentarse con sus mayores miedos siendo capaz de superarlos.
Gracias infinitas Antonia: por tu valentía y por tu generosidad en compartir este maravilloso testimonio en el que se pone en evidencia lo difícil e incluso injusto que es la competencia en el mundo.

«No olvidar el propósito, por intentar conseguir el resultado: el camino es tu objetivo»: Una lección acerca de Los Retos, Las Frustraciones y El Éxito

Hace un año estaba en el exterior estudiando para un examen que en mi vida representaba el más grande reto profesional. La etapa de estudio duraba tres meses, en los cuales debía estudiar 12 horas al día en promedio (sábados y domingos incluidos).

Poco antes de empezar el programa, mi hermana llegaba a visitarme por unos días, justo después de haber recorrido el Camino de Santiago de Compostela. Llego hermosa, con los ojos sonrientes y la mirada de los que recurrentemente conversan con Dios. Traía con ella una maleta ligera, la misma que cargo durante todo recorrido, y una decena de experiencias, anécdotas, y nuevos amigos. A lo largo del camino había conocido personas provenientes de Brasil, Italia, Noruega, Argentina; cada uno con su propia historia, con su propio recorrido, su propio Camino. Como todos hablaban idiomas distintos, aprendió a comunicarse a través de las señas, a componer canciones en más de cinco idiomas, y a oír con el corazón.

Con la emoción de volver a vernos, nos sentamos en mi cocina a conversar. Y entonces, mientras yo me quejaba de los mucho que iba a tener que estudiar en los próximos meses, y de lo largo que era todo el proceso, pues los resultados del examen no los publicaban sino hasta 4 meses después presentarlo, Ella, con esa sabiduría inquieta y la tranquilidad que su voz representa en mi vida, me conto que justo antes de llegar a la mitad de El Camino aprendió el significado de una frase corta y verdaderamente valiosa:

No olvides el propósito, por intentar conseguir el resultado: el camino es tu objectivo” – me dijo sonriendo. – «Como!!??” – le pregunté sorprendida. – “Acaso no es lo mismo el propósito que el resultado?”. Y Ella, con su voz calmada, me explicó pacientemente: “No, el resultado es aquello que quieres conseguir, el propósito es la razón por la cual lo estás haciendo”.

 

Muy a pesar de su explicación, yo seguía algo confundida, pues siempre he tenido una mentalidad enfocada al resultado: lograr, lograr, lograr, cumplir, cumplir, cumplir.

 

Y así continuo Ella explicándome:

 

«Cuando yo inicié el Camino de Santiago, un camino de 800 kilómetros que me propuse recorrer en un mes, empecé con el afán característico de quién inicia un proyecto emocionante con el que quiere algo concreto: mi meta, después de 31 días en los que debía caminar 20 millas en promedio para atravesar España a pie, era llegar a ‘Santiago de Compostela’, un pequeño pueblo al noroccidente del país, donde culminaba El Camino”.

 

Con esa meta en mente, empezaron mis primeros días del recorrido: caminando tan rápido como fuera posible, para llegar cada noche a un nuevo hostal, quitarme las botas y decirme a mí misma antes de caer profunda sobre la almohada: «Listo, un día menos, cada vez más cerca de la meta«.

 

Algunos días me entraba mucho afán, quería llegar a Santiago de Compostela cuanto antes y no caminar más, quería ansiosamente vivir aquello que los demás peregrinos (como le llaman a los caminantes) describían como una experiencia ‘subliminal, profunda, liberadora, íntima y estremecedora’”. “Y así, día tras días, seguí caminando apresuradamente, pensando constantemente en aquel día en que llegaría finalmente a Santiago….cuando depronto, un día caluroso, en medio de los paisajes de Navarra, me desespere momentáneamente: estaba cansada de caminar, y de ver que aún me quedaban dos tercios de El Camino. Con un calor que me ahogaba y en medio de la desesperación, me senté a una orilla de El Camino a pensar y a reflexionar sobre el por qué estaba haciendo todo esto; “por qué había iniciado El Camino? Por qué había planeado durante meses este momento que tanto trabajo me estaba costando?”. “Por que tenía tanto afán de llegar?”. “Y justo ahí, bajo un sol ardiente y acompañada por los sonidos del viento, entendí que me estaba olvidando del propósito, por intentar alcanzar el resultado.

 

Ese día, mi hermana recordó que el propósito de El Camino era hacer el camino en sí, y no llegar al lugar de destino. La experiencia «subliminal, profunda, liberadora, íntima y estremecedora» de la que hablaban los demás peregrinos era recorrer el camino en sí, y no la llegada a Santiago, que simplemente representaba la culminación de todo el recorrido. Así, ella entendió que, si se enfocaba únicamente en el lugar del destino, en ese día en el que podemos decir «listo, terminé, lo logré«, se olvidaba del camino como tal, que era dónde estaba su propósito. Y así como le paso a mi hermana en esa primera etapa de El Camino, nos pasa a todos constantemente con la vida misma: perdemos el foco de nuestro propósito (que no es otro sino disfrutar el recorrido) por intentar conseguir una infinidad de resultados que no deberían representar más que la culminación de los procesos: graduarnos del colegio, graduarnos de la universidad, conseguir el empleo de nuestros sueños, esperar a la época de las vacaciones, casarnos, ahorrar para el viaje, bajar 5 kilos, tener los hijos, criar los hijos, APROBAR EL EXAMEN!

 

Para ser sincera, el verdadero sentido de la historia no lo entendí ese día mientras conversábamos en la cocina, sino algo después, cuando llegaron los resultados del examen y para mi gran sorpresa lo había reprobado. Me faltaron 2 puntos sobre 400 que se exigían para aprobarlo. Lloré por dos días enteros, pensando que era el más grande fracaso de mi vida, que al final no era tan inteligente como mis amigos que si lo habían aprobado, y me lamentaba porque no entendía para qué todo ese esfuerzopara qué todas las trasnochadastodas las horas de estudio, todo el tiempo y el dinero invertido. Al final, todo había sido una gran pérdida de tiempo! Y así, después de llorar y estar de compinche con mi ego por varios días, fui recordando a mi hermana y su gran lección: justo ahí, mientras me lamentaba por lo ocurrido, entendí que había olvidado el propósito por haber intentando conseguir el resultado! Había olvidado, o tal vez no entendí en su momento, que el propósito era asumir un reto, prepárame, enfrentarme a la frustración y al hecho de no poder controlarlo todo, esforzarme, y hacer lo mejor según mis circunstancias. Había olvidado que la vida es esa; que la vida no es otra sino la que ocurre durante los procesos; que no hay alguien que nos castiga o nos premia, dependiendo de que tan bien nos hayamos portado, sino que cada uno elige los caminos que quiere recorrer, los propósitos por los que quiere luchar. Y entonces, fue así como, con cierto dolor, aprendí que, si logramos enfocarnos en el propósito, liberamos el resultado y con él, el sufrimiento que genera querer controlarlo.

 

Tener un hijo es como vivir en un Ashram

Cuando tenía 12 años, mis papás quisieron hacer un viaje a la India para ir a conocer a quien en ese momento era un Maestro para ellos. Así que en diciembre con un grupo de colombianos nos fuimos para India tres semanas a vivir al ashram, que se conoce como un lugar de meditación y enseñanza en el que las personas que asisten viven bajo las enseñanzas de un Maestro.

Haber pasado tres semanas, a los 12 años, en un ashram fue una experiencia que me dividió la vida en dos por muchas razones, pero principalmente por dos la primera, porque comprendí lo que significa estar y vivir en el presente. Y la segunda, me di cuenta de que la mayoría de las cosas con las que vivimos los seres humanos son lujos, cosas innecesarias que realmente no nos dan ninguna felicidad. Al contrario, son una profunda fuente de infelicidad porque hemos construido y arraigado la creencia de que sólo podemos ser felices si tenemos comodidades, pertenencias, lujos y dinero.

En ese entonces (no sé si haya cambiado después de tantos años), la vida en ese ashram era muy rutinaria y sobre todo, sencilla. La levantada era antes de que amaneciera, el baño con agua helada, dormíamos en colchones en el piso, pero teníamos el lujo de estar en un cuarto sólo los tres porque como estábamos en compañía de un hombre (mi papá), podíamos dormir en un cuarto y no en un galpón. Salíamos hacia el templo para hacer fila y presenciar el darshan o la salida del Maestro, permanecíamos en el templo un par de horas y después íbamos a desayunar. Se podía prestar servicio ayudando en el comedor, antes o después del desayuno, en cuyo caso nos quedábamos limpiando y recogiendo. En caso de no estar prestando servicio, se ofrecían charlas y conferencias de diferentes discípulos a las que se podía asistir gratuitamente. O simplemente se podía ir a caminar, a leer, a estudiar o cualquier actividad de ese estilo. A la hora del almuerzo la dinámica era la misma y luego nos alistábamos para el darshan de la tarde, después del cual íbamos a comer y si no recuerdo mal, debíamos ir al cuarto a dormir antes de las 9pm. Y así fue nuestra vida durante tres semanas: todos los días la misma dinámica, usando las mismas tres mudas de ropa, durmiéndonos, levantándonos, bañándonos y comiendo a la misma hora. Y una vez más, recuerdo esas tres semanas como una de las mejores épocas de mi vida.

Hablando con mi mamá en estos días de licencia de maternidad en los que he pasado por todos los estados de ánimo, en algún momento en el que me sentía agobiada y cansada de estar en mi casa 24/7, además de sentirme angustiada porque pasé por un tema de salud difícil después del parto y eso complicó también la salud de Lucía, mi mamá me dijo: “Mira lo que estás viviendo como si estuvieras en un ashram”.

Esa frase me “despertó” ante la oportunidad tan grande que estoy teniendo de vivir mi presente, de estar en mente, cuerpo y alma en lo que estoy, evitando adelantarme a un futuro que por momentos me angustia o devolverme a un pasado que a veces me atormenta y entristece. He tenido que poner en práctica las palabras que tantas veces les he dicho a muchos de mis pacientes y ponerme a prueba frente a mi propia mente que busca todas las oportunidades para hacerme dudar de mí misma en todos los aspectos de mi vida. Tener a Lucía me ha obligado –en el mejor de los sentidos- a vivir una vida cotidiana como la que se vive en un ashram, girando siempre en función de las mismas cosas y de la misma forma: las horas a las que se levanta, a las que se acuesta, su alimentación, la mía, y todos los días voy usando las mismas mudas de ropa. A veces salgo a comprar granadillas o a darle una vuelta a mi primera hija Abril (mi perrita), pero son vueltas muy cortas. Cuando tengo tiempo, me siento a escribir para darle un espacio a mi mente y así evitar que me domine con sus dudas apocalípticas; y a veces, muy pocas, he ido introduciendo la lectura de algunos libros, cuando el cansancio y el agobio me lo permiten.

Todos los grandes Maestros espirituales coinciden en decir que el trabajo más importante es el trabajo que hacemos en nosotros mismos. Que no hay necesidad de viajar por el mundo y recorrer grandes distancias para ayudar a otros porque el trabajo más importante que cada uno tiene que hacer está ‘en casa’. Esa ha sido una de las grandes enseñanzas que me ha traído Lucía: ser capaz de encarnar y vivir en carne propia y a diario que la felicidad no está ni en los lujos, ni en los planes, ni en miles de actividades, así como tampoco en las larguísimas jornadas laborales o en viajes y acumulación de bienes materiales. Y si bien ninguna de estas cosas es negativa per se, tampoco ninguna de ellas nos da esa tranquilidad y sosiego que creo, todos estamos constantemente buscando.

Mi tranquilidad y sosiego las he ido construyendo –¡aunque me falta mucho por conquistar en este tema todavía!- siendo capaz de levantarme cada día a estar con Lucía, respondiendo a lo que ella necesita y entendiendo también que nada con ella está ‘escrito en piedra’: a veces se levanta más temprano, a veces más tarde, a veces come a una hora pero al día siguiente puede comer a otra y así sucesivamente. De manera que si bien las rutinas son las mismas, los ritmos van cambiando y esto me comprueba, una vez más, que no tengo control sobre nada. Y que si intento controlar, caigo en la paradoja del exceso de control que me lleva a perder el control. Por eso en la medida que voy soltando y permitiéndome fluir con ella, voy conquistando una profunda libertad para vivir la vida como creo, es la única amanera que podemos vivirla: segundo a segundo cada día. Y no tengo necesidad de atravesar el mundo para irme a vivir a un ashram porque en mi cotidianidad, ahora con Lucía, encuentro todas las herramientas para ser capaz de vivir el momento presente.

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Instagram: @breveterapia
Twitter: @menasanzdesanta

Gracias Luisa por permitirnos compartir lo que ha sido tu proceso de transformación en cuanto a tu relación con la comida.

Desde que me acuerdo, nunca he tenido una relación sana con la comida. Crecí en una sociedad llena de prejuicios donde el estar “gordo” era inaceptable o era motivo de sentir vergüenza. En mi años adolescentes fui “rellenita” y cuando entré a la universidad me fui hacia el otro extremo. El miedo de volver a engordarme me llevo a restringir mis alimentos y a hacer ejercicio de manera compulsiva.

Después de años de vivir sufriendo por esto, por sugerencia de mi hermano, llegué a Live Life donde María Paula Estela. Fui una vez, pero mi resistencia a cambiar me llevó a ir solamente una vez y no volver hasta un año después del primer control. Y durante ese año me volví aun más restrictiva con la comida, lo que terminó en un aumento de peso.

Después del primer control, María Paula me dijo que yo solo estaba comiendo 600 calorías al día y quemando alrededor de 2000. Para mi era irreal este dato pues según mi mente yo comía muchísimo y este era el problema por el cual me estaba engordando.

María Paula me dijo que al no comer, mi cuerpo entraba en ayuno por lo que si quería perder peso de manera sana, lo que tenía que hacer era comer. Honestamente me pareció una teoría ridícula. ¿Cómo era posible que al comer uno perdiera peso? Dos años después, he comprobado que esa teoría, que inicialmente pensé que era ridícula, es verdad: comiendo que he logrado bajar de peso. Aunque a pesar de haberlo vivido en mi propia piel, todavía hay momentos donde mi mente me hace dudar. Por eso llegar hasta aquí y aplicar esa teoría, no ha sido fácil.

A pesar de lo que me dijo María Paula, al comienzo seguí restringiendo las comidas y me empecé a engordar. Con esto vino una frustración y una rabia infinita porque no entendía: si iba dos horas diarias al gimnasio y no comía, ¿cómo era posible que cada vez subiera más de peso? Fue ahí donde María Paula me sugirió complementar el trabajo nutricional con un apoyo psicológico y me dio los datos de la psicóloga que trabaja en Live Life estos temas alimenticios.

Honestamente no quería ir, pero estaba tan obsesionada por adelgazar que si esta era la única manera de que María Paula me siguiera atendiendo, entonces lo iba hacer. Nunca pensé que Ximena me pudiera ayudar a entender la obsesión con la cual llevaba viviendo desde los 13 años.

Durante este proceso, Ximena me hacía comerme algo que me gustara al día por fuera de lo reglamentado con María Paula. Pensé ¡esta loca! Sin embargo le hice caso, pero todo el tiempo pensaba que me iba engordar. “Ahora si voy a quedar como una llanta Michelin”. Pero a pesar de ese miedo, le hice caso y el resultado fue increíble. No sólo le perdí miedo a la comida, sino que además empecé a adelgazar.

Durante este proceso aprendí que mi exceso de control con la comida, me llevaba a un descontrol inmenso. Por lo mismo, pude entender el componente emocional que había detrás de mi obsesión.

Poco a poco, y de manera intermitente, mi obsesión se fue calmando, dejé de prestarle tanta atención y me empecé a adelgazar. Son cosas que aún todavía no entiendo, cómo es que comer lo ayuda a uno perder peso. Pero es así y además, mi obsesión se fue. No puedo negar que tengo días donde vuelve y si, me atormenta. Pero he podido seguir practicando las herramientas que Ximena me enseñó y así voy recuperando la calma y me vuelvo a estabilizar. Sigo llegando a cada cita con María Paula a tapar la pesa porque pienso que me va decir que me engordé, lo cual, la mayoría de las veces, me doy cuenta que no es cierto. Y aunque hay días en que sigo pensando que como demasiado, ya son más los días en que no pienso en eso y puedo comer mucho más tranquila

Live Life me ayudo a mejorar mi relación con la comida y a comprender que ¡esto es un trabajo diario! Además, aprendí a hacer ejercicio por el placer de hacerlo y no porque es la manera de quemar calorías. Les confieso que sigo entrando a consulta con pavor de la pesa, porque como les contaba, la obsesión no desaparece del todo, entonces sigo pensando que como demasiado! Pero cada consulta a la que voy me comprueba que ¡comer no engorda!

Creo que hasta cuando me enfrenté con María Paula y Ximena, no era consiente del infierno tan grande en que el estaba, no sólo porque vivía controlando la comida sino también porque le dedicaba demasiada energía a esto. Y aunque por momentos mis pensamientos obsesivos siguen, gracias a Live Life tengo herramientas para manejarlos y ya no dominan mi vida.

 

Luisa