El miedo: un fantasma que desaparece mirándolo a la cara

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Contrario a lo que piensan muchos, el miedo es una emoción importante y necesaria para nuestra supervivencia. Es la que nos protege de los peligros a los que estamos expuestos diariamente, hace que nuestro cuerpo reaccione en una situación de riesgo, nos permite defendernos, gritar cuando nos sentimos atacados, correr cuando tenemos que huir, etc. El problema hoy es que nuestra cultura ha impuesto la idea de que el miedo es algo que nadie ‘debe’ sentir. Quien siente miedo es una “nena”, no tiene agallas, es un cobarde, etc. Esto es lo que ha convertido el miedo en un problema.

Hace un tiempo me dijo una paciente: “Por favor quítame el miedo”. Le respondí que hacerlo sería un acto irresponsable porque la estaría dejando sin uno de los recursos más importantes de su instinto de supervivencia. La estaría volviendo aún más frágil, e incapaz para enfrentar un miedo que constantemente la estaba asaltando: el miedo a tener de nuevo un ataque de pánico.

Los ataques de pánico muestran cómo cuando se busca evitarlos en lugar de enfrentarlos, se convierten en un problema cada vez más complejo y difícil de solucionar. Estos ataques resultan de una lucha entre la mente y el cuerpo (Balbi, 2009): el miedo extremo conlleva reacciones en el cuerpo que la mente inmediatamente intenta controlar. Es así como se cae en la paradoja del exceso de control que hace perder el control (Nardone, 2009) porque son los esfuerzos de la mente por controlar el cuerpo los que llevan a la pérdida del control: el ataque de pánico.

“La primera vez que me dio el ataque, pensé que me iba a morir. ¡Es la sensación más horrible que he sentido en mi vida! Por eso dejé de manejar, porque estaba segura que como el ataque me dio estando en el carro, lo mejor era no volver a manejar. El problema es que después de evitar ese tema la situación empeoró porque empecé a evitar otras cosas (…) Y ahora he renunciado casi a todo porque en todas partes me siento vulnerable”.

“Las personas no nacen miedosas, se vuelven” (Nardone, G. 2007. Cambiare occhi, toccare il cuore. Ponte alle grazie, Milán). Después de su primer ataque de pánico esta mujer empezó a evitar situaciones que, en su sentir, podían generarle otro ataque. De lo que no era consiente era que evitando, aumentaba su problema. Evitar es una trampa, porque al momento de hacerlo, nos sentimos seguros. Pero con el tiempo, el mensaje implícito que nos enviamos a nosotros mismos es: “Evito esta situación porque no soy capaz de enfrentarla” (Nardone, 2008). Es así como cada evitación crea y refuerza una incapacidad, aumentando el miedo y obligando a quien evita a optar por otras soluciones que le “ayuden” a enfrentar lo que por sí misma se siente incapaz de hacer. Entonces pide ayuda (Nardone, 2009).

“…si no estaba acompañada, no podía hacer nada. Mi mamá, pues -¿qué te digo?-, es mi mamá me aguanta. Pero mi hermano y mi papá en un punto se desesperaron y no volvieron a acompañarme a ninguna parte. Ahí empecé a pedirle ayuda a mis colegas de trabajo: que me recogieran por la mañana, que me llevaran por la tarde… tanto que a veces me tocaba esperarlos hasta la noche porque yo ya no me atrevía a coger un taxi sola”.

Fue así como de un grano de arena construyó una montaña bajo la cual quedó sepultada (Nardone, G. 2007. Cambiare occhi, toccare il cuore. Ponte alle grazie, Milán). Los ataques de pánico fueron desapareciendo en la medida que evitaba todo lo que, según sus creencias, se los podía generar. Pero el miedo y la angustia que le creaba su creciente incapacidad para enfrentar situaciones, y la dependencia cada vez mayor de otras personas, empezaron a limitar su vida hasta tal punto que comenzó a pasar la mayor parte del tiempo encerrada en su casa.

Comenzamos así a trabajar en un propósito: transformar el miedo en coraje, lo que sólo se logra enfrentándolo. El primer paso fue trabajar a nivel mental: ella debía dedicarle media hora diaria a pensar voluntariamente en todas sus peores fantasías (Nardone, 2000), una estrategia que apunta a adiestrar la mente para que, contrario a evitar los pensamientos que generan miedo, los enfrente. Así la mente se distrae, piensa en otra cosa y el miedo desaparece (Nardone, G. & Balbi, E. 2008. Solcare il mare all’insaputa del cielo. Ponte alle grazie, Milán). De esta manera, hemos ido logrando que ella recupere la confianza en sí misma para enfrentar todo lo que había dejado de hacer por miedo. Miedo que continúa trabajando, pues después de tantos años de construirlo, toma tiempo desmontarlo.

El miedo es un recurso siempre y cuando se enfrente al momento de sentirlo. De lo contrario, sobrepasa un cierto límite y se convierte en un problema. Problema que se construye evitando, pidiendo ayuda y hablando del mismo (Nardone, 2009), pues hacerlo es como toser en un ascensor: se propaga el virus.

Nota: Quiero compartir con mis lectores que muchas de las ideas que aparecen en los artículos escritos hasta el momento, son el resultado de mi formación como terapeuta en el Centro de Terapia Breve del profesor y creador de este modelo, Giorgio Nardone.

Ximena Sanz de Santamaría C.
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

Artículo publicado en Semana.com el 19 de julio de 2011

Mi mayor problema es tener un problema

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“Creo que descubrí mi mayor problema Ximena: tener un problema”. Después de cuatro sesiones de estar trabajando, este paciente continuaba sumergido en su problema. Aunque lograba algunos cambios entre sesión y sesión, mantenía una sensación de inconformidad, de “desasosiego”. Por eso en la cuarta sesión decidí confrontarlo con algo que, aunque tanto para él como para mí era cada vez más evidente, el miedo no le permitía aceptarlo. Su mayor problema no era el problema en sí: era el hecho de tener un problema.

“Yo he sido siempre el chistoso del grupo. Todo el mundo se ríe de lo que yo digo, y más de uno dice que cuando está triste el antídoto para eso soy yo. Es una imagen que he construido y que hasta ahora me parecía lo máximo. Pero estoy empezando a pensar que esa imagen es en gran parte la que me está impidiendo aceptar que yo, el ‘chistoso del parche’, el que siempre está bien, tenga un problema. Y sí, no es tanto el problema, sino el hecho de tenerlo”.

A raíz de ese descubrimiento, empezó a cambiar la manera de relacionarse con sus amigos y familiares: hizo el experimento de acercarse a los demás sin juzgarlos. Dos semanas después, en la quinta cita, me dijo: “Haciendo este ejercicio me di cuenta de que la sociedad lo lleva a uno a juzgar todo y a ponerle un nombre a todo. Si alguien está triste, está deprimido; si está muy feliz, es maníaco; si pelea con la mamá, es conflictivo, y así sucesivamente. ¿Cómo habla uno de sus problemas si inmediatamente le van a poner un rótulo? Creo que por eso es que no me gustan los psicólogos (se reía)”.

Este descubrimiento no sólo fue maravilloso para él: ¡también lo ha sido para mí! Confirmé lo que vengo sintiendo desde que empecé a ejercer mi profesión: que todos sufrimos por lo mismo. A todos nos angustia fracasar, equivocarnos, quedarnos solos, no encontrar ‘el amor de la vida’, no ‘ser felices’, no ser buenas personas, no ser buenos padres, buenos amigos, defraudarnos a nosotros mismos, entre muchas otras cosas. Pero más allá de esas preocupaciones, el mayor sufrimiento se genera por creer que somos los únicos que estamos sufriendo por estas cosas.

Muchos pacientes me preguntan: “Doctora, ¿usted sí ha tenido más casos como el mío?” “¡Claro que sí, muchos más de los que crees!” -les respondo. Pero como para creer es necesario sentir más que saber, en ese momento no me creen. Esto fue lo que me llevó a buscar un espacio en el que pudiera compartir y poner al servicio de los demás esta cantidad de vivencias y sufrimientos humanos que muchas veces se generan más por el hecho mismo de tener un problema que por el problema en sí. La paradoja es que justamente por la condena social que conlleva para una persona ‘tener un problema’, es difícil lograr que las personas hablen entre sí para compartir su sufrimiento. Si lo hicieran, descubrirían rápidamente no sólo que son muchas las personas las que sufren por lo mismo, sino también sentirían un gran alivio por el sólo hecho de compartir sus propias vivencias.

“Para mí es muy difícil venir aquí porque yo todo el día lucho para no tener problemas, y así lo he hecho toda la vida. Ahora tengo que venir aquí a hablar justamente de eso contra lo cual llevo luchando mucho tiempo: mis problemas”. Esto me lo dijo un adolescente al final de la segunda cita en la que finalmente pudo reconocer ante sí mismo lo contradictorio que era para él tener que ir a un psicólogo, ya que socialmente eso significaba que estaba loco.

Cuando encontramos una persona que a nuestros ojos tiene un problema -físico, mental, emocional, relacional, etc.-, tenemos dos opciones. Una -la más fácil- es juzgarla y ‘diagnosticarla’ con un rótulo, sacrificando así la posibilidad de relacionarnos con ella. La segunda es buscar comprenderla desde la posición en la cual está para así ser capaces de desarrollar una relación aceptándola como es.

El cambio viene de adentro, desde el interior de cada uno, y esto fue justamente el ejercicio que el primero de los consultantes empezó a hacer: acercarse a los demás buscando comprenderlos en lugar de juzgarlos y descalificarlos. “Las cosas han cambiado. Ahora me es más fácil acercarme a los demás y sobre todo, estoy dejando que los demás se acerquen a mí. Pero ya no para mostrarme como el más chistoso y al que nada le pasa. No he perdido mi alegría ni tampoco mi capacidad de echar chistes; sólo que ahora lo hago aceptando y mostrándoles a mis amigos que hay momentos en los que también sufro”. De esta manera, logró convertir la fragilidad en fortaleza teniendo en cuenta que “basta un solo rayo de luz para disipar las tinieblas”.

Ximena Sanz de Santamaría C.
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

Artículo publicado en Semana.com el 2 de agosto de 2011

Analizo, analizo, analizo ¿y?

La tendencia a darle una explicación racional a todo, la hemos construido los seres humanos. Tenemos la creencia que lo que nos va a ayudar a solucionar un problema, o a superar un momento de tristeza o angustia profunda, es hacer un análisis racional de la situación que estamos viviendo. Estamos convencidos de que así encontraremos las ‘causas únicas’ del problema, que nos llevarán a su raíz y así, a su solución.

Mi experiencia como persona y como profesional me ha mostrado que los problemas que nos generan sufrimiento no tienen una única causa: son el resultado de la combinación de muchos factores que se relacionan y retroalimentan entre sí. Asimismo, he podido constatar que la mayoría de las veces es el exceso de análisis el que conlleva el aumento de la angustia, pues la mente se encarga de hacernos vivir en un pasado que ya no podemos cambiar o en un futuro que no sabemos si va a llegar. Y mientras se nos va el tiempo en el análisis del pasado y el futuro, el presente desaparece de nuestro escenario.

Desde muy niños nos están enseñando a ser “personas analíticas”. En el campo de la educación se han hecho modificaciones en las formas de evaluar el desempeño académico de los alumnos, reemplazando las preguntas de selección múltiple por preguntas abiertas –por “Preguntas que los hagan pensar”, decía un profesor hace poco refiriéndose a los mecanismos de evaluación-. Sin duda es importante que las personas aprendan desde niñas a desarrollar una capacidad de análisis, un criterio y una perspectiva crítica frente a cada situación. Analizar “las variables” a la hora de pensar en un cambio de trabajo o en irse a estudiar por fuera, es importante. El problema, como en todo, es que en exceso el análisis se vuelve dañino. Más cuando se trata de las relaciones humanas en las que no existe una causalidad linear (causa – efecto), sino una causalidad circular en la que todas las causas, a su vez, son efectos.

En los últimos meses me he encontrado con consultantes que están inconformes con su vida. Consideran que el sufrimiento que están viviendo se debe a que ‘el mundo ha sido injusto con ellos’ y la manera como buscan superarlo es analizando. “Yo soy una persona súper analítica. Siempre trato de analizar todo, de entender por qué pasan las cosas. Pero en este momento no entiendo nada, no sé por qué todo pasó así, si yo todo lo había planeado diferente. Me siento tan perdida que he llegado a replantearme el análisis que hago todo el tiempo. Analizo, analizo y analizo, ¿y?” Así se expresaba una mujer de 32 años que, después de haber analizado y planeado con su novio durante casi dos años la posibilidad de estudiar juntos en el exterior, a pocos meses de irse la relación terminó. Cuando llegó a la consulta estaba perdida en sus propios análisis. Se le iban los días analizando si debía irse o quedarse, si se había equivocado al tomar la decisión de irse con él, si debía hablar con su ex novio para intentarlo de nuevo o mejor “dejar las cosas de este tamaño”; y así sucesivamente.

Otro consultante. como ella, estaba tan perdido en sus análisis y era tal su angustia, que venía presentando síntomas físicos de náuseas y vómito en el último año y medio de su vida. “Esta ‘analizadera’ es automática. Suena absurdo porque son mis propios pensamientos; pero es que es como si yo mismo no pudiera dejar de analizar”, me decía desesperado. Es tal la ansiedad que le generan sus propios pensamientos, que en varias oportunidades ha tenido que suspender su estudio porque las ganas de vomitar no le permiten salir de su casa. “Me han hecho todos los exámenes físicos y mi cuerpo está perfecto. Por eso me di cuenta que mi problema es psicológico: no puedo dejar de analizar”.

Hemos permitido que la mente adquiera un gran poder sobre nosotros: por eso funciona de manera casi automática. El análisis, que en un comienzo puede ser tan útil, con el tiempo se convierte en “un tirano”: se vuelve casi imposible dejar de analizar. Y en la lucha interna por dejar de hacerlo, por controlar la mente para “ponerla en blanco”, se termina analizando aún más. Finalmente, llega el momento en el que las personas se dan cuenta que analizar no les resuelve su problema, entonces empiezan a castigarse y a recriminarse por seguir haciendo algo que no les funciona. De esta manera, aumentan la angustia y el sufrimiento.

El análisis desaparece si le damos permiso de estar presente, si nos damos permiso ‘para analizar todo’: el pasado, el futuro, lo que fue o no fue, lo que esperábamos o quisiéramos que hubiera sido distinto, lo que puede venir, etc. Así la mente eventualmente ‘se cansa’ y empieza a dejar de analizar todo. “Si te digo que pienses en todo menos en elefantes amarillos, ¿qué es lo primero en lo que piensas?”, le pregunté a una consultante. Ella, atacada de la risa, me respondió: “Los estoy viendo entrar por esa puerta”. Si en vez de combatirlos les damos un espacio para pensarlos, así como llegan se van. La mente empieza a encontrar un equilibrio entre el análisis –importante y necesario en una dosis adecuada-, y el ‘no análisis’, que es lo que nos permite sentir, vivir y disfrutar del presente, de cada momento, sin estarnos recriminando ni tampoco buscando explicaciones que, como dijo mi paciente: contrario a disminuir la angustia, el análisis acaba aumentándola.

La búsqueda de explicaciones matemáticas es útil en el mundo de las matemáticas, mundo al que no pertenecen las relaciones humanas. De lo contrario, el análisis ya habría solucionado todos nuestros problemas.

Ximena Sanz de Santamaría C.
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

Artículo publicado en Semana.com el 18 de agosto de 2011

Celos: si no me enloquecen, ¡enloquezco a mi pareja!

El famoso filósofo y matemático Pitágoras decía que son los seres humanos los artífices de sus propias desgracias. Me atrevo a complementar esa frase diciendo que son también los artífices de sus propios triunfos. Esto lo hablamos con una adolescente durante la primera cita, a la que llegó diciendo que necesitaba ayuda pues sus celos habían acabado un noviazgo de cinco años.

A medida que fuimos avanzando en el proceso, ella fue descubriendo cómo un pensamiento puede llegar a convertirse en una profecía que se termina volviendo real (“Curar la escuela”, Balbi, E. & Artini, A. 2011). “La relación fue muy especial hasta cuando empecé a desconfiar de él. Desde ahí, todo se volvió un infierno”. Con lágrimas en los ojos, reconocía que su desconfianza no tenía razón de ser, pues ninguno había sido infiel. La desconfianza empezó a raíz de una época en la que todos los amigos del novio estaban sin novia. “El plan era salir con una vieja diferente todos los fines de semana y yo sentí que mi novio hubiera querido hacer lo mismo. Nunca lo hizo, pero desde entonces empecé a sentir celos hasta de sus amigos”.

De un pensamiento inicial se empezaron a generar otros pensamientos que le producían una angustia cada vez mayor, la cual terminó por llevarla a hacer cosas que nunca había hecho: revisarle el celular y el computador, llamarlo constantemente para saber en dónde y con quién estaba, empezar a pedirle que no almorzara con sus amigas del colegio y que en los “huecos” entre una clase y otra en la universidad estuviera siempre con ella. Le preguntaba todo el tiempo si realmente la quería, si quería estar con ella, si no estaba siendo infiel, preguntas que él respondía esperando que en algún momento acabaran. Pero las respuestas nunca eran suficientes. Al contrario: cada respuesta la llevaba a hacerle nuevas preguntas.

Los celos la convirtieron en una novia cada día más absorbente. Ella tenía que estar con él todo el tiempo para asegurarse de que no le fuera a ser infiel. Cuando se daba cuenta de lo que estaba haciendo se sentía culpable, lloraba, le pedía perdón por ser tan invasiva y le prometía dejar sus celos. Pero al poco tiempo volvían a tiranizarla. Finalmente ocurrió lo que en estas circunstancias era esperable: él le dijo una mentira. Le dijo que almorzaría con un amigo en la universidad, cuando su plan era almorzar con su mejor amiga del colegio. Ella no le creyó, se fue a buscarlo y lo encontró con la amiga. “Perdí la cabeza. Le armé un show ahí en el sitio enfrente a todo el mudo y me fui. Cuando llegué a mi casa, no podía creer lo que había hecho, pero ya el daño estaba hecho”.

Después de contarme esto, me dijo: “Él cambió mucho”, momento en el que me atreví a preguntarle: “¿Cambió él o cambiaste tú?”, y con lágrimas en los ojos me respondió: “Creo que cambié yo. La verdad, me volví insoportable, tanto que me terminó, y no porque no me quisiera sino porque ya no quería estar con mi ‘nueva’ yo”.

Con este episodio la relación terminó por un tiempo, pues en pocos meses la desconfianza había erosionado una relación que durante cinco años se había desarrollado con base en la confianza mutua y en la ilusión de compartir diariamente el uno con el otro. Varios meses después decidieron volver a intentarlo, y entonces ella se dio cuenta de que necesitaba ayuda. “Él me dijo que me adoraba, que sentía mucho haberme dicho mentiras, pero que se había vuelto imposible hablar conmigo. Por eso había preferido no decirme que iba a almorzar con su amiga, a quien yo conocía perfectamente y sabía que entre ellos no había nada. Pero mis celos no me dejaban ver otra cosa”.

Desde la primera cita ella comenzó a trabajar intensamente para desmontar las creencias que alimentaban sus celos. Ha sido un trabajo exigente porque cuando se llega a ese nivel de celos, en cada comportamiento de la pareja se busca la confirmación de que está siendo infiel. Leonardo da Vinci decía: “Nada nos engaña más que nuestro propio juicio” (“La mirada del corazón”, Nardone, G. 2009) . Ella ha ido descubriendo que cuando pregunta con la sospecha que conllevan los celos, le surgen siempre nuevas preguntas que aumentan su intranquilidad en lugar de disminuirla, y desgastan cada vez más la relación. Lo mismo ocurre cuando empieza a buscar en el celular o en el computador de su novio alguna “prueba” de su infidelidad, pues al no encontrar nada, su conclusión es que, como él está siendo infiel, se cuida muy bien de mantener todo muy bien escondido.

Aunque todavía hay momentos en los que le pregunta cosas a su novio y hay personas que todavía le generan celos, poco a poco ha logrado desmontarlos y recuperar una relación sana. La prueba del éxito la tiene ella misma porque ha estado cada vez más tranquila. Ha comenzado a comprender que él puede ser infiel si lo quiere y que el control no sólo no disminuye esta posibilidad, sino que la aumenta. No se trata entonces de controlar: se trata de trabajar en ella misma para poder contribuir al mantenimiento y desarrollo de la confianza mutua, y de comprender que los momentos difíciles que toda relación tiene se pueden convertir en oportunidades para profundizar esta confianza.

La creencia en una persona celosa es que mientras más controle a su pareja, menor será la posibilidad de infidelidad. Es la paradoja en la que termina atrapada. Pero lo que ocurre en realidad –como ella lo está comprobando– es que ese exceso de control se vuelve tan invasivo para el otro, que acaba por llevarlo a buscar en otra persona lo que no tiene en su relación. Es así como la persona celosa termina convirtiendo en realidad la creencia a la que más le teme: la infidelidad de su pareja.

Ximena Sanz de Santamaría C.
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

Artículo publicado en Semana.com el 13 de septiembre de 2011

Y ahora que soy inseguro, ¿qué hago?

En la versión online del diccionario de la Real Academia de la Lengua, encontramos la palabra inseguridad definida como ‘falta de seguridad’. Si buscamos el significado de la palabra seguridad, encontramos que dice: cualidad de seguro, certeza (el conocimiento seguro y claro de algo). En resumen, la inseguridad es no tener una certeza, algo seguro.

En un país como Colombia estos términos son muy comunes. Los medios de comunicación se encargan de publicar las cifras sobre la inseguridad que se vive en el país, lo que ha convertido este tema en una preocupación nacional. En todas las campañas políticas para presidentes, alcaldes, gobernadores, etc., los candidatos incluyen la seguridad como uno de sus temas prioritarios. Proponen todo tipo de políticas y ‘planes de acción’ que apuntan a solucionar dicha problemática, que desafortunadamente persiste en muchos aspectos.

Esta inseguridad frente al mundo externo del que formamos parte la vivimos todos los seres humanos. Pero no es la única, y me atrevo a decir que puede no ser tampoco la más profunda. Existe una inseguridad ‘interna’: la inseguridad de cada persona respecto a sí misma, a sus propias capacidades y a sus propios recursos. Todos la hemos sentido en diferentes situaciones: al momento de responder una pregunta en clase, cuando salimos por primera vez con una persona que nos gusta, cuando tenemos que hacer una presentación en público, cuando estamos con un grupo de amigos y no tenemos mucho que decir, etc. Es una inseguridad “normal” en la medida que no todo lo podemos saber. ¿Pero cómo llega una persona a construirse una inseguridad tal que se convierte en su mayor incapacidad?

Cuando dudamos de algo y no estamos seguros de saber la respuesta correcta, la buscamos en diversos recursos externos: amigos, colegas, internet, un experto en el tema, etc. En principio parece una buena solución. ¿Pero qué pasa si llego al extremo de depender siempre de lo que ‘otros’ me digan? ¿Qué pasa cuando estas dudas empiezan a hacerme dudar de mi propio criterio? En este caso preguntar no soluciona nada; por el contrario: se convierte en el mayor problema. Es el caso del náufrago: ante la duda de qué rumbo tomar, opta por uno, luego por otro y otro, y termina dando vueltas en el mismo sitio hasta que se ahoga por agotamiento (Nardone, 2009).

“Muchas veces yo tengo la respuesta. Internamente sé lo que quiero, pero no puedo no preguntar”- me decía un estudiante de universidad que llegó a consulta muy angustiado porque sentía que había perdido completamente la seguridad en sí mismo. Había sido siempre muy destacado en sus estudios, pero dejó de serlo cuando lo invadió la inseguridad porque sentía que no sabía tanto como sus compañeros. A partir de entonces empezó a dudar no sólo de sus conocimientos, también de sus capacidades: “Al comienzo mi inseguridad era con cosas de la universidad y sólo les preguntaba a los profesores; después comencé a preguntarles a mis amigos, aunque sólo de vez en cuando. Pero llegó el punto en que preguntaba todo, hasta que mi mejor amigo del colegio me dijo que estaba desesperado con mi preguntadera. Entonces opté por callarme, porque dudo hasta de lo que voy a decir. Me siento muy raro”.

Esta inseguridad se la construye cada persona cuando duda tanto de sí misma que deja de lado su propio criterio. Entonces, por miedo a equivocarse, comienza a preguntar todo, y el problema se crece tanto que las personas alrededor se aburren de responder y terminan por “tachar” a la persona de insegura. Ella, por su parte, deja de preguntar. Pero las preguntas no desaparecen: se trasladan a un ‘diálogo interno’, mental, a través del cual se intenta encontrar las respuestas. Pero esta búsqueda acaba por generar una cadena de preguntas y respuestas que crece indefinidamente.

También puede ocurrir que las personas, por la necesidad de mostrarse siempre seguras, en lugar de preguntar buscan ocultar su inseguridad. Y como todos tenemos un límite, la inseguridad acaba por manifestarse, lo cual aumenta la lucha interna por ocultar esa ‘debilidad’. Esa lucha, paradójicamente, acaba por aumentarla. Así la persona termina construyéndose una inseguridad que bloquea su espontaneidad en sus interacciones con otros. Giorgio Nardone y Paul Watzlawick contaban la siguiente anécdota: un cien pies iba caminando y se encontró con una hormiga. La hormiga, al observarlo, le preguntó cómo hacía para caminar con sus cien pies sin caerse. El cien pies, al pensarlo no pudo volver a caminar.

Sentir inseguridad en muchas circunstancias es importante porque nos obliga a esforzarnos, a querer aprender cosas que no sabemos. Pero si aspiramos a saberlo todo, ese deseo nos lleva a volvernos cada vez más inseguros. ¿Cómo saber en qué momento la inseguridad se convierte en un problema? Cuando sienta que me bloquea, que me impide actuar con tranquilidad y espontaneidad. Cuando comience a pensar en todos mis movimientos y por eso me sienta incapaz de avanzar con la inseguridad y seguridad que hasta entonces había sentido. El cien pies logra caminar porque no está pensando en todos su movimientos. La inseguridad se maneja si evitamos pensar en todo lo que vamos –o no vamos- a hacer y/o a decir, pues aunque los detalles son importantes, si los miramos a través de una lupa los agrandamos sin necesidad.

Ximena Sanz de Santamaría C.
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

Artículo publicado en Semana.com el 30 de agosto de 2011

«Ser feliz, es sufrir menos»

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Muchos de mis pacientes llegan a la primera consulta buscando “La felicidad”. La buscan como una meta a la cual quieren llegar pues están convencidos de que una vez lleguen ahí, no tendrán que seguirla buscando. Por tal motivo, la felicidad se convierte en el fin, como el final feliz de un libro de cuentos para niños o de una película de Hollywood.

A diferencia de lo anterior, desde mi perspectiva la felicidad no es una meta a la que se llega y queda resuelto el problema de la vida. La felicidad es algo por lo que se trabaja todos los días, en todos los momentos, en pequeños instantes y, sobre todo, en los momentos de mayor sufrimiento. Estar feliz cuando estamos con amigos, cuando salimos de fiesta, cuando tenemos dinero y viajes, cuando alcanzamos el empleo que queríamos, en resumen, cuando hemos cumplido con todo lo que para los parámetros sociales vigentes significa “ser felices”, es fácil. Sonreír en esos momentos es un acto automático en el que no nos cuestionamos nada porque “estamos felices”. ¡Y es maravilloso que así sea! ¿Pero qué ocurre cuando pasan esos momentos? Esa “felicidad” desaparece porque se acabó la fiesta, o se acabó el viaje, o ya no hay dinero, o el empleo soñado no era tan maravilloso como se esperaba. Como la situación que nos hizo sentirnos felices cambió, desapareció también esa “felicidad”.

“Estoy aquí porque tengo una crisis con mi vida. Teniendo todo lo que tengo, habiendo trabajado desde muy joven y habiendo cumplido con todo lo que se me pedía y que yo pensé que necesitaba para ser feliz, siento que ni he sido ni soy una persona feliz”. Esto me lo decía un hombre en la primera cita, quien más adelante continuó: “Cuando compramos la finca sentí que era feliz, ¡al fin! Pero ahí mismo me di cuenta que necesitaba algo más, que ahora para ‘ser feliz’ tenía que tener caballos para mis hijas, y una vez los tuve, nuevamente se me perdió la felicidad y tuve que buscar un nuevo motivo: remodelar la casa”.

La experiencia con este paciente me ha ayudado a entender el significado de lo que dice un monje budista: Mucha gente busca la felicidad por fuera de sí mismos, cuando la verdadera felicidad tiene que venir de nuestro interior. Nuestra cultura nos dice que la felicidad viene de tener mucho dinero, mucho poder y una alta posición en la sociedad. Pero si usted observa con cuidado verá que mucha gente rica y famosa no es feliz1 .

Comenzamos con este paciente a trabajar por su felicidad observando y escribiendo lo que vivía en los momentos de mayor sufrimiento. A través de tareas concretas que debía cumplir entre una sesión y otra, se fue dando cuenta de que su felicidad siempre había estado asociada con el logro de cosas externas: acumular dinero, pasar vacaciones en lugares cada vez más lujosos, mandar a sus hijos a campos de verano en el exterior, etc. Así fue logrando reconocer y descubrir que la felicidad no estaba donde él pensaba, obligándolo a enfrentar un desafío que le ha generado aún más sufrimiento: su nueva visión de la vida le ha conllevado una enorme soledad. Muchas de sus amistades, su esposa, e incluso sus hijos, se han negado a aceptar que para él las prioridades han cambiado. Algunos amigos dejaron de invitarlo, su esposa le pidió el divorcio y sus hijos, a quienes ve cada vez menos, no entienden que cuando están juntos él quiera simplemente conversar con ellos y sentarse a comer sin celulares ni televisión. “Ellos nunca han conocido otra manera de relacionarse conmigo que no sea a través de regalos, viajes y plata. Y eso lo construí yo”, me decía.

Inicialmente combatió este ‘nuevo’ sufrimiento peleando consigo mismo, negándose a aceptar sus sentimientos y buscando refugio en el trago para evitar confrontar su dolor. Sentía mucha rabia por haber decidido vivir su vida de otra manera. “No sé a qué horas se me ocurrió este cuento de trabajar por la felicidad si mi vida antes era más fácil” –me decía. Pero poco a poco ha ido descubriendo que la única forma de superar el sufrimiento es tocando el fondo para salir a la superficie, aceptando cada momento de sufrimiento, de rabia, de dolor, desespero y frustración. En términos prácticos, le ha sido útil darse un espacio diario para escribir lo que está sintiendo y para llorar su tristeza, aún en las noches en las que no puede dormir. Ha logrado vencer el sufrimiento sin combatirlo. “La felicidad depende de mí, de mi actitud ante la vida y si acepto que estoy sufriendo, sufro menos”.

Hay infinidad de motivos que nos hacen sufrir: una enfermedad, la pérdida de un familiar, la pérdida de empleo, la sensación de soledad, la partida de un hijo, etc. Cualquiera que sea el motivo que ocasione sufrimiento, la tarea para disminuirlo es la misma: buscar la felicidad dentro de sí mismo. Como dice el monje budista: Ser feliz, para mí, es sufrir menos. Si no fuéramos capaces de transformar el dolor que sentimos internamente, la felicidad sería imposible.

[1] Thich Nhat Hahn (2001): Anger. Riberhead Books, New York. P.

Ximena Sanz de Santamaría C.
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com

Artículo publicado en Semana.com el 5 de junio de 2011

«Vivo con una histérica: yo»

En época de guerra en la antigua Grecia, los hombres debían ausentarse de sus hogares por largas temporadas durante las cuales las mujeres sufrían fuertes oscilaciones en su estado de ánimo. Mientras sus parejas estaban ausentes se volvían irascibles, malgeniadas, impacientes, agresivas -sin razones visibles-, perdían la alegría y la capacidad de disfrutar la cotidianidad de la vida. Esto llevó a los griegos a hablar de histeria, o útero insatisfecho.

Desde entonces y durante muchos años, la histeria estuvo asociada únicamente con la ausencia del placer sexual y hasta hace poco, se pensaba que se presentaba únicamente en las mujeres pues los hombres siempre han tenido algunas dosis de anti histeria, como es el fútbol. Sin embargo, en los últimos años la histeria ya no sólo se relaciona con la ausencia del placer sexual y se ha comenzado a reconocer que no se presenta solamente en las mujeres: hoy se le atribuye a la falta de placer en cualquier dimensión y se relaciona con la imposición de un ‘deber ser’ social al cual están sometidos tanto hombres como mujeres. Por esto, hay cada vez más hombres histéricos.

La histeria no sólo es cada vez más frecuente en hombres y mujeres: se presenta también en personas jóvenes porque ese ‘deber ser’ socialmente impuesto afecta a las personas a edades más tempranas. Hace pocos días me decía una madre sobre su hija de 10 años: “Es que ya no sé qué más hacer con ella porque intento calmarla de todas las formas, pero por todo llora y se pone tan furiosa que me toca llevarla al baño y echarle agua en la cara para que se le pase la histeria”. Y estos mismos síntomas de histeria también se presentan en los adultos: “¡Mi papá está insoportable! Grita desde que llega de la oficina, ya no le podemos decir nada en la casa porque todo es un rollo” –me decía una adolescente.

Sentir placer puede ser sencillo en cuanto a que no hay necesidad de buscar grandes emociones. Pero en el mundo de hoy la mayoría de las personas sólo sienten placer con cosas grandes que generan grandes emociones: viajes, altas dosis de trago o de otras sustancias psicoactivas, fiestas, grandes cantidades de comida, acumulación de exorbitantes cantidades de dinero, apartamentos grandiosos, ropa de marca, un puesto laboral directivo, entre otras. El placer de consentirse en la cotidianidad de la vida con cosas sencillas, simples, se ha perdido, pues para poder alcanzar esos grandes placeres y cumplir con lo que la sociedad le exige a cada persona, la vida se vuelve una carrera contra el tiempo en la que se ‘deben hacer’ muchas cosas y ‘deber hacer’, desaparece el placer. El ‘deber ser’ le impone a cada persona la necesidad de ser la mejor en todo: la mejor jefe, la mejor empleada, la mejor mamá, la mejor hija, la mejor estudiante, el mejor padre, el mejor esposo, el mejor amigo, el mejor empleado, en resumen, los mejores en todo. Y para lograrlo, hay que dedicarse a ello en tal forma que no hay tiempo de disfrutar las cosas más sencillas y cotidianas.

Una persona que disfrute de cosas sencillas como salir cinco minutos antes del trabajo, leer un buen libro, disfrutar del atardecer, acostarse más temprano, salir a comer con la pareja sin hijos o amigos, disfrutar de un buen postre, de una relación sexual con la pareja, etc., tiende a ser calificada como una persona que está ‘perdiendo el tiempo’ o a quien ‘le faltan metas en la vida’, porque se considera lo opuesto a lo que ‘se debe hacer’. Es cierto que se deben hacer muchas cosas y que dejar de hacerlas en un mundo tan competitivo y exigente, no es la solución. Pero también es cierto que olvidarse de esos pequeños placeres diarios va construyendo una vida insatisfactoria, infeliz, que termina por generar reacciones y personas histéricas. Personas que quieren tener todo bajo control, cayendo en la constante paradoja del exceso de control que hace que se pierda el control, motivo por el cual tienen reacciones tales como responder de mal modo constantemente, irascibilidad, desesperación y pérdida de control por pequeños detalles; el diálogo se vuelve casi imposible pues son constantes los gritos con los hijos, los padres, la pareja, los amigos, etc. En conclusión, son personas que no se aguantan a nadie, incluyéndose a sí mismas. Como me dijo una señora en la primera consulta: “El problema es que vivo con una histérica: yo”.

Cada persona es un universo único, por tanto para cada una las fuentes de placer son distintas. Lo importante es recuperar los placeres sencillos que pueden producir las pequeñas cosas, en cualquier parte y momento del día, sin grandes esfuerzos y sin tener que cumplir un ‘deber ser’ más. La histeria se vence sin combatirla, basta con preguntarse diariamente, ¿qué podría hacer hoy, diferente de lo que he venido haciendo hasta ahora, que me guste, que me genere placer, gusto, bienestar? De todas las posibilidades que vengan a la mente es importante escoger la más sencilla, la más chiquita, para ponerla en práctica con facilidad. Así, cada persona empieza a construir una realidad en la que puede cumplir con todo lo que tiene que hacer, al mismo tiempo que disfruta diariamente de pequeñas nuevas experiencias que la van liberando de la dependencia de los ‘grandes placeres’ que el ‘deber ser’ tanto nos esclaviza hoy. Son el pequeño desorden que mantiene el orden.

Ximena Sanz de Santamaría C.
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Artículo publicado en Semana.com el 19 de abril de 2011